Editorial

Bajo la sombra de Coolidge y Reagan

Jueves 27 de abril de 2017
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado lo que considera “la mayor rebaja de impuestos individuales y empresariales de la historia de los Estados Unidos”. Esta declaración, tan rimbombante, se sustenta sobre su plan de reforma fiscal, que es ciertamente muy notable. Prevé rebajar el número de tramos del IRPF de 7 a 3, del 10, 25 y 35 por ciento. Por otro lado, aumenta las desgravaciones fiscales a las familias, especialmente para aquéllas que tengan hijos o dependientes a su cargo. Una pareja que adquiera matrimonio, por ejemplo, no pagará nada por los primeros 24.000 dólares que genere, casi el doble que la cifra actual. Deroga el injustísimo Impuesto de Sucesiones. Y en el ámbito empresarial, rebaja el tipo federal del 35 al 15 por ciento y deja de penalizar fiscalmente la repatriación de beneficios.
Este plan tiene todo el sentido tanto desde el punto de vista económico como político. Políticamente, no podrá entrar en vigor sin la aprobación de la Cámara de Representantes y del Senado. La rebaja de impuestos es atractiva electoralmente (en 2018 hay elecciones legislativas), y puede restañar las divisiones en el Partido Republicano y otorgarle iniciativa política, lo cual es muy necesario después del fiasco de la reforma sanitaria. El presidente, por su parte, puede recobrar algo de crédito ante sus ciudadanos, algo muy necesario para el único presidente al que a estas alturas su popularidad es menor que la opinión contraria a su gestión.
La historia es tan densa, y extensa, que deja poco espacio para las primeras veces, y desde luego esta no es una excepción. Esta no es la mayor rebaja del impuesto sobre la renta de los Estados Unidos. Fue más profunda la que realizó Ronald Reagan, y queda muy lejos de la que llevó a cabo Andrew Mellon bajo la presidencia de Calvin Coolidge, por la cual el tipo máximo se rebajó del 73 por ciento al 24. Esa rebaja de impuestos facilitó el crecimiento económico e hizo que los ingresos públicos subiesen, por el simple hecho de que aparecieron los ingresos particulares que se volvieron tímidos cuando los impuestos eran confiscatorios.
Donald Trump quiere lograr, con esta rebaja, que los Estados Unidos alcancen un crecimiento económico del 3 por ciento. Llegue o no a esa cota, es cierto que contribuirá a mejorar el desempeño económico, lo cual tendría efectos políticos de nuevo positivos para él. Pero no todo es positivo en esta reforma. Pues olvida que el verdadero impuesto es el gasto público, ya que éste ha de financiarse antes o después con impuestos o con inflación. Y su política incluye un importante aumento del gasto, que puede acabar arruinando sus planes económicos y políticos. A pesar de ello, hacer política económica bajo la sombra de Coolidge y Reagan es una buena noticia para los Estados Unidos y para el mundo.