Opinión

La carita que se le ha quedado a Carod Rovira

Joaquín Vila | Domingo 29 de junio de 2008
Estos días de gloria deportiva, los españoles se dividen entre los que disfrutan con los goles y geometrías de la selección y los que disfrutan al ver la carita que se les ha quedado a Carod Rovira, Urkullu y demás con esas geometrías y esos goles. Ayer, aparecieron lívidos al ver cómo Casillas levantaba la copa de Europa entre gritos de España y ante millones de espectadores de todo el mundo.

En Cataluña y el País Vasco y, cada día más, en Galicia y Baleares, los independentistas más radicales viven atrapados por una obsesión: el odio a España. Toda su ideología, todos sus planeamientos políticos acaban ahí. Y estos días de gloria deportiva sufren una pesadilla. Por primera vez desde hace mucho, han perdido el control de la calle.

La propaganda se ha quedado muda. Se sienten incapaces de acallar el estruendo de las banderas españolas. Porque miles de ciudadanos de esas regiones aprovechan estos días para cantar a los cuatro vientos su amor a España. Y los goles de Villa o Fernando Torres y las paradas de Casillas han sido la coartada. Incluso, muchos se han sentado por primera vez a ver un partido de fútbol. Porque lo importante no son las geometrías sino la victoria de un sentimiento.

El partido contra Italia sirvió de encuesta sobre esos sentimientos enfrentados. En la mayoría de los barrios catalanes, vascos, gallegos y baleares, en la desesperante tanda de penaltis, atronaban más los goles de nuestra selección. Pero en otros, bastante menos, los de los italianos. Porque algunos españoles odian a España, pero muchos otros la aman, aunque nunca se atrevan a decirlo. Y ahora, en estos días de gloria, aprovechan para desquitarse.

Hay que contemplar con detenimiento y disfrutar con la carita que se les quedado a Carod Rovira, Urkullu y demás al ver a Cesc, precisamente catalán, pintar una línea perfecta con el brillo del balón sobre el verde de la hierba. O cuando Casillas desvía con la uña un obús blanco que se quería colar por la escuadra de la portería. O cuando las gradas de los estadios se llenan con la bandera y el grito de España. Pero, sobre todo, cuando escuchan, quizás en sus barrios, la euforia de esos españoles que celebran la victoria de la selección y que se precipitan a la calle a desplegar su bandera y su sentimiento. Ayer mismo.

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