Opinión

Adolfo Marsillach o el teatro

Juan José Alonso Millán | Lunes 30 de junio de 2008
Hijo de un crítico teatral y profesor de la escuela de Periodismo de Barcelona. Marsillach, cuando acabó Derecho y las Milicias Universitarias, se trasladó a Madrid. Conoció a la gran actriz Amparo Soler Leal. Se casaron, comieron perdices y formaron compañía. La mejor compañía de teatro joven, con una incipiente Amparo Baró, que era genial. Recuerdo “George y Margaret”, una delicia que no he podido olvidar. Como director de escena para la comedia, no ha habido otro que Adolfo Marsillach. El matrimonio no duró mucho. Y cada uno tiró por su lado cosechando éxitos por separado.

A Adolfo lo que menos le gustaba del oficio era la interpretación. Un director magistral y un escritor satírico con gran instinto autoral. “Yo me bajo en la próxima” fue un gran éxito con Concha Velasco y José Sacristán. “Mata Hari” y diversas versiones, no lo fueron menos. Escribió series de televisión, que son el Quijote, comparado con las que se hacen ahora.

Director del Español, montó un “Marat Sade” espectacular. A un servidor, le encargó una versión de “Las bodas de Fígaro”. Su mayor éxito le vino más tarde, en el teatro de la Comedia, interpretando y dirigiendo “Tartufo” de Molière, una sátira contra el Opus, que resultó muy bien.
Lo conocí en el teatro Lara. Adolfo hacía de cura en “El comprador de horas”. Le abordé en su camerino a traición, mientras descansaba y se desmaquillaba. Le largué el texto de una comedia que acababa de escribir. Nunca supe lo que le pareció mi obra. Sé que al mes se puso a ensayarla para lo cual, formó compañía con Conchita Montes, Arturo Fernández y él, como primer actor y director. La comedia se llamaba “Marbella Mon Amour” y se estrenó en 1967, aún no había aparecido Jesús Gil.

Como Adolfo no tenía un pelo de tonto, se volvió a casar con una de las mujeres más bellas de la profesión, Tere del Río, y de esta unión, nacieron sus hijas Cristina y Blanca. Cristina triunfó haciendo cine en Italia. Es una buenísima actriz, que siempre quiero que haga teatro. Seguro que lo conseguirá. Blanca vivió en Los Ángeles e hizo cine. