La pista Manolo Santana se engalanó para acoger el partido número 50 de la rivalidad entre Rafael Nadal y Novak Djokovic. Las bodas de oro de esta competencia, que tomó el relevo de la mantenida por el balear y Roger Federer, aterrizó en Madrid con 23 triunfos para el español y 27 para el balcánico. Y lo hacía en pleno rencacimiento, sólido, de la mejor versión del zurdo legendario y cuando el respingo de rendimiento que viene dibujando el serbio sobre la arcilla tomaba altura. No obstante, Nole arrolló a Feliciano López en octavos de final y pasó a semis descansado, pues Nishikori se retiró, lesionado. Rafael, por su parte, se exhibió ante Goffin y resplandeciendo. El estado de forma parecía pertenecer a un jugador español que, por el contrario, contemplaba los precedentes ante este distinguido oponente como un nubarrón.
"Es cierto que cuando tienes enfrente a gente tan buena te exiges más. Pero creo que nos hemos hecho daño el uno al otro en nuestras carreras porque nos hemos quitado títulos importantes. Pero esos enfrentamientos, Djokovic y yo o Federer y yo o Federer y Djokovic, entre los tres, se han repetido mucho y eso ha creado afición en el tenis y eso ha sido positivo", reflexionó el manacorí antes del inicio de las ilustres semifinlaes del Masters 1.000 de la capital española. De camino a Roland Garros, este combate se revistió como una suerte de punto de inflexión en el curso de cada uno.
"Con Djokovic es un partido difícil contra uno de los mejores de la historia de este deporte. Vengo jugando bien y tendré que estar al máximo nivel o juego muy bien o las opciones serán pocas", presagió un Nadal que planteó como estrategia imponer un ritmo alto y agresivo sobre su drive. La astucia del serbio y su versatilidad sería el contraataque del segundo mejor tenista según la ATP. Hacía un año que no se encontraban y las cartas del partidazo quedaron sobre la mesa.
Se alzó la batalla con un break en blanco para el local. El vigente campeón del torneo había salido más frío, pagando quizá el respiro que le otorgó la baja del nipón en cuartos de final ante un Nadal más rodado y en ritmo. Eso sí, con precocidad la tribuna degustó el delicado intercambio de golpes desde el fondo de la pista, emblema de la tierra y testimonio del nivel de los comparecientes. El saque y la intensidad sirvieron al balear para defender se servicio y confirmar la brecha a las primeras de cambio. Descorchó su tromba el mejor deportista español de la historia para sembrar de dudas a la ejecución de un contrincante que cedería su saque de nuevo (3-0). El compás acelerado de los peloteos y la ofensiva defensa del local matizaron la precisión del visitante que el zurdo amortizó un la primera derecha dorada.
Se estaba jugando sobre la táctica del ganador de Montecarlo y Djokovic, fallón, no localizaba la comodidad en los exigentes intercambios. De hecho, cuando Novak aparentaba desperezarse y encarrilaba su primer punto de saque (40-0), Nadal reaccionó para redirigir el devenir a su guión. Empataría pero el serbio saldría del hoyo en el quinto juego con su sufrido primer punto (4-1). Lucía pulido Nadal, reduciendo sus imprecisiones al mínimo. Y no le ocurría lo mismo a un coloso mentalmente tocado. El examen abrasivo le estaba desbordando. La excelencia, sin embargo, brotaba a borbotones. Aún así, el set (6-2) no se le escaparía a un zurdo explosivo (ocho golpes ganadores). Nole había sido barrido y le urgía convulsionar su tempo de juego. Si no subía sus revoluciones, el sonrojo tomaría forma.
El manacorí neutralizaba la inventiva del balcánico, casi único recurso ante el eléctrico partido. Interceptaba sus intentos de llevar la iniciartiva, resistía los embates desde el fondo de la pista y leía las dejadas o subidas a la red de su rival. En consecuencia, cosechó el primer parcial en 40 minutos -el último set que le ganó al balcánico fue en Roland Garros en 2014-. Hasta entonces, sólo un puñado de chispazos (apertura de ángulos y cambios de direcciones repletos de técnica) hacía reconocible a Djokovic.
Trató la segunda mejor raqueta de sobreponerse al desafío psicológico, pero s puntería y aplomo le jugaban malas pasadas. Así, también cedería su primer saque del segundo parcial y mientras que subió su estandar de esfuerzo, Nadal frotó su magia para solventar el 2-0 inaugural con un revés hiperbólico y un golpeo de espaldas de videoteca. Pero Djokovic revirtió, de repente, la inercia, con un juego en blanco inapelable. Sin matices ni fisuras. Amenazaba con refrescar la preponderancia sobre el balear cuando se encontraba contra las cuerdas. Como, por otra parte, le es costumbre.
Ganaría su primer break el serbio traspasada la hora de juego y empatar (2-2). Como contra Almagro, duelo en el que llegó a perder 0-3 en el set definitivo, evidenciaría su calidad con el primer resto restratosférico y una serie de reveses cruzados relamidos e imperiales. Pero Nadal interpretaría como determinante el quinto juego y ejecutaría un contrabreak cuando la relación de fuerzas se había equilibrado. En la exquisited del tenis mutuo Rafael escapó, remarcando el desespero de su oponente y la necesidad de ganar varias veces el punto ante el balear.
Una efectividad exponencial en el servicio y en el empleo del efecto encarrillaron el triunfo de un Nadal en plenitud (4-2). Un dejada luminosa, la mejor del campeonato, sostuvo al balcánico en el ring, ya que sobre ella sacó a flote su saque para apretar el marcador y defender su estatus. Pero le faltaron piernas y estabilidad en la autoestima, y Rafael no le perdonó. Siete derrotas seguidas en los enfrentamientos directos (casi tres años) era un balance demasiado tenebroso como para seguir alimentándolo y el español dio carpetazo a un partido excelso sin miramientos (6-4). A estas alturas, en el balcón del torneo parisino, la distancia entre ambos resulta nítida. Madrid autografió la percepción que se venía entreviendo en el arranque de año.
"Ya tocaba", comentó, sonriente, el ganador en poco menos de hora y cuarenta minutos. "Era importante, porque significa seguir adelante con esta dinámica que llevo", confesó un jugador que, a continuación, aanalizó lo experimentado: "Tenía que jugar bien, y es verdad que él ha cometido muchos errores. Luego, en el segundo set, llegaron los típicos nervios de no ganar a Djokovic después de tanto tiempo". "La clave es que mi pelota botaba mucho al principio y sus errores me daban confianza. Sin asumir muchos riesgos asumía que dominaba a mi rival. En el segundo set he bajado la intensidad un poco por los nervios, y al final todo ha estado al límite, sentenció Nadal.
Djokovic, por su parte, se limitó a argumentar que "Rafa ha jugado como quería". "Rafa ha sido mejor que yo hoy. Ha controlado siempre el partido. En el segundo set he tenido algunas oportunidades más. Lo he intentado hacer lo mejor posible, pero no ha sido suficiente. "No quiero buscar excusas. Me he sentido cómodo los últimos días, físicamente y mentalmente fuerte. Hoy lo he intentado hacer bien, pero simplemente él ha sido mejor", zanjó un balcánico que aseguró, asimismo, extraer conclusiones positivas del torneo.