Opinión

¿Sabes qué es una Nación?

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 20 de mayo de 2017

Esta pregunta del título, que resulta adecuada durante la enseñanza primaria o secundaria, en algún rincón de Ciencias Sociales, es bochornosa formulándola a un candidato a la Presidencia de Gobierno. La pregunta, por sí sola, lo humilla y aun derrota, porque quien interrogó no estaba seguro de la sabiduría de su interlocutor, e insistió.

Todavía resulta más asombroso que el candidato reaccionara lento, sin alcanzar a decir más que algo referente a sentimientos, por aludir a algo volátil y fugaz, que corre a la velocidad con que los iones de sodio, sinapsis tras sinapsis, estimulan la amígdala, el hipotálamo y el tálamo hasta provocar la descarga de las suprarrenales. Fragmentos de segundo, un fulgor, una intuición bergsoniana, puro movimiento.

Según el candidato a estadista, una Nación consiste en lo que ocurre entre las neuronas durante fragmentos de segundo; por ejemplo, el proceso que precedió a su improvisación arrastrada. Confunde el ser de la realidad con un proceso de la subjetividad y eleva éste a categoría ontológica. Fuera de la persona que siente, no queda nada. Tal respuesta es el epifenómeno de un vacío, la nada específica que albergaba su cerebro, sobre el tema planteado, porque sentir es un fluido, no crea esencias.

Posiblemente, tal cuestión no estaba en el guión que le había preparado su entrenador personal (ahora los llaman coach), durante las simulaciones previas al debate. Consecuentemente, no tenía memorizada respuesta alguna.

Don Patxi, que también iba preparado en plan predicador de la basílica de Begoña y dispuesto a darse pisto, confrontó a su contrincante con algo que debiera ser obvio para cualquier político de ese talante y elevadas aspiraciones. Por tanto, la contestación podría haber sido inmediata, fulminante y de brillo. Ni muy rápida, porque hubiera denotado que estaba preparada, ni saliendo por peteneras, como hizo sin estrépito ni figura de juicio.

Una pregunta de ese fuste exige recurrir al fondo de recursos personales, trabar el concepto, darle forma, expresarlo con claridad y no dejar sin respuesta la humillación infringida. El aspirante a líder ha de ser pedagógico y contundente, por ese orden.

El entrenador del interpelado candidato, o es cándido, o su pupilo no le paga bien, o profesa por él demasiado respeto, incluso miedo reverencial, toda vez que no pudo, no supo, o no quiso ponerlo en tesituras de improvisar, no sólo para templar el manejo emocional, sino para entrenar la agilidad de respuesta.

En cualquier caso, don Patxi pinchó una bolsa que estaba hueca; allí no había un nido de ideas, ni un depósito de saberes rancios, ni imaginación sublime capaz de improvisar con rapidez, ni siquiera raciocinio capaz de distinguir entre el ser y el sentir, la realidad y las reacciones que ella suscita.

Puesto a usar el lenguaje psicológico, el doctor Sánchez podría haber utilizado la palabra actitud, que habla de un proceso híbrido, emocional y cognitivo al mismo tiempo: aquello que creo, lo que pienso, me lleva a sentir... Pero, tampoco. Decir que una Nación es una actitud, es una metonimia inconsistente, demasiado chocante y vergonzosa; se le hubiera visto la derivada. Dejándolo en sentimiento, queda más confuso, aunque es más usual.

A un opositor a estadista hay que exigirle que tenga criterio formado, un archivo vivo, siempre abierto a integrar aprendizaje y asentado en la reflexión histórica, acerca de la entidad que aspira a gobernar. Sobre ese criterio, el opositor ha de apoyar su proyecto de futuro, en coherencia con la realidad existente. El pasado histórico interviene en el futuro, tanto como el futuro condiciona el presente, sea electoral, sea de gestión. Quien aspira a ser votado, debe ser coherente con la trayectoria histórica de su Nación y ha de explicar qué va a hacer después con el voto que pide, antes de formular el contrato.

Sin criterio, no habrá ideas, según constató don Patxi en su debate partidario; tampoco habrá consistencia en la defensa de un ideario prestado, conforme denunciaba, una y otra vez, doña Susana, alarmada por los virajes de antaño.

Los dos compañeros y la compañera estaban de acuerdo en agrandar las atribuciones del Estado, ese Leviatán al servicio de la Nación; es decir, una fiera amaestrada por un sentimiento (¡!), dispuesta a esquilmar, más aún, a las clases medias, para crear más funcionarios, más ciudadanos dependientes, más adictos al pesebre y más atontados por la paga providencial y socorrista del Estado. Eso, o rescatar al INI de Franco, como propuso don Patxi.

El doctor y sus colegas hablaban de subir los impuestos a los ricos, como si éstos no tuvieran SICAV, monedas virtuales e ingenieros financieros para eludir sus pretensiones de marmitones.

Luego pedían la confianza de sus otros compañeros y compañeras para seguir reprimiendo al ciudadano medio, robarle su alegría, su libertad y su motivación, hasta convertirlo en hormiguita laboriosa, dispuesta a pagar tasas, impuestos directos e indirectos, rentas supuestas y multas, por doquier y sin rechistar.

En resumen, con todo sentimiento de euforia: ¡Viva el PER!, ¡Vivan las clases pasivas!. Y con pena y vergüenza, ¡Que trabaje Alemania!