Opinión

Pero, ¿qué es Europa?

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 21 de mayo de 2017

Las elecciones presidenciales ya celebradas y las próximas legislativas en Francia así como los comicios de este año en Italia y Alemania serán cruciales para el futuro de la Unión Europea. A unos u otros candidatos se les asigna la etiqueta de euroescépticos o europeístas y, a partir de ellas, se celebran o lamentan sus avances. Los europeístas de las grandes ciudades del continente exhalaron un suspiro de alivio con la victoria de Emmanuel Macron y contienen el aliento ante el temor de que los euroescépticos puedan vencer en algún sitio. Sus rivales, por el contrario, confían en que una derrota de Angela Merkel en Alemania pueda revertir las políticas que emanan de Bruselas. El Brexit es, para unos, un pozo de incertidumbre y, para otros, un mar de posibilidades.

Sin embargo, Europa no es la Unión Europea. La cuna de la civilización occidental es más que el proyecto político que hoy representan las grandes instituciones emanadas de los sucesivos tratados que han ido conduciendo hasta el de Lisboa de 2007. La propia Unión se define a sí misma como “una asociación económica y política única en su género y compuesta por 28 países europeos que abarcan juntos gran parte del continente”. Europa, en cambio, es el producto de aproximadamente veinticinco siglos de Historia del espacio geográfico que se extiende, siguiendo a Carpentier y Lebrun, desde el Atlántico, los Urales y el Océano Glacial Ártico hasta el Mediterráneo. Por supuesto, esto es aproximado, pero aquí radica la cuestión. Europa no es solo un continente -las Islas Británicas son europeas por separadas que estén del continente y también lo es Islandia- sino la cuna de una civilización: la occidental.

Esta confusión entre Europa y Unión Europea está desgarrando el discurso europeísta. Algunas políticas que emanan de la Unión- pensemos, por ejemplo, en la cuestión migratoria- y el desprecio por los Estados nacionales como si fuesen reliquias del pasado cuyos intereses son ilegítimos o egoístas -ahí está la acusación que se lanza a menudo contra Hungría- están alienando a millones de europeos que, quiérase o no, también son herederos de esta tradición de siglos.

El fundamento de Europa, pues, no es un tratado sino una herencia espiritual forjada a lo largo de los siglos. Joseph Ratzinger, uno de los mayores teólogos de los últimos siglos, lo describió con una lucidez admirable hace trece años en su discurso en la biblioteca del Senado de la República Italiana. Europa es un concepto cultural e histórico. Los elementos comunes de la Europa occidental y de la oriental, que había resistido en Bizancio las invasiones bárbaras, son la Biblia; la propia noción de Imperio, es decir, “la comunión en las ideas fundamentales del derecho y de los instrumentos jurídicos”; y el monaquismo, vehículo “no solo de la continuidad cultural sino, sobre todo, de los valores fundamentales religiosos y morales, de las orientaciones últimas del hombre […]”.

Por supuesto que esto no implica soslayar la importancia que otras civilizaciones tuvieron en la historia de algunos países europeos, ahí está el legado admirable de la cultura de Al Andalus, pero no eran europeas. Pueden ser admirables y valiosísimas -y, en casos como el español, imprescindibles para una comprensión profunda- pero, en general, son ajenas a Europa y a Occidente.

No se puede romper de un plumazo con más de veinte siglos de historia. En Europa coexisten sociedades muy distintas y que, sobre un pasado común, han tenido evoluciones diferentes y experiencias históricas ineludibles en cualquier análisis. Algunos países como Francia o el Reino Unido fueron metrópolis imperiales hasta hace pocas décadas. Otros pasaron por las experiencias terribles del fascismo, el nacionalsocialismo o el comunismo. Polonia fue dividida dos veces entre sus vecinos y a la opresión del nazismo le sucedió la del comunismo. Las identidades nacionales siguen siendo muy importantes. El patriotismo sigue siendo un sentimiento que millones de europeos profesan por sus países. Hasta ahora, no hay, en general, un sentimiento similar por la Unión Europea. Sin duda, existe un sentimiento de ser europeo, pero no se contrapone -ni sustituye- al patriotismo de cada nación. En algunos casos, como ha sucedido en Cataluña y el País Vasco, los partidos nacionalistas se han servido del discurso europeísta para debilitar, precisamente, la realidad histórica de España.

Debemos volver a estos fundamentos espirituales que sustentan el verdadero edificio de Europa. Nuestra civilización ya era universal antes de que naciesen discursos como el de la globalización o el mundialismo. En España, el Camino de Santiago, cuyas rutas partían de todo el continente y las islas, es una prueba viva y palpable de esa universalidad consustancial a Occidente. Juan Pablo II lo recordó en 1982 con palabras brillantes: “La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones. […] Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan.”

Si estos valores se olvidan o se desprecian, quizás la Unión Europea sobrevivirá algún tiempo, pero Europa se habrá perdido.