Opinión

La rosa de oro

TRIBUNA

Juan Cardona | Jueves 18 de mayo de 2017

La primera vez que oí hablar de la “rosa de oro” fue en un libro de historia que relataba cómo el Papa Pio IX, en 1868, concedió la rosa de oro del Vaticano a la Reina Isabel II de España. Lo cual me extrañó mucho, sabiendo que durante el reinado de Isabel II se había ordenado y ejecutado la desamortización de muchos bienes de la Iglesia católica y de sus órdenes religiosas en España que habían acumulado mediante donaciones y testamentos, especialmente para decir misas y recibir indulgencias para la salvación de sus almas, llegando a poseer multitud de tierras y propiedades que el Estado liberal calificó de tenencia de bienes en “manos muertas”, por no producir provecho ni riqueza alguna.

En España se llevaron a cabo varias desamortizaciones en distintas épocas. Antes de la Guerra de la Independencia tuvo lugar la desamortización de Godoy y, posteriormente, las más importantes, por orden cronológico, fueron la de José Bonaparte (1809), la de Argüelles (1813), la del Trienio Liberal (1820), la de Mendizábal (1836), la de Espartero (1841) y la de Madoz (1855). Aunque la más conocida es la desamortización ordenada en 1836 y 1837 por Mendizábal, ministro de Hacienda y presidente del Gobierno de la regente María Cristina de Borbón (viuda de Fernando VII y madre de Isabel II), sin duda la más importante es la promulgada por la Ley de 1 de mayo de 1855, conocida por la Ley Pascual Madoz, durante el reinado de Isabel II, dado que es la de mayor duración y completa la enajenación de los bienes del clero, tanto regular como secular, así como las de otras posesiones, baldíos y tierras comunales en manos de municipios y maestrazgos improductivos, para con su venta sanear Hacienda y proceder a amortizar los títulos de deuda pública. (No quiero pensar, ni por un momento, lo que pasaría actualmente si se le ocurriera a algún gobierno dictar la desamortización de bienes eclesiásticos para pagar la gran carga que llevamos sobre nuestros hombros de deuda pública en España. Por si acaso, la Iglesia ya ha procurado ir al Registro de Propiedad a inscribir directamente todos los inmuebles posibles a su nombre mediante las certificaciones de inmatriculación de bienes, antes de que fuera modificado el artículo 206 de la Ley Hipotecaria en el año 2015).

Intenté saber más sobre dicha rosa de oro y me encontré con la sorpresa que el Papa tenía por costumbre, desde el año 1049 en que se creó dicha condecoración por León IX, otorgarla a personalidades católicas preeminentes, usualmenteemperadores, emperatrices, reyes, reinas y duques. Entre la lista de condecorados con dicha rosa figura, por tres veces, el Rey Enrique VIII de Inglaterra, que de poco sirvió a las intenciones del Papa, pues al final se separó de la Iglesia romana y fundó el anglicanismo; también recibió la rosa de oro Federico III, elector de Sajonia, protector de Lutero en Wittenberg, que igualmente de poco le sirvió a la Iglesia de Roma pues se separaron de ella fundando el luteranismo, origen de la Reforma protestante. Pero, donde en más ocasiones se ha otorgado la condecoración de la rosa de oro ha sido en España que, como buque insignia del catolicismo, mantenía buenas relaciones con el Papa, figurando entre otros condecorados a lo largo de la historia, la reina Isabel la Católica, que expulsó de España a los moros y judíos; Don Juan de Austria, que venció a los otomanos musulmanes en la batalla de Lepanto; Isabel Clara Eugenia, Infanta de España, hija de Felipe II y Gobernadora de los Países Bajos; y la susodicha Reina Isabel II que, durante su reinado, procedió a la desamortización de bienes de la Iglesia infringiendo el Concordato de 1851, por lo que era inconcebible que el Papa le concediera encima la rosa de oro, pues incluso –según se ha comentado- al conocer tal decisión un cardenal de la curia le dijo al Papa: Santidad, esa reina es una putanna; a lo que el Santo Padre le respondió: una putanna, ma pía (véase Historia de España de Juan Eslava, cap. 83). Posteriormente, también recibieron dicha condecoración la reina María Cristina, viuda de Alfonso XII, y la reina Victoria Eugenia, mujer de Alfonso XIII.

