Opinión

Que la Unión Europea siga siendo ejemplo para el mundo

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 03 de mayo de 2017

Si hurgamos en el tiempo encontraremos referencias tan lejanas como iluminadoras sobre la saludable “unidad europea”. Releí, no hace mucho, el demasiado famoso Libro de los esnobs de William Makepeace Thackeray, uno de los máximos exponentes de la novela realista inglesa. En una página entrañable, refiriéndose a Jonathan Swift, el célebre artífice de Los viajes de Gulliver, declara que pensar en el mordaz escritor irlandés, responsable de las críticas más ácidas y satíricas, a la vez que constructivas, que hasta entonces se habían formulado sobre la sociedad europea, era como señalar la caída de un imperio. Coincidiendo con Swift, el agudo Thackeray hace un inventario de los diferentes grupos sociales de Inglaterra y algunos países vecinos, principalmente Francia, y conjetura en su análisis que la frivolidad de esos grupos humanos puede impedir definitivamente cualquier tipo de entendimiento, pero que todo puede ser posible en este variable y colosal universo.

Ya en el siglo XX, acentuadas las ásperas y absurdas diferencias entre países, Europa atravesaría por dos espantosas guerras. En la segunda, bajo el avance del nazismo, la expresión más resentida y xenófoba, el continente quedó sumido en una devastación con secuelas siniestras. Luego, la caída de ese demencial y horroroso sistema expansionista destrozaría a Alemania, el país que lo engendró, con pérdidas de vidas humanas y daños materiales, que también se hizo extensivo a Francia e Inglaterra, oficialmente vencedoras en el conflicto. Estos dos países sufrirían consecuencias que afectaron por largo tiempo sus economías.

Durante los enmarañados años de posguerra la decepción era coincidente; muy pocos creían en la unidad de Europa y eso llevó a Jean-Paul Sartre, con una actitud que es preferible considerar como un arranque impulsivo, a augurar una rotunda desintegración del continente. “Imposible que se sostenga –escribió-, hace agua por todas partes”. Llegó incluso a declarar con no menos desesperanza que buena voluntad, que “simplemente pasamos de hacer historia a que se haga historia de nosotros”. Como se ve, la visión del filósofo existencialista era extremadamente negativa. Sin embargo -y felizmente-, lo que vino después demostró que la cordura es siempre posible y que había dirigentes políticos que confiaban en esa unidad; lo cual dio por tierra con aquellos malos pronósticos. La desconfianza y los resentimientos entre las naciones europeas, que dificultaban una reconciliación, quedaron atrás.

El primer movimiento federalista, Europa libre y unida, había surgido en 1941 para generar un frente político contra enfrentamientos catastróficos, y quedó expresado en el Manifiesto de Ventotene, que, casi impensadamente, tomó vigencia a poco tiempo de concluida la guerra. Ese texto esencial, acaso desconocido por Sartre, había sido redactado por los escritores antifascistas Altiero Spinelli y Ernesto Rossi, al que se agregó luego la Declaración de Milán de 1943. En esas propuestas de intelectuales y dirigentes tampoco había objeciones para una integración económica y para la unión financiera; pero, la prioridad, en aquellos momentos, no era la moneda ni la banca. El anhelo que animaba a esos hombres era de buena voluntad bajo el firme propósito de paz.

Después de la guerra, acompañada de una integradora economía regional, que logró reconstruir y ampliar la base industrial y la infraestructura devastada, llegó una suerte de renacer. Quedó atrás el horror que hizo desaparecer pueblos, vías férreas, carreteras, puentes y plantas industriales, afectando campos fértiles, sumando la pavorosa cifra de más de 50 millones de espantosas muertes (según la cantidad más aceptada), a las que se agregan las perturbaciones de los prisioneros, las secuelas de los campos de concentración, la desorganización familiar, el hambre y la compleja adaptación de pueblos y combatientes vueltos a una vida normal. En un principio se transitó por un áspero sendero, pero después el ancho camino de la unidad se empezó a concretar.

