La tensión política, social, económica y cultural que vive la Unión Europea y, dentro de ella, España, obedece a una crisis de la representación. Suele reducirse a la polaridad de globalización y proteccionismo. El primer polo, el global, comprende una economía abierta y relaciones sociopolíticas de ámbito internacional auspiciadas por la comunicación casi inmediata de las nuevas tecnologías. Una velocidad que convierte el instrumento en categoría y confunde cultura con plasma icónico y simulación digital en amplios órdenes de la vida y del conocimiento. El nuevo paradigma de cultura es la codificación numérica de la realidad y la identificación del robot con el funcionamiento del cerebro. Las categorías de espacio y tiempo se alteran en virtud de la velocidad de transmisión. Condicionan la capacidad de respuesta casi simultánea a cualquier alteración del estado previo de conciencia. Motivan una sinestesia plana que hace equivalentes la interrelación sináptica de las células y de las agrupaciones sociales. Cambia también el concepto hasta ahora vigente de trabajo.
En el otro polo, el proteccionista, confluyen la reacción también espontánea ante este mundo hiperconectado y las formaciones antisistema. La nostalgia de protección encomendada al Estado y el eufemismo de oposición a su estructura capitalista. Es decir, la ambición de un nuevo sistema que sustituya y liquide cualquier otro fundado en razones financieras de lucro sin trabas políticas. Por una parte, el Estado líquido de transacciones empresariales y consorcios internacionales conchabados. Por otra, el repliegue de fronteras, la imposición de aranceles y una cultura uniforme de credo, acción y rendimiento.
La bipolaridad de siempre agazapada en nuevos términos y estrategias. La irrupción en el panorama del nuevo presidente de Estados Unidos ha reforzado esta contraposición en Europa. La vivimos con el “brexit”, la nueva trashumancia de poblaciones entre países y continentes, la polarización en Francia de los partidos políticos, su amenaza también de un “franxit” o “frexit” a la inglesa, la desconfianza de la población ante la clase política, financiera, sindical, y el embobamiento de la nueva enajenación mediática: la cibercultura.
La posición global de La Unión Europa ha decepcionado con su promesa de desarrollo acelerado a medida que se iban incorporando a ella países antes satélites de la Unión Soviética. Y esto ha creado otra fracción cultural importante respecto de Rusia, un país dominado por estructuras recias de economía global revertida, sin embargo, hacia un nacionalismo imperialista de nuevo cuño. El paro aumenta. Las desigualdades sociales crecen. Los desajustes entre los países comunitarios también. La crisis se agudiza. Son varios los índices de preocupación comunitaria. La imagen de Inglaterra, temerosa de otra recesión. La de España, en permanente incertidumbre política. La de Francia hoy, claro ejemplo de la bipolaridad señalada. La de Italia, amenazada de un revuelco bancario peligroso. La de Grecia, sumida en rescates periódicos. El norte de Alemania, pidiendo una salida del patrón euro, como sectores nacionalistas franceses. La confluencia de emigración indiscriminada y de refugiados. El desapego de las instituciones. Etcétera.
La crisis de la representación es evidente. Adquiere proporciones ontológicas, pues atañe a la sociedad del conocimiento, denominación estándar de la globalización y orgullo de Occidente. Ha cambiado, más bien forzado, los conceptos de individuo, persona y organización social. El conocimiento se reduce a tecnificación de las relaciones. La imagen del Mundo representado obedece a dramatización y control de sus figuras y perfiles. Encubre además otras formas de presencia real que no interesan o son camufladas en virtud de la transacción mediática. La objetivación de las formas confunde la virtualidad simulada con el bullicio siempre incómodo de la vida inmediata. Se planifican hasta las diferencias. La prensa, por ejemplo, manipula el lenguaje para introducir en la noticia e información un ángulo de estimulación comercial. Ya no vive sin drama. Siempre fue comercio, pero primaba en ella la cultura sobre el precio. La globalización la fuerza a gancho de ojo mediático.
