Opinión

Lecturas de El Quijote

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 02 de mayo de 2017

El primer regalo del discurso de Eduardo Mendoza al recibir el premio Cervantes de este año, que sigo por televisión, es la propia presencia del escritor, quiero decir, su actitud y disposición, propias del talante de un hombre elegante y risueño: un catalán no enfadado ni hostil, tampoco preocupado ni agobiado: no desconfiado ni hastiado. Cielos, cuánto tiempo sin ver algo así. Gracias pues a este barcelonés impar que se ríe y nos hace reír. Va mejorando con los años, nos dice. Antes adolecía de desarreglos impropios de la edad y ahora ya tiene los achaques propios de la edad. Lo que Mendoza propone es un recorrido por los tiempos en los que ha leído el Quijote, sacando a cada paso ecos y significados diferentes de la novela, según la edad en que se lee, esto es, el tiempo personal; pero también la circunstancia o tiempo ambiental de la lectura.

Mendoza leyó el Quijote en el colegio, como yo lo hice en la escuela: debió tratarse de una edición infantil, resumida e ilustrada. Formábamos un corro y el maestro atribuía los turnos caprichosa y aleatoriamente de modo que todos habíamos de seguir el hilo del relato. Contra lo que a veces he escuchado esta lectura resultó más estimulante que disuasoria para el futuro. En lo que no había reparado es en su significado unificador para la cultura nacional española, pues por lo que veo la leyenda del libro cervantino la compartieron los infantes a lo largo y ancho de la geografía patria.

Mendoza leyó, por segunda vez, el Quijote a finales de su bachillerato, cursando el Preu, pues tenían una asignatura que insistía cada año monográficamente en un tema o autor, proponiéndose en 1959 como empeño el estudio del personaje cervantino. Eran tiempos en los que no podía escucharse la queja que hoy es frecuente sobre el abandono de los estudios de humanidades en la educación. Tal pecado, comenta en broma Mendoza, era impensable en un contexto en que unamunianamente los españoles reservaban los inventos para otros. En lo que yo pienso, cuando Mendoza refiere a la cobertura bibliográfica de su lectura cervantina, hablando de Díaz Plaja, Martin de Riquer o Rodríguez Marín, es en el nivel de los estudios preuniversitarios en aquel tiempo, mientras hoy nos las vemos y deseamos muchas veces por conseguir que nuestros estudiantes de Universidad amplíen sus lecturas fuera de los esquemas y apuntes requeridos para pasar de curso.

La tercera lectura que hace Mendoza del clásico tiene lugar recientemente, al preparar el discurso en el que ha de volver sobre el gran personaje. ¿Qué es lo que ve Mendoza en el Quijote? Dos cosas formidables. Primero un talento extraordinario de su autor para contar todo sin artificio y de modo eficaz, sea, “relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia”. Segundo, lo que hace Cervantes es dejar testimonio vivo, salvar del olvido, la España de su tiempo, esto es, los personajes que se encuentran con el hidalgo. Este encuentro con don Quijote ha rescatado de, como mucho, la antropología cultural a hidalgos, venteros, labriegos, curas y mozas de partido y les da verdadera vida para nosotros, al menos cuando los vemos en la novela. “Gracias a don Quijote hoy están aquí, con nosotros, tan reales como nosotros mismos y, en algunos casos, quizás un poco más”.

¿Qué vemos en el Quijote, si lo leemos hoy? Hace años propuse leer el Quijote, que sin duda es una obra, como insinuaba Mendoza, total, aspecto que es subrayado en buena medida por los cervantistas, que son legión y bastantes de ellos muy buenos, hablemos de filólogos, historiadores, críticos, desarrolladores de la consideración académica de Cervantes que iniciara Américo Castro, como primordialmente un diálogo. Es quizás el aspecto discursivo lo que permite considerar algunos de los mejores rasgos del Quijote y lo que explica su permanente lección. El libro es una novela donde con mucha frecuencia se exponen y ponderan argumentos o extremos del problema en cuestión. El dialogo cervantino no es, contra lo que ocurre en Platón y en algunas obras del Renacimiento, un método de exposición sino un procedimiento de averiguación de la verdad, abierto en su desarrollo, y en el que se participa con absoluta “igualdad de armas”. El interés de los diálogos del Quijote proviene de que mayormente el interviniente en los mismos es Sancho, no un letrado o un hombre de poder, sino un sencillo campesino que incorpora a la discusión una cuota del sentido común, esto es, de sensatez popular. Sancho aporta refranes, sabiduría concentrada, verdaderos tópicos, brocardos o principios, que, como sabemos los juristas, al menos tras la tópica de Viewheg, si se utilizan adecuadamente pueden ser harto esclarecedores en la resolución de un problema.

Hoy debemos leer el Quijote como una invitación al diálogo entre los españoles no sólo por las ventajas del método discursivo en compañía (en la soledad se ven con claridad, esto es, dogmáticamente, como evidentes o no discutibles, cosas que no son verdad, como dijo Antonio Machado), sino como modo de entendernos y resolver nuestras diferencias sobre el futuro. En esta idea, por cierto, abundó un ilustre cervantista al presentar recientemente un importante libro en la Fundación Ortega, sobre la idea de los intelectuales de la Segunda República del Quijote (El autor del libro, “La reinvención del Quijote y la forja de la Segunda República” es Luis Arias; el presentador era el profesor José Manuel Lucía). Sería el mejor modo de confirmar el carácter nacional del Quijote que nunca se ha negado a la novela cervantina. Pienso también que a esta propuesta asentiría Eduardo Mendoza, el catalán risueño, inspirador y héroe de esta columna.