Empecemos por aclarar que en la jerga lunfarda y rioplatense la palabra “mango” también significa dinero y que no tener un mango es carecer totalmente de recursos monetarios. ¿Dónde hay un mango viejo Gómez? es el título de una antigua ranchera de tono porteño popularizada durante la década de 1930 en Buenos Aires por una orquesta de tangos. La letra, con un modo tan arrabalero como pintoresco, hace referencia, obviamente, a la odiosa falta de dinero y a sus dificultades para conseguirlo en aquellos duros años de la Argentina, acaso tan duros como ahora:
Viejo Gómez concretame si sabés
los billetes ¿dónde están?
Que ni los periodistas,
ni perros ni gatos,
noticias ni datos de su paradero
no me saben dar…
¿Dónde hay un mango, viejo Gómez
los han limpiao con piedra pómez?…
Tres décadas después, la entrañable poeta y juglar María Elena Walsh, en una jocosa canción ridiculizaba a los “ejecutivos”, poniendo al descubierto la función esencialmente corporativa de ese sector influyente de la sociedad argentina:
Ay qué vivos son los ejecutivos
qué vivos que son,
del sillón al avión
del avión al salón
del harén al Edén
siempre tienen razón
y además tienen la sartén,
la sartén por el mango
y el mango también…
Como se ve, el mensaje es una suerte de descripción menos fenomenológica que divertida de ese personaje que irrumpía con arrolladora soberbia allá por los años ‘60.
Ya en nuestros días, universalizada la tarea ejecutiva y devenida en profesión académica, a esos jefes, responsables de la gestión y dirección administrativa de las empresas, se los identifica con la sigla anglosajona CEO (Chief Executive Officer). Podría decirse que el CEO es el pilar de los negocios de nuestros días, ya que es quien formula el propósito, la visión y la misión de una compañía comercial.
Curioso destino el de la Argentina que con negativa suerte atraviesa todo tipo de tormentas experimentales, algunas con exagerada modernidad, como en el caso actual con un gobierno que exhibe entre sus principales ministerios y en la conducción política a los hoy denominados CEOs, gente joven y emprendedora, sin duda alguna, que pretende aplicar al manejo del Estado un criterio más o menos similar al de las empresas. El interrogante que se plantea hoy en la sociedad argentina es si esta dirigencia, que viene del mundo de los negocios y las finanzas, es apta para manejarse en la tortuosa Administración Pública. También surge la duda en torno al conflicto de intereses que han representado y si no acabarán siendo delegados directos de sus ex empresas ante el Estado.
Desde que asumió la presidencia el ingeniero Macri una de las primeras medidas apuntó a profesionalizar los cargos de conducción de ciertas áreas, por lo que buscó incorporar en los ministerios a algunos de los más destacados CEOs del país; la mayoría exitosos jóvenes administradores de reconocidas empresas multinacionales que desarrollan sus actividades en el medio local.
Hasta ahora el resultado es magro. Sobre todo en el terreno económico, que es el que suponemos mejor conocen y en el que se mueven como peces en el agua sacando ventajas al por mayor. Sin embargo, estos profesionales de la prospectiva no dan en la tecla. La inflación no cede, el empleo privado escasea cada día más y la pobreza se mantiene en límites alarmantes. Una explicación puede ser ésta: los CEOs están acostumbrados a gestionar en ambientes con grandes cantidades de recursos, en los que pueden aumentar, casi impunemente, los precios de productos para mejorar la rentabilidad de sus empresas. Para este fin, en la mayoría de los casos, usan el endeudamiento como palanca de gestión y muchos de ellos están lejos del enojoso asunto de las trincheras gremiales o sociales y de las carencias que afectan a las clases más necesitadas, lo que les resta la debida sensibilidad para leer las situaciones concretas que enfrenta la política argentina, tal como lo hemos visto con los ajustes tarifarios que, aunque entendibles, provocan el enojo de los usuarios ya que no se trata de lo que en realidad valen esos servicios, sino de “si se los puede pagar con sueldos que no cubre la canasta básica de alimentos para una familia”. Asunto menos de negocio que de sentido común o sensibilidad social, ya que la mayoría de nuestros gestionadores han salido de la burbuja de los barrios más ricos.
El hecho es que la Argentina, en este momento de su muy difícil situación política, está más cerca de ser una pequeña o mediana empresa (PYME, como se las abrevia, con todo lo bueno y lo malo que eso representa), que un gran emporio empresario.
Lo expuesto merece, sin duda, otra elemental explicación. Todos conocemos la situación catatónica en la que quedó la Argentina con doce años de populismo kirchnerista y cuál es la actual situación con un peronismo derrotado y sin líder a la vista. Pero ciertas medidas antipopulares, que el gobierno parece empeñado en reconstruir sin demasiada vocación de poder, con alta inflación, caída de consumo y estancamiento productivo, son más que preocupantes.
