Un grande del periodismo menos entre las filas del librepensamiento que se nos ha ido en silencio… A Germán Yanke le han vencido en la batalla las secuelas, que igual podían haber sido de aquel maldito infarto cerebral de septiembre de 2013 como del dolor de esta España de tintas planas, mano larga y cortas miras, en esa tradición unamuniana que tanto le influyó. Porque Yanke estaba muy triste y sus circunstancias personales tampoco le ayudaban. Lo último que supimos de él fue en abril de 2015 a través de su sobrina, la periodista y poeta Rebeca Yanke, una amorosa muchacha, íntegra y luchadora de este oficio que es como un retablo barroco y amnésico. Con Rebeca coincidimos y convivimos tres días en Tetuán, convocados a un congreso cervantino por el profesor Abderrahmán El Fathi, un amigo genial y generoso, tiempo en el que intercambiamos afectos, sueños, confidencias, dolores recientes y tragedias mortales. Y nos habló de que su tío transitaba por las hieles de una profunda decepción y desengaño. Le tenemos un gran cariño y lealtad a Rebeca, porque nos prestó su apoyo optimista irrenunciable en aquellos momentos, muy difíciles para nosotros, en los que tocábamos fondo. Jamás lo olvidaremos.
Ya entonces las noticias de su tío no eran buenas: Germán Yanke, impasible, con un lago de flores sangrantes ocluyéndole el discurso y su llaga en la cabeza quemándole en el alma, no tenía ganas de hablar en su monacato norteño, ni de escribir, ni mucho menos de regresar de aquel autoexilio, de aquella ‘vida’ que no era vida, sino encierro, mortaja, condena y desaliento. Es innecesario que profundicemos más, porque queda todo claro y todo dicho. Cuántas cosas se quedaron entonces sin contar ni escribir en los periódicos, las tertulias, las radios… El tiempo pondrá a cada uno en su sitio, donde le corresponde, y la lluvia de Bilbao se llevará los malos recuerdos, los cuerpos muertos y los injustos, que siempre son crueles. Rebeca tiene la fluidez de palabra y la brillantez literaria del verbo de su tío, siempre pegado a la actualidad; comparte su mirada lúcida y su gravedad y reposo, imprescindibles para el análisis certero y cotidiano. Ese era su estilo.
Germán, con su apellido tan europeo, se enfrentó elegantemente y en directo al rodillo del esperancismo tronante y, tras tres días de reflexión y peticiones de cambios en el formato y colaboradores por parte de la dirección, decidió abandonar “Diario de la Noche” en Telemadrid, donde pergeñaba un sobresaliente late night informativo y de autor, muy angloamericano, que ya jamás volvió a conocer tiempos mejores. Y como buen independiente y enemigo feroz de sectarismos, lo mismo lo pudimos ver en Intereconomía, Antena 3 o La Sexta que en la mismísima “La Tuerka” en Canal 33, pandemónium del rojerío nacional y bestia negra de la derechona mediática. Por eso nos gustaba tanto, porque a veces uno descubre almas gemelas y magisterios sin saber que lo fueron. El de Germán Yanke siempre nos supo a poco, porque en la última etapa profesional de su admirable trayectoria no se prodigó mucho, como suele suceder con los muy grandes, asqueados de la habitual injerencia del gabinete político en la impresentable programación tertuliana, hartos de la impunidad que aureola al corrupto.
Por si fuera poco, la admiración se nos multiplica al recordar que varios ensayos acreditan su pasión filológica y su amor por el hispanismo: Poetas tranquilos. Antología de la poesía realista de fin de siglo (1996), Unamuno y los vascos del 98 (1998), Blas de Otero, con los ojos abiertos (1999) –una biografía del poeta bilbaíno acompañada de un análisis de su obra–, La verdad en el pozo (1999), y Stendhal, viaje al País Vasco (2008). Y de su faceta creadora destacan poemarios como Furor en Bilbao (1987), Álbum de agujeros (1988) y Estación del Norte (1990) que aún pueden encontrarse en las librerías de lance. Fue, además, profesor en varias universidades de Kentucky, Bucknel y Virginia. Y es en esa estirpe del maridaje entre la literatura y el periodismo que tanto amamos donde Germán se anotó las alternancias de metáforas estendhalianas y dudas unamunianas, pasando de la luz a la sombra, y a la inversa, con la independencia del País Vasco y la connivencia del PNV con los asesinos como telón de fondo de su amada Euskadi.
Uno ya, más o menos, va haciendo recuento de las cosas y rememorando en plano metafísico ‘lo que el periodismo se llevó’, muy a lo Margaret Mitchell y su crónica del viejo Sur, alimentando así la autobiografía de caídas y ‘levantadas’. Yanke nos contempla hoy desde un Olimpo periodístico, deificado y acaso goyesco junto a mi Julián Lago, el “Guti”, Antonio Herrero, Manu Leguineche y tantos santos apóstoles de la libertad de información y opinión. Su periodismo tranquilo y profundo, de análisis, fruto de una extraordinaria formación humanista, nos inspira para afrontar cada día esta improvisación azarosa, demediada e imposible que es el periodismo… Que es, querido Germán, la propia vida.
@dfarranz