Opinión

La politización de Eurovisión

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 14 de mayo de 2017

El festival de Eurovisión tiene una dimensión política que, en los últimos años, no ha hecho más que acrecentarse. Junto a la operación de comunicación que el festival supone para todos sus participantes -y que España viene desaprovechando desde hace mucho tiempo- el concurso es una tribuna extraordinaria para los mensajes que la canción y la escenografía transmiten. Desde la ruptura con los estereotipos hasta la superación del pasado, cada país trata de mostrarse a los cientos de millones de espectadores.

Ucrania concursó el año pasado representada por la cantante Jamala, que interpretó “1944”. El tema de la canción era la deportación de los tártaros de Crimea en los años 40 por los soviéticos a causa de su colaboración con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. La propia familia de la cantante sufrió el traslado forzoso al Asia Central. Sin embargo, ni la elección de la temática ni la ocasión eran casuales. Las acusaciones vertidas contra Rusia por la presunta represión desatada contra los tártaros tras la incorporación de Crimea -de mayoría rusohablante- a la Federación de Rusia revelaba el aprovechamiento de una oportunidad para transmitir un mensaje político. Así, la cuestión de Crimea latía en la elección de la representante ucraniana. Es difícil no ver la clave política en la victoria del año pasado que ha llevado el festival a Kiev este año.

Desde luego, la Federación de Rusia no se quedó de brazos cruzados y trató de impedir que la canción fuese admitida al concurso, pero prevaleció la libertad de cada país a la hora de decidir sobre su representación.

Este año, de nuevo, la representación ucraniana ha utilizado el festival para la política. El cantante ucraniano Torvald aprovechó el final de su actuación para exclamar “Slava Ukraini!”, “¡Gloria a Ucrania”. La expresión apareció como lema durante la Guerra de Independencia Ucraniana (1917-1921) que terminó con el establecimiento de la República de Ucrania que después se integraría en la URSS. El territorio de la república recién nacida terminó dividido entre Polonia, Rumanía, Checoslovaquia y la República Socialista Soviética de Ucrania. Esto dio lugar al irredentismo de los nacionalistas ucranianos que se sintieron traicionados por los comunistas y agredidos por los países vecinos. Así se sembró la semilla de la colaboración que algunos nacionalistas ucranianos prestaron a los nazis durante la invasión de la URSS. Tras la revolución de Maidan -tal vez habría que llamarlo golpe de Estado- la memoria de esos nacionalistas se ha rescatado y celebrado para indignación de Rusia y de los ucranianos rusohablantes.

Este guiño a los nacionalistas ucranianos se produjo en ausencia de la representación rusa en el festival. Las autoridades ucranianas prohibieron la entrada al país a la cantante que iba a representar a la Federación de Rusia: la joven discapacitada Yulia Samóylova, que va en silla de ruedas y había ganado el concurso organizado por el canal 1 de su país. La acusación que pesa sobre ella es haber actuado en un festival que se celebró en Crimea en junio de 2015, es decir, después de la entrada de Crimea en la Federación de Rusia.

Sin embargo, en popularidad, Rusia cuenta con el apoyo de buena parte de las antiguas repúblicas soviéticas. De hecho, el voto de Eurovisión puede entenderse en clave de las afinidades entre los grupos de países: la antigua Unión Soviética, los escandinavos, los balcánicos, etc.

En todo caso, Eurovisión debería tener una función más elevada que la propaganda y la politización de las actuaciones. En este caso, la utilización política ha sido más grave porque se impidió a la artista rusa actuar en las mismas condiciones que los demás: ni siquiera le autorizaron la entrada al país. Un certamen como éste, nacido en plena Guerra Fría y en una Europa devastada por la guerra, tendría que servir para tender puentes y acercar a los pueblos, no como caja de resonancia de los discursos nacionalistas.