La Unión Europea, la reunificación de Alemania, la extensión de la democracia a la región oriental, la consolidación y la mejora de los servicios nacionales de salud, junto al estado de bienestar que se empezó a diseminar generosamente en cada país; así como la codificación de los derechos humanos y la libre circulación por el vasto territorio, casi sin fronteras, o con fronteras aparentes, resultaron un ejemplo admirable.

Sin embargo, algo quizá menos llamativo que preocupante fue un cierto desorden económico por el que empezó a transitar Europa, sobre todo en la última década. El avance desmesurado de ciertos grupos financieros especulativos, con una alta cuota de corrupción y la falta de creación de empleo, ha hecho que, como contrapartida, se produzca ahora un gran debate con aceptadas razones, sobre cuál es la mejor forma para que el territorio solucione la severa alteración que padece y que trae aparejada ciertas penurias económicas y bastantes conflictos políticos en la relación entre algunas naciones. Qué hacer entonces ahora es el tema que se discute; aunque también, qué no repetir para seguir tropezando con la misma piedra. Esta aparente contradicción en el terreno del debate puede ser la forma esencial para que Europa aprenda de sus errores –y de sus anteriores horrores- siendo ejemplo para que el resto del mundo evite adversidades similares.

Empecemos por intentar la respuesta a una pregunta clave: ¿Qué fue lo que salió mal en Europa en los últimos años y hace temer ahora por su continuidad?

El arduo tema de la armonía entre los países asociados

Compuesta inicialmente por veintiocho Estados, la Unión Europea es una comunidad política de derecho en régimen sui géneris creada para propiciar y acoger la integración y gobernanza en común de los Estados y los pueblos de Europa. Fue establecida con la firma del Tratado de la Unión Europea (TUE), aprobado en noviembre de 1993. Agreguemos el dato, que la sensata unificación de Europa es un viejo sueño de lúcidos dirigentes, aunque no tan añejo como se piensa ya que no viene de la Antigüedad clásica, pues Alejandro Magno y otros griegos estaban menos interesados en tratar con anglos, godos, sajones y vikingos, que en relacionarse con los antiguos pueblos iraníes, bactrianos o hindúes, y Julio César y Marco Antonio se identificaban más fácilmente con los antiguos egipcios que con los europeos que se encontraban al norte de Roma y a quienes consideraban los verdaderos bárbaros.

Lo cierto es que Europa fue pasando por oleadas sucesivas de integración política y cultural, en gran medida por la poderosa expansión del cristianismo, saludable en ese sentido. Pero, lo tremendo y paradójico fue que se necesitaron dos guerras mundiales en el siglo XX y ríos de sangre para establecer de manera convincente y firme la unidad política del continente. Recordemos que hacia principios de 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, los acontecimientos que tuvieron lugar más tarde casi dieron por tierra con las expectativas más entusiastas de los partidarios de esta unidad. El horror que se vivió en las guerras mundiales, como ya señalamos, aún estremece y aqueja a muchos europeos. En ese contexto, quizá fue importante entender que el movimiento de unificación se inició como una cruzada por la unidad política, no por la unidad financiera que, auspiciosamente, aunque con muchos tropiezos debido a la voracidad de ciertos grupos especulativos, que nunca faltan, se dio casi de manera simultánea.

Ahora bien, el hecho de que la unificación política esté rezagada respecto de la incorporación financiera resultó de un desarrollo posterior, y los problemas ocasionados por esta extraña secuencia, quizá no son irrelevantes para entender la actual crisis económica que afecta a Europa.

Hay, no obstante, un punto importante para señalar en este contexto histórico, quizá poco tenido en cuenta y que a menudo se omite: los problemas de la zona del euro trascienden los simples contratiempos económicos causados por una unificación monetaria sin una previa unión política y fiscal. Dichas raíces se encuentran en ciertos roces sociales que nacen de las relaciones entre personas de diferentes países. Esto ha hecho surgir tensiones con distinta fortuna dentro de la zona euro impulsadas por cierta incoherencia y frustración, y se ha reactivado una incongruente política extremista que Europa consideraba dejada atrás. Las divisiones internas en el continente son ahora cosa común y preocupante, pero la situación, en algunos casos, se ha exacerbado a tal grado que empiezan a notarse en la retórica política tanto del norte como del sur. El discurso público se llena de estereotipos de desprecio que varían de “griegos haraganes” a “portugueses desorganizados”, “alemanes imperialistas”, o “Irlandeses primitivos”.