Todo va cayendo, dice Heidegger en Introducción a la Metafísica en un mismo plano, “sobre una superficie que, semejante, a la de un espejo ciego, ya no refleja, ya no devuelve nada”. Y esto sí es reducción geométrica del conocimiento. Anula el refugio ecológico del hombre: su conciencia. El filósofo ya entrevió en este curso de 1935 la verdadera crisis de la representación que se estaba propiciando en el mundo.
Las formas opacas, y esmeriladas, del plasma líquido de la conciencia mediática, flexible o protegida, universal o local, disimulan la fervencia real del ser circuido en su medio existencial concreto. Las verdades contingentes de Ockham: la inteligencia inmersa en el acaecer de las cosas inmediatas, la voluntad a veces caprichosa, la alegría de las cosas familiares, la tristeza, la vergüenza, etcétera también.
Estas figuras y formas son vestigios del abandono del ser que Heidegger entreveía entre las dos grandes guerras de Europa, en 1914 y 1940. El cementerio sobre el que hoy pretende consolidarse una nueva y globalizada unión política. Y frente a ella, las siempre verdades contingentes. El caldo de cultivo capitalista y antisistema, es decir, el paleocomunismo. Como si no hubiéramos avanzado nada.
Heidegger señala como factores de este olvido el cálculo, la rapidez y la masificación inmensa de las formas. Y aquí entran, en lo técnico, la reducción del lenguaje y su gramática a estadística, y hoy diríamos, también, a computación cibernética. La simplificación de la cultura en industria, de la ciencia en “empresa científica”, y el cultivo y explotación de la tierra como recurso. Y el ser humano, por supuesto, materia de transacción.
Compaginemos las restricciones actuales y la falta de alegría contingente en Europa con estas reducciones ontológicas. El filósofo alemán las eleva a plano metafísico y señala ahí aún el estrechamiento del espíritu en inteligencia práctica. La huida de los dioses y sus presagios, que fundamentan valores. La destrucción de la tierra. La masificación ya citada y la desconfianza ante la creación libre.
Este recelo frente a la libertad creadora y el encorsetamiento del espíritu en una inteligencia oportunista se disimulan de varios modos. Es visible en la actitud extractiva de ideas de los partidos políticos y en la corrupción múltiple de la administración del Estado. Líderes y agentes sociales entienden que la gestión pública ha de reportar un lucro añadido a los sueldos legales. La permanencia en el cargo se convierte además en aval de promoción interna a instancias superiores sin pasar por los controles establecidos. La administración ha encumbrado en España, por ejemplo, a muchos empleados, ediles y creadores a golpe de firma y sello entre pares. Y estas mañas no se tienen por corruptas.
Donde más se nota el recelo ante la libertad es en la educación. España sufre una involución notoria respecto de otros países comunitarios y la encubre con apariencia técnica que es otro modo de corrupción mediante prebendas a cambio de contratos urdidos desde los despachos políticos. Nadie atribuye el sacrificio generacional de la juventud a la reducción simplista de los planes de estudios durante décadas. Y como el deterioro ya afecta a la comprensión elemental de textos básicos, se rebaja el contenido de asignaturas, los niveles de evaluación o se orillan escorándolas. Así sucede actualmente con La Literatura, Historia y Filosofía en bachillerato. Bien las convierten en optativas bien restringen el alcance de la razón histórica. Y aquí convergen intereses diversos no obstante encontrados. Religiosos, políticos y comerciales. Se prima lo local frente al fundamento lógico. Cercenan la expresión sensible y argumentada de ideas por temor vario de ideología. Y ocultan el valor supremo del espíritu ante la respuesta inmediata de los sentidos. El conectivismo de imagen ciega la reflexión. Se impone una voluntad de dominio teledirigida. Desaparece la capacidad crítica y el estímulo creador merma. Asistimos a una clonación textual sin relieve diferenciado.
La representación del mundo se trastoca en litigio de ideas reductivas. La voluntad de dominio manipula hoy con el foco, cursor o clic mediático el rostro de lo que ha de llamarse sociedad, individuo o persona. Y con ello la vigencia de conducta.