Ha sido el actual presidente quien se lleva el premio al mayor crecimiento público de la historia argentina con 21 ministerios, 88 secretarías, 208 subsecretarías y 305 direcciones nacionales o generales. Al menos dos motivos lo llevaron al ingeniero Macri a esta exuberancia. Uno fue su aversión a tener un superministro de economía con demasiado poder que le permita en algún momento la clásica e inoportuna extorsión: “Presidente: o hace lo que yo le propongo, o renuncio”, reiterativa en la política argentina, que dejaba mal parado al Jefe del Estado. El otro fue la necesidad de crear suficientes cargos de alto nivel para satisfacer a los aliados en la coalición Cambiemos, que lo acompaña en el Gobierno. Al parecer sus asesores le hicieron cree a nuestro ingeniero que al ampliar el número de ministerios no incrementaría la cantidad de empleados públicos; pero las famosas Leyes de Parkinson afirman que “el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para que se termine” (y esto lleva, de manera inapelable, a que un ejecutivo estatal quiera multiplicar el número de subordinados y a que los funcionarios se inventen trabajos unos a otros; axioma indiscutible de la burocracia, que impone sus añejas reglas inamovibles). La administración del Estado es como una ameba que se reproduce y multiplica cuando encuentra espacio. De hecho, desde el 10 de diciembre de 2015 prácticamente no ha sido posible reducir la planta de empleados públicos, sino que han crecido y se han creado ministerios ridículos como el de La modernidad.
Vemos así que la poca cintura política de estos CEOs los exhibe autoflagelándose y diseñando un propio infierno donde arde, por ende, el mismo presidente de la República. De tal manera no se percibe una “competitividad estructural” del gobierno, debido a los muchos desaciertos y a la falta de experiencia de estos “funCEOnarios”. Todos sabemos que la campaña no es la gestión y que el abuso de la herramienta electoral envalentona a un experimentado peronismo que goza de fosas nasales especiales para detectar el olor de la debilidad en sus contrincantes.
La sociología acuñó un término, ya clásico, para describir a los grupos dominantes: los bautizó como elites. Muchas explicaciones de nuestro incongruente mundo se elaboraron buscando dar cuenta de esta categoría. Las diferencias innatas y adquiridas entre las personas, la cultura secular del mando y la obediencia, la división del trabajo capitalista, los requerimientos de las organizaciones, no obstante, siguen haciendo lo suyo. Esa invención de arquetipos que exaltan y simplifican la suma de las cosas concretas es un hábito, acaso inevitable de nuestra época. Algunos analistas siguen haciendo hincapié en la función de las elites y en la estructura social; otros, más incisivos, abordaron la cuestión de la explotación y el abuso que subyace bajo las desigualdades de poder.
En la década del ‘60, mi recordado amigo José Luis de Imaz, en su libro Los que mandan, reelaboró con lucidez el estudio de Wright Mills aplicando algunas de aquellas tesis a la Argentina. Sin la dureza del norteamericano llegó a una amarga conclusión: “Por su conducta no puede designarse a nuestros grupos de poder como elite dirigente”. Para De Imaz, los poderosos de aquí son apenas “los que mandan”. Es decir, no son una elite dirigente, sino una mera dirigencia que defiende corporativamente sus intereses. No un estrato preparado para coordinar las tareas y adquirir las calificaciones que requiere liderar una nación, sino un grupo heterogéneo, una alianza complotada de jefes oportunistas (llámeselos políticos, gremialista, empresarios, jueces, policías, etc.) que ejercen el mando para hacer prevalecer sus intereses personales. A esta deformación, hay que sumar otra más honda y por cierto no menos alucinatoria, la condición humana siempre propicia a favorecer sus intereses.
Es así como en nuestras democracias tendemos a creer que la equiparación de los ciudadanos ha quedado limitada al voto, mientras se ha ido estableciendo una contundente asimetría de disputa del poder entre ellos. El lenguaje común describe este fenómeno con una frase de George Orwell inspirada en su libro Rebelión en la granja: “los hombres son todos iguales, pero algunos son más iguales que otros”. Verdad de Perogrullo si las hay.
Desde los orígenes del capitalismo, la llamada “ciencia social”, que suele arrostrarse virtudes mágicas o fantásticas, puso el foco en las diferencias de posición o de estatus entre los individuos. De ahí aquello de ¿por qué no crear una clase dirigente y determinar su función?, o ¿cómo se desarrollan los estamentos políticos con los cambios de valores?, asunto elemental de la dialéctica social, o ¿por qué unos hombres pueden imponer, sin argumentos del todo probables, su voluntad sobre los demás? La cuestión no resuelta se vuelve cada vez menos diplomática que ardua y compleja. En tanto que el mito igualitario de la democracia (o del socialismo contemporáneo) sigue tropezando con la rotunda realidad de la naturaleza humana y sus ambiciones personales, diferencias sociales y económicas.
Los hombres cambiamos un poco, pero no tanto y somos incorregibles. Nuestra admirada María Elena Walsh, con su vena popular, liberada de las imposiciones del cientificismo social, describió maravillosamente a estos jóvenes que ahora tienen “la sartén por el mango y el mango también…