Estas expresiones agresivas no son nada sorprendentes dada la inflexibilidad de las restricciones de la zona euro sobre el ajuste de la tasa de cambio y de las políticas monetarias; sobre todo si tenemos en cuenta que siempre el órgano más sensible del ser humano es el bolsillo. Eso ha hecho que muchos de los países europeos (Grecia, España, Portugal, Irlanda) sufran problemas de balanza de pagos y otras variables económicas. El asunto, sin duda, tiene dos cabezas: “la crisis y el rescate”, curiosa simbiosis que se parece a un Jano amenazantes. Aunque la segunda, que parece la solución, viene acompañada de drásticos recortes en los servicios públicos, lo que ha desgastado los ánimos populares en ambos lados de la disputa.

Tampoco es raro que a menudo se invoque la “analogía” del sacrificio alemán durante la histórica unificación de las dos Alemanias, la oriental y la occidental, aunque este argumento resulta menos confuso que engañoso. Para empezar, el sentido de unidad nacional que impulsó el sacrificio alemán no existe hoy en día entre las diferentes naciones europeas; es algo superado. También hay que hacer notar que la carga de ese notable ejercicio de “unidad nacional” recayó principalmente en la parte más rica de Alemania Occidental y no en las zonas más pobres, como ahora sucede en muchos de los países europeos afectados, empezando por Grecia y Portugal.

Es importante mencionar, que los costos de las políticas económicas fallidas van mucho más allá de las estadísticas de desempleo, los ingresos reales y la pobreza; esto, claro está, sin tratar de restarles una particular importancia. La división que amenaza a esta contundente Unión Europea se da en especial en el campo económico. Quienes abogaron por la “unidad de la moneda europea” como un primer paso hacia una Europa Unida, han empujado en realidad a la mayor parte del continente en una dirección totalmente opuesta a las de la unidad. Por supuesto que no hay peligro de un retroceso a 1939, pero algunos focos de resentimiento y desprecio están haciendo un daño inmenso a la causa de cultivar la unidad y la hermandad entre europeos.

Tras el terremoto que ha sacudido a la familia comunitaria debido al controvertido brexit, la Unión Europea vuelve a pasar otra reválida con las elecciones francesas. Un éxito de Le Pen o Mélenchon, abiertamente eurófobos, podría hacer tambalear la construcción europea, muy tocada tras la espantada del Reino Unido y la crisis financiera que ha afectado a varios de sus miembros, De este modo, desde Bruselas se acaba de hacer un llamamiento a la unidad y a la participación, ambos factores a favor de los candidatos europeístas.

Desde esta incompleta y dividida América del Sur observamos con preocupación los conflictos de intereses circunstanciales que afectan a la Unión Europea y hacemos votos para que siga siendo un ejemplo en el mundo, y en especial para nosotros. Han pasado más de cuatro siglos desde que Colón puso pie en este lado del Océano y, desde aquí, lamentablemente, seguimos ofreciendo una oscura amalgama de disparatadas confrontaciones nacionalistas, que cada día pretenden diferenciarnos más en el orden cultural. Desde una idéntica procedencia, tenemos todo para convivir en armonía, para ser el continente que soñaron nuestros próceres, pero aún no hemos podido configurar una elemental unidad. A partir del común idioma castellano, sin duda la principal herencia que recibimos de España, todo nos acerca a todos. No tenemos conflictos raciales ni religiosos de fundamental enfrentamiento, seguimos, sin embargo, separados por barreras de fronteras ridículas y artificialmente infranqueables.

Ojalá no esté lejano el día en que el mundo deje de deberle al mundo más de lo que el mundo pueda pagar y, eliminadas todo tipo de fronteras, la unidad humana del planeta tierra sea posible. Mientras tanto nuestras esperanzas están puestas en la Unión Europea.