“Un hermano es un amigo que la familia te da. Un amigo es un hermano que tú te das.” (Anónimo).
Siempre me ha resultado muy curioso lo ágiles que somos al utilizar la palabra “Amigo”. Cuando una persona nos aporta o nos interesa se convierte en un amigo y cuando, además, nos adorna y nos ensalza, pasa a ser un “muy buen amigo”. No tengo tan claro que a la inversa, es decir, cuando no hay nada interesante que rascar, nos ‘reste’ o nos ‘cueste’, proclamemos esa misma amistad a los cuatro vientos.
Antes del casamiento, los votos matrimoniales previenen a los novios, con bastante precisión, de lo que se les viene encima: alegrías y penas, salud y enfermedad, virtudes, defectos, buenos y malos tiempos, abundancia y también pobreza. Creo que antes de etiquetar alegremente a un nuevo amigo, o antes de reetiquetar a uno antiguo, no estaría de más ser precavidos, pensarlo bien y asegurarnos de que, para “unirnos en amistad con esa persona”, seríamos capaces de verbalizar unos votos parecidos a los de los prometidos antes de una boda. Al menos internamente.
Los votos que quería hacer hoy, a todos y a cada uno de los que considero como Amigo y como Amiga, son los siguientes: “te querré en los momentos de celebración y de alegría, y te apoyaré en todos y cada uno de los baches de la vida, que seguro serán muchos. No competiré nunca contigo porque eres mi Amigo y la amistad no es una carrera, sino un sentimiento de hermandad y amor sin condiciones. Somos hermanos. Disfrutaré con tus victorias, con tus conquistas y con tus riquezas, sin celos ni envidia, de cerca o de lejos, como tú elijas. Si lo necesitas, si lo deseas, estaré contigo para ayudarte a recomponer los pedazos rotos por el camino por culpa de tus errores, por tu egoísmo, por tu ignorancia. Te perdonaré. Procuraré no hablar mal de ti en público, porque aunque a veces piense que metes la pata, eres el ‘metepatas de mi Amigo’. Quiero que sepas que me haces reír y me llenas de orgullo, pero también que me haces llorar y me haces daño. En la desgana y con interés, en la pasión y en la desidia, te querré indistintamente y seré fiel a nuestra amistad, siempre, tanto en tu presencia como en tu ausencia, porque un amigo es para toda la vida y cansarme de ti desvelaría de inmediato que, en realidad, nunca lo fuiste, que nunca te quise de verdad.”
Dice la Real Academia Española (RAE) que la amistad es “un afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortaleza con el trato”. Cuánta verdad esconden tan pocas palabras. La amistad se atiende, se cultiva. Los amigos no se tienen, se cuidan. No es un nombre, estático, sino un verbo, dinámico. Una virtud que se adquiere ensayando toda la vida. Una destreza que se alcanza con la paciencia y la dedicación de un gran músico, de un gran científico, de un gran maestro. Aquel que la adquiere la disfruta, desde el primer momento. Amistad no es recibir, sino dar, no es recoger, sino sembrar, no es ser querido y admirado, sino querer y admirar. Escuchar a pesar del ruido, ayudar a pesar del cansancio. Como cualquier cualidad suprema, la amistad bondadosa, la verdadera, nos cuesta y nos aflige. Los amigos de verdad nos reconfortan pero también nos hacen sufrir, ya que sus lágrimas son las nuestras y sus desgracias nos pueden quitar el sueño. No hay amistad sin nobleza, sin sacrificio, ni amigos verdaderos que dejen de serlo. Un Amigo es para siempre, como un hermano, como un hijo.
Como el buen vino, la amistad gana valor con el paso del tiempo, ya que como dijo Ralph Waldo Emerson, “un amigo puede considerarse como la obra maestra de la naturaleza”. Yo tengo la suerte de vivir con una de estas obras maestras: mi mujer, mi esposa, mi Amiga. En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y en la tristeza, hasta que… ya conocen el resto.