Desde la mitad del siglo pasado, el Papa ha continuado con la costumbre de entregar la rosa de oro, si bien sólo se ha otorgado a iglesias u oratorios; siendo la última, conocida públicamente, la entregada por el actual Papa Francisco, en 2013, a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Méjico. Pero, ¿qué es la rosa de oro? Es un ornamento bendecido por el Papa que consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche con el escudo papal, como símbolo sacramental.

Podría muy bien afirmarse que todavía no han aprendido en el Vaticano que la Iglesia no está para entregar dádivas ni condecoraciones de oro a nadie, y mucho menos como una especie de soborno a personajes públicos. Todavía el Papa Pio XII, en 1956, otorgó la rosa de oro a Carlota, la gran duquesa de Luxemburgo. Ciertamente convendría que la Iglesia y sus responsables más directos repasaran las 95 tesis que Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg, escandalizado por la pompa y mundanal vida de la Iglesia coetánea de Roma y sus dirigentes, así como de los medios de que se servían para llenar sus arcas, hace ya 500 años. Deben dejar ya tales signos de lujo y de condecoraciones con medallas de oro, plata y piedras preciosas, que no sirven de ejemplo para la Iglesia de los pobres que se predica en las bienaventuranzas. La Iglesia debe tener su economía para poder mantenerse y seguir, pero cuidado con las vergüenzas que se exponen a menudo sobre los lingotes de oro y millones de beneficios que se manejan en el denominado Banco del Vaticano, con poco rigor de ética y de ejemplo cristiano.

Todas las manifestaciones públicas de faraonismo y endiosamiento de los sucesores del fundador de la Iglesia deben desaparecer del entorno eclesiástico. De lo contrario, ni los intentos y esfuerzos de los ecumenistas podrán conseguir la unidad de la Iglesia que ella misma disipó con el mal ejemplo que dio durante muchos siglos de su historia, reflejado en las pompas y las obras de arte y riquezas que acumuló y que ella misma no ha llegado a desamortizar para dar ejemplo y solventar muchas de las miserias de este mundo.

La obra cinematográfica de las “sandalias del pescador”, que siguió la novela del mismo título de Morris West, al final tiene una escena inolvidable. Al ser coronado el papa con la tiara, ceñida por tres coronas de oro y piedras preciosas, aquél la retira diciendo ante la feligresía que Cristo fue coronado con una corona de espinas y, por eso, no admite llevar una tiara de oro y piedras preciosas, sino que va a dedicar el oro y las joyas de la Iglesia para salvar a tantos millones de personas que mueren cada día de hambre en el mundo, animando a los demás a seguirle con el ejemplo. No creo que podamos llegar a oír una declaración tan comprometida de boca de los dirigentes actuales de la Iglesia, pero no estaría de más que se desprendieran de muchos de los lastres que todavía mantienen en contra de las enseñanzas que predican y que están escritas en el Nuevo Testamento. Ni siquiera el Papa Francisco, que se queja de que no le dejan actuar en total libertad, ha podido con ello; y Benedicto XVI también renunció seguramente a la mitra papal acosado por la corrupción económica de los propios que le rodeaban (caso Vatileaks).

Al final, todos los que manejan la tesorería de las grandes instituciones terminan mal por dejarse llevar por la corrupción, como así acabó Judas que traicionó al Mesías por 30 monedas de plata. Todos los apóstoles llegaron a Santos, menos el tesorero del grupo, Judas, que se perdió por la codicia del dinero. Salvando las distancias, por estas lindes en asuntos no tan espirituales, también algún que otro tesorero ha dejado clavada una corona de espinas a más de uno que intenta sacudírsela y no puede, vagando por los estrados de Poncio a Pilatos. Amén.