La rueda de rotaciones aplicada con éxito, hasta el momento, por Zinedine Zidane frenó en esta trascendental parada ante el Valencia dando la alternativa a los titulares. El once de gala se aliñó con James en lugar del lesionado Bale y el resplandeciente Isco como revulsivo desde el banquillo. El brete que enfrentará al Real Madrid ante el Atlético en cuatro días y por las semifinales de Champions no sedujo al técnico francés para reservar fuerzas. Interpretó el arquitecto de la Undécima esta jornada 35 como una de las esenciales en lo que resta del calendario. Sin margen de maniobra se examinaba la concentración del segundo clasificado ante un equipo sin nada en juego pero acostumbrado en los últimos cursos a asaltar Bernabéu y Camp Nou.
El sistema de Voro, que aterrizó sin Zaza, Cancelo, Abdenour y Enzo Pérez, paseaba en este tramo final de su truculento curso la calma y competitividad propias de una plantilla en la que muchos peones han de ganarse el futuro. Uno de esos futbolistas con urgencia de legitimación es Santi Mina, que marró un mano a mano con Navas y estrelló su rechace en la madera en el primer minuto de juego. Este soberano susto inicial, por el cauce de la contra relampagueante, activó a una estructura capitalina que habría de atender al equilibrio de su esquema más que nunca. Parejo y Soler estarían siempre predispuestos para lanzar transiciones fugaces al vuelo de Munir, Mina, Orellana o Nani. Y es que el cebo levantino de ceder la pelota y atrincherarse en un 4-5-1 en cancha propia funcionó en el inicio gracias a la amenaza recalcada a las primeras de cambio.
Tardó en calentar el horno energético un conjunto de Chamartín ofuscado ante la subida y bajada de líneas valenciana. En cada pérdida de la medular merengue -de cuatro piezas- se desplegaban hectáreas que sobrepasaban a Casemiro, Carvajal y Marcelo, trompicando el timón reclamado por Modric, Kroos y compañía. Sólo el balón parado aproximó a los locales hacia la meta de Diego Álves en 15 minutos de templado respeto. El colapso del juego entre líneas rival propugnado por Voro negó el arreón del campeón de Europa en el prólogo del duelo. Le costaba un quintal fluir en el manejo de la posesión al colíder ante las ayudas hiperactivas del comprometido equipo visitante. Un desborde de Ronado con centro hacia el cabezazo inocuo de Benzema se saldría del guión del partido: el Madrid quería pausa y el Valencia frenesí, y estaba imperando lo segundo, con salidas periódicas levantinas. Orellana marró un cara a cara con Navas en el 17 por la vía del explícito planteamiento de su libreto, que amortizaba el flácido desajuste táctico madrileño tras la imprecisión de turno.
Un remate de Benzema desde la frontal que atajó el meta brasileño, un golpe franco lanzado arriba por Ronaldo -desde 25 metros- y un centro-chut ejecutado por James desde el pico del área -también en acción a balón parado- configuraron la reacción inocua de un combinado capitalino impotente ante la intensidad de su rival, patrón del peligro. Luchaba el Real Madrid contra sus fantasmas en fase defensiva, ya que se asomaba la ruptura de líneas, y le faltaba velocidad de circulación a pesar de contar, ya, con la total iniciativa. Y, como en tantas otras ocasiones, el gol se anticipó al juego: Carvajal, omnipresente, centró con precisión y Ronaldo cabeceó cruzado y hacia la red. Se inauguraba el marcador en el minuto 27 en aparición simultánea del respiro de la tribuna. La calidad volvía a tender una soga al resto de parámetros en los que padecía el club de Concha Espina. La imposibilidad de entrar con lucidez en la zaga visitante derivó en otra reproducción perenne de centros que, de nuevo, salvaba la papeleta con el luso como 9.
El 1-0 descomprimió la tensión que arrastraba el equipo en ventaja. Marcelo y Carvajal se soltaron de forma definitiva como extremos, con Modric en pleno despegue, James perforando en la mediapunta y los ajustes cercenando las contras valencianas. La cohesión y compromiso colectivos renacieron de manera súbita y el puntero provisional disparó su dominio posicional y del tempo. Carlos Soler y Parejo habían sido neutralizados, aunque Voro no modificó su receta mixta. La senda hacia el descanso ahondó en la pretendida anestesia merengue (65% de posesión) aunque un zurdazo desviado de Munir asustara al respetable en el 43. La reducción de los disparos era tangible (seis llegadas por barba y 3-1 en la relación de intentos entre palos) en un partido que se fue a vestuarios más tosco, desdibujado y guerrero que fino, creativo y solvente.
Con los valiosos tres puntos en juego y sin cambios comenzó la reanudación de esta fecha uniformada como nerviosa final. Se atravesaría la frontera del minuto 70 con un brochazo de centrocampismo. Quiso Zidane imponer un pentagrama más controlador y lo conseguiría, bien por mérito propio en el juego especulativo en estático y de toque, bien por la alineación al plan de un Valencia que, toda vez que fue amarrado en su vertiente vertical, también abrazó la cautela asociativa. Pero, por el camino, Soler abrió fuego en un intento desatinado, Benzema conectó una sedosa rosca con el poste, mandó arriba una opción desde la frontal, Alves detuvo a Ronaldo un polémico penalti señalado sobre Modric -minuto 57- y James lanzó a las nubes otra llegada de compás sostenido. Era superior el Madrid cuando Asensio relevó a un ovacionado centrocampista colombiano -efectivo en defensa y faro en el enfangado ataque-. Pero quedaban 25 minutos de enfrentamiento y Rodrigo entraba en escena -por Nani y tras lesionarse en enero- cuando el conjunto che amenazaba con revertir la sosegada inercia. Y tardó el delantero zurdo dos minutos en conectar un cabezazo venenoso a la espalda de Nacho y Ramos.
Le podía costar muy caro a Zidane si su equipo soltaba las riendas -como durante toda la temporada- y eligió a Morata para sentar a un Benzema incoloro. Pretendía el francés más energía y profundidad para penalizar la maniobra de presión y subida de líneas valenciana. Decretaba el galo alternar la cesión de la iniciativa (en busca de contras que sentenciaran) y la manutención de la posesión. Pero el desenlace apuntaba más a la primera posibilidad. Modric y Kroos perdieron la medular ante la valentía visitante y a falta de 15 minutos la angustia contaminaba a la atmósfera. La velocidad introducida en el verde rozó el fruto deseado cuando Asensio desbordó y centró con demasiada clase para que Ronaldo perdonara desde el segundo poste -minuto 78-. Y, de inmediato, Parejo dibujó un lanzamiento de falta dorado para empatar -minuto 82-. Casemiro concedió una ocasión al mediocentro que ya había asomado en el respingo valenciano y su diana castigaba la suelta del mando merengue.
Se disparó en el 83 una carrera contrarreloj que reactivó la pulsión controladora de un Madrid en asedio. Gayá entraría por Lato, y también lo haría Bakkali, para perturbar lo disparatado de la dinámica. Otra vez necesitaba construir una bola de nieve espiritual agónica el urgido club local y en sólo tres minutos Marcelo reconstruyó el estado de ánimo general con precocidad: incorporación, recorte y derechazo hacia el segundo poste. El aclamado tanto del carioca, que venía a negar el aroma a error trascendental que rezumaba el penalti marrado por Ronaldo, proclamó la altura de la voluntad madridista. Había dormitado el coloso hasta verse herido y cuando saltaron las alarmas su personalidad le sacó del hoyo. Salvó su candidatura liguera un Madrid de extraña costumbre a salir a flote in extremis. El Valencia nunca salió del partido y mereció el estatus correspondiente con aquel que estruja a un gigante. "Había que poner el alma", proclamó el lateral de la Canarinha. Y sus compañeros lo cumplieron, aunque de forma racheada. Zidane, triunfal, asumió en el post-partido que su fórmula conlleva "algo de ansiedad".