Ha muerto un amigo. Vive en mi recuerdo. Mi amigo era educado, culto e inteligente. Reía mucho y pocas veces se enfadaba. Era un prodigioso narrador oral. No se cansaba de contarme cuentos, anécdotas y decires. Cuando yo le citaba a Unamuno, me miraba, sonreía y se embalaba con historias que había oído de amigos personales del filósofo; también hablábamos de Pío Baroja y de otros muchos vascos que solo querían ser vascos, o sea españoles, como él. Mi amigo era un liberal de los píes a la cabeza e íbamos juntos a cenar con nuestros amigos socialistas. Era un gran polemista. Discutíamos de todo. Trabajé con él en la televisión y me dejaba hablar a mis anchas. No se casó jamás con el poder, o sea, era un genuino poeta, y, como los poetas de la República platónica, fue expulsado de la polis, que en este caso se llamaba Ciudad de la Imagen.
Estoy triste con la pérdida de mi amigo Germán Yanke. Muchas veces volveré con el corazón, que eso significa recuerdo, a la vida y obra de este gran hombre, pero hoy quiero recordarlo con una columna que escribí en el año 2004 para Libertad digital: “Venía sonriente de las vacaciones. Vestía un traje impecable de verano, pelo corto y con ganas de cenar. Pidió huevos escalfados, gambas al ajillo y una ensalada. Mojaba con placer en los huevos. Mientras cenaba, me preguntaba por amigos comunes y más tarde me interrogó sobre cómo está la filosofía en España. Había leído un librito de Derrida, mientras tomaba el sol en una tumbona de un hotel francés. Alguna de las cosas que mantenía Derrida eran interesantes, incluso le habían hecho olvidar su animadversión a las teorías deconstruccionistas de este gramático a su pesar. Por desgracia, no pudimos hablar sobre el libro, que había escrito Derrida cuando le dieron el Premio Adorno en el año 2001, porque yo no lo conocía. Como si quisiera disculparme por mi desconocimiento, recordé en voz alta que Políticas de la amistad fue el último libro de Derrida que yo había leído con cierto interés. Algo de lo que allí se decía tenía que ver con la vida, o mejor, con la vida de mi pensamiento.
De repente, mi amigo, cortó mi relamida perorata, me miró fijamente y dijo: nada es comparable a la amistad. Nadie sabe por qué se enamora de su mujer, o sea, no somos conscientes de nuestra elección. Nacemos en el seno de una familia determinada y tenemos que conllevar la que nos ha tocado. Etc. Pero los amigos, ay, los elegimos nosotros. Somos libres para elegir a los amigos. La amistad es lo mejor de la vida. Te lo dice uno de Bilbao. Más que gratificante, resulta grandioso -continúa diciéndome-, cuando, después de mucho tiempo, ves a un amigo y hablas con él como si el tiempo no hubiera pasado, como si hubieras estado con él hace unos días, unas horas...
A eso le llamo yo, pensé para mí, amistad cívica. Es uno de los pocos temas del estoicismo español que enlazan directamente con nuestro liberalismo. La amistad estoica es consuelo y terapia. La amistad de la Epístola moral a Fabio es para el liberal contemporáneo no sólo una conquista del pensamiento, sino un supuesto para traer más libertad... Guardé en mi alma esta asociación de ideas, porque no estaba muy seguro del asunto, y seguí oyendo las anécdotas que me contaba mi amigo. Seguí disfrutando de la amistad. Al final, cuando nos despedimos, sentí, otra vez, la grandeza de los versos del filósofo “anónimo”:
´¡Pobre de aquél que corre y se dilata
por cuantos son los climas y los mares
perseguidor del oro y de la plata!
Un ángulo me basta entre mis lares
un libro y un amigo, un sueño breve
que no perturben deudas ni pesares.`
Cosa difícil, sin embargo, es la amistad, cuando la mayoría de los modernos, “progres” y reaccionarios, reconocen que los dedos de una mano bastan para contar nuestros amigos. La amistad siempre crea aporías.”
Descanse en paz Germán Yanke.