Imposible salvar este endiablado expediente de las primarias para elegir al Secretario General del PSOE, pensando que pueda resultar algo positivo de un ejercicio autodestructivo que, por si no bastará con una vez, se ensayará nuevamente para designar al candidato del Partido a la presidencia del gobierno en las próximas elecciones generales. Ahí es nada, mostrar al descubierto todas las debilidades, falacias e insuficiencias que asolan al PSOE y que necesitarían, más que su aireación, una discreta labor de reparación y cura. El encontronazo entre Pedro Sánchez y Susana ha sido durísimo, y ninguno de los dos sale bien parado, aunque la contundencia de Susana haya noqueado a Sánchez, posiblemente con consecuencias irreparables para éste: El problema eres tú Pedro, le espetó la Presidenta de Andalucía. Y, añadió, nos humillaste proponiendo a quien más nos había insultado-en referencia a Irene Lozano incorporada a la candidatura del PSOE en elecciones generales pasadas.
La cuestión es que el diseño del debate como pugna por la secretaría general exige la exageración de las tintas y la desconsideración del contrario en una estrategia que se apoya sobre todo en la emotividad. De lo que se parte es de la descalificación del PP, cuyas políticas pueden y deben criticarse pues se trata del partido del gobierno, pero no con la visceralidad y el enconamiento con que se hace. Susana Díaz lo calificó de tóxico e infame. Sánchez volvió a repetir jamás con el PP, y López, a pesar de haber gobernado -como excelente lehendakari-, con su apoyo en Euskadi, se alineó en el mismo sentido. Esta actitud cainista no es de recibo, pues olvida que el Partido Popular es un partido constitucionalista-no lo son los independentistas y en parte, desgraciadamente, tampoco Podemos- con el que se comparte el consenso político fundamental y que es una contraparte obligada en el régimen parlamentario español, donde no caben enemigos sino solo adversarios. Esta cierta solidaridad entre populares y socialistas, a pesar de las diferencias ideológicas y de intereses, es la que explica verdaderamente la necesidad del PSOE de abstenerse en el debate de investidura, permitiendo el gobierno de Rajoy, no respaldándolo ni apoyándolo.
Ni Pedro Sánchez ni López lo entendieron así, y estuvieron en su día incomprensible-mente pidiendo nuevas elecciones, ignorando que tal actitud es inaudita en cualquier sistema parlamentario, donde las elecciones deben concluir obligadamente en la formación de gobierno, como sucede en El Reino Unido y Alemania. Pero en esta ocasión al menos, no lo ha explicado así tampoco Susana Díaz, que ha preferido echar la culpa de la situación a los flojos resultados del perdedor Sánchez, pero sin mostrar verdaderamente las razones de la abstención, que son, como digo, las de que era imposible celebrar unas nuevas elecciones, y que además las perspectivas del Partido no hacían más que empeorarse.
Unos días antes del debate había leído en La Vanguardia un artículo de Enric Juliana, acogiendo unas declaraciones de José Félix Tezanos sobre la candidatura de Pedro Sánchez. Decía mi estimado y respetado colega que Pedro había madurado mucho, y llamaba la atención sobre su insistencia en dos puntos capitales, como eran su idea de España y una recomendación sobre el peso de los jóvenes en las políticas públicas de educación y desarrollo. Desafortunadamente Sánchez, como acabo de decir, no ha rectificado sobre su actitud acerca de la investidura pasada, sino que le ha atribuido un rol capital en su definición de su política de futuro: no es no, una simplificación que sitúa el debate en términos de abrumadora elementariedad e inflexibilidad, inaceptables en el complejo mundo de la política actual. Quedó poco tiempo para que Sánchez detallase su propuesta de reconocimiento del pluralismo territorial español que, frente a algunos vaivenes en su determinación en el pasado, quedaba ahora fijada en unas posiciones bastante sensatas: afirmando la soberanía del pueblo español y acogiendo una acepción del término nacionalidad que puede servir para la demanda de reconocimiento de Cataluña. De otra parte, no se trata de aceptar la demagogia de la contraposición entre partido de notables (viejos) y de militantes; pero no captar la importancia de la desafección del PSOE por parte de los jóvenes es situarse contra el viento en la disputa por el liderazgo en la izquierda.
Por lo demás, no comparto la aspiración, en la que compitieron al menos Pedro Sánchez y Patxi López, a constitucionalizar cuestiones como la igualdad de la mujer, el carácter de fundamental del derecho a la salud y otras ocurrencias. Las deficiencias en relación con tales temas son debidas a las políticas públicas con las que se abordan, dependientes entonces de determinadas orientaciones políticas, pero disfrutan ya de suficiente cobertura en la Norma Fundamental, como es el artículo 14CE en relación con la protección de la mujer y la definición de nuestra forma política como Estado social. Como se sabe, el Tribunal Constitucional ha deducido un mandato de políticas antidiscriminatorias por parte de los poderes públicos de la igualdad de género consagrada en el artículo 14CE; y, como también es conocido, el derecho constitucional a la salud no tiene un significado meramente programático, pues su protección resulta obligada de modo efectivo a través del correspondiente Servicio Público. Otra cosa finalmente. No entiendo como un candidato, por cierto de considerable entidad, que se suma (legítimamente) a la competición, puede pretender superar la división o confrontación en el Partido. Sin duda se trata de un curioso elemento que no clarifica precisamente la situación.
Espero y deseo que el patriotismo de partido que tantos militantes sienten vivamente resista las tensiones acumuladas en el debate de ayer a que me acabo de referir. No le va poco en ello a nuestra propia democracia.