Opinión

Aquel garrote vil de la España negra

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 01 de mayo de 2017

Nos hemos venido hasta Francia, a la Universidad de Pau et des Pays de l’Adour, para acudir al Coloquio “Espaces, identités au temps présent: les Transitions”, que coordina la catedrática de Literatura e historia cultural españolas Dolores Thion, y hablamos de Queridísimos verdugos(1977), las tres historias de los últimos ejecutores españoles, prodigioso relato que filmó Basilio Martín Patino, adaptando el magnífico libro de Daniel Sueiro Los verdugos españoles. Historia y actualidad del garrote vil (1971). Ambos documentos constituyen un ensamblaje excepcional para comprender cómo los estertores del Franquismo aún mantenían los resabios mortuorios de una orden del Ministerio de Justicia dictada el miércoles 29 de septiembre de 1948: una convocatoria para cubrir varias plazas de “ejecutores de sentencias”. Y los dos trabajos son muy fieles en su retrato de lo macabro español como lo eran los de Quevedo o Gutiérrez Solana, con su cielo color sepia de grabados inquisitoriales, reos con coroza y herramientas de tortura.

La paga del verdugo no era mucha, situación que apenas cambió en cuarenta años: “Los ejecutores de sentencias percibirán como remuneración por sus servicios la cantidad de seis mil pesetas anuales, o aquella que pueda determinarse en lo sucesivo por este Ministerio, con arreglo a la consignación existente en los presupuestos generales del Estado”. Cuenta Daniel Sueiro que solo en lo que llevábamos de año, en 1948 ya habían sido ejecutados en garrote por los dos funcionarios entonces en activo no menos de siete reos, y tres más lo serían aún antes del año nuevo, condenados casi todos mediante sentencias dictadas en años anteriores. El garrote vil estuvo oficialmente vigente en España desde 1832 –por la Real Cédula de Fernando VII– hasta la aprobación de la abolición de la pena de muerte con la proclamación de la Constitución Española, en 1978. La verbena de la crueldad sonó en los patios de los penales, la orgía materializada del sentir justiciero y pregnante de la muerte ominosa para aquellos que la dieron en su día a los demás.

La película de Martín Patino relata con inteligencia y una finísima ironía cómo, al igual que sucedió con los toros o el flamenco, el garrote pasó a formar parte de lo español; y recoge documentos excepcionales del momento en que la II República abolió la pena de muerte y en el verano de 1936 expuso públicamente, colgados de las farolas, varios garrotes para espanto de las gentes. Pocos podrían imaginarse que unos días después nuestro país iba a vivir un enorme retroceso, en ese y en otros ámbitos. Lo medular del doble texto escrito –el literario y periodístico y el ensayístico y cinematográfico– por Sueiro y Martín Patino es la indagación en las emociones colectivas que una imagen tan siniestra como la del verdugo suscitaba en los españoles. Recordemos la maravillosa película de Luis García Berlanga, El verdugo (1963), alineada con este grupo de intelectuales que traspasaron la línea de seguridad y se adentraron por los derroteros de la crítica y la sátira.

Así, Queridísimos verdugos muestra la “carga mágica de deshonras y ascos” que suscitaban estos “sacerdotes del patíbulo” y el cinismo e indiferencia que acompañaba a sus ejecuciones, con continuas comparaciones con el sacrificio de animales en el matadero para explicar cómo acabar con la vida de un reo. Impagable es la secuencia en la que el médico forense analiza ante sus alumnos de la Universidad Complutense el abanico frenopático del delincuente y su anomalía cromosómica –“algunos criminales tienen un cromosoma de más”– mientras el cineasta salmantino superpone al discurso científico los rostros torvos de los tres ejecutores. Pero también es un retrato de la España negra, de la Envenenadora de Valencia o “el Monchito”, que robó y mató por dos pesetas por la ilusión de casarse con la novia que tenía y comprarle un vestido para la boda.

Agonías de veinte minutos o incluso más, verdugos que adoptaban actitudes como la de Manolete en el pase del desprecio, ejecutores poetas, delirios de notoriedad como el de Jarabo en el patíbulo –que se sintió vedete–, ejecuciones como verdaderos espectáculos populares… “La única persona pura allí era el reo”, comenta uno de los médicos que habían de tomar el pulso al moribundo en aquellos actos macabros del Estado. Muertes espantosas, en cualquier caso. Ambos, condenados y ejecutores, unidos por aquella implacable Administración de Justicia del Régimen de Franco, fueron retratados por Martín Patino en un filme recorrido por personajes asociales, monstruosos e igualmente legendarios y misteriosos.

Como escribió Francisco Umbral en su tribuna “Spleen de Madrid” de 12 de mayo de 1981, “el garrote vil es ya tan sentimental y castizo como un organillo”. Aunque ya era tiempo de un Suárez dimisionario, Umbral reivindicaba el recuerdo de un pasado aterrador en la tragicomedia patria, obediente, abnegada y domesticada por el Régimen durante cuatro décadas, un personal represaliado, piadoso y timorato que tan solo conoció el tiempo transicional por el propio desgaste biológico de su dictador. Que también el miedo vil nos imprimió a todos en el ADN la leyenda infamante, no sólo un garrote.

Twitter: @dfarranz