Opinión

La putrefacción del Partido Popular

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 28 de abril de 2017

Como en los tiempos de Isabel II y aún más como en la regencia de su madre María Cristina, la corrupción sopapea al Partido Popular como una vicetiple que desafinara en su costumbre del canto irracional y antidemocrático. Estamos ante la vergüenza nacional de un tiempo en que hasta Podemos ha solicitado una moción de censura ante este gobierno de chivatos, de químicos que elaboran y cortan la droga, de SMS por lo pañí más un Mariano Rajoy que calla como una puta. Aquí no queda más que cortar el muñón y rehacer de nuevo la mano de Cervantes. El Partido Popular está obligado sino a desintegrarse, por lo menos a reformarse o desamortizarse con el objetivo de -como hizo Mendizábal- dejar las tierras para los campesinos o la noble burguesía que cierren las cloacas de este clericalismo político en donde un Dios que ronca pueda respirar serenamente hasta pacificar este hurto a borbotones que son las muchísimas ranas que le han salido a un partido político que tiene la obligación de organizar un Congreso y reafirmar de nuevo su limpieza de sangre, como si regresara Torquemada.

El Partido Popular está podrido hasta su uso sentimental, negrero y sibarita convocando con ello la animadversión de los hombres con los calzoncillos cagados y las mujeres sin las braguitas rojas. España se cae a pedazos, yendo a parar toda esta escombrería a la secreción de una época que ya es obligatorio dar por terminada. Fiscales humorales, bandidos sadocas, ministros como compresas de menstruación, empresarios de los tantos por ciento, tramas y conspiraciones que necesitan de nuevo un 1868 en donde se dé por fin una nueva revolución llamada La Gloriosa.

En Francia se ha acabado la histórica felicidad del bipartidismo. Estamos en la nueva era de una Europa que debe resucitar el ángelus y las piernas de Marilyn. Aquí en Celtiberia necesitamos que las encuestas no sigan dando como partido más votado al rajonismo -hecho que no entendería ni Espartero ni el general Serrano-. El ilustre y despótico Mariano Rajoy -verbigracia Fernando VII- no tiene el valor o los timbales de rajar este cáncer y convocar Cortes para que un partido que antes fue Alianza Popular ahora cambie en una nueva Alianza, en un nuevo cónclave, en una nueva fabulación donde los secretos de Estado queden expuestos al aire fresco del pueblo español. El Partido Popular, visto lo nunca visto, tiene la obligación de flagelarse y asumir sus responsabilidades, acompañándose en procesión nocturna de tal manera al destierro isabelino de París. Sobran caras y falta más sentido de protección hacia las masas populares, hacia sus propios votantes, hacia una España que se ha quedado tan sorda como el inmenso Goya, cuya cabeza -la cabeza de Rajoy- fue cortada de su cuerpo después del enterramiento. El PP está enterrado en el Escorial, por lo tanto que salga la momia y recupere los valores cívicos, virtuosos, institucionales y de pleno derecho para continuar -si así se desea- con un conservadurismo de juventud y ordalías que conduzca al muerto del cementerio a la casa de los vivos. Tanta corrupción y tanta manipulación de la justicia se hace ya insoportable. Por lo tanto aquí no quedan más que dos cosas: o el PP se desintegra y deja paso a una Regencia -digamos Gestora a lo soe- o apaguemos todos los españoles los telediarios por no sentirnos humillados, rejodidos, llorones y cercenados como con tijeras. Rajoy debe acudir a Tordesillas para echarle un ajedrez a Juana de Castilla, la cual sigue loca de amor por un rey y por una geografía desmembrada y amputada que necesita ya un tacatá para volver a andar los caminos ominosos de una España terrible, acuchillada y escultura de un Henry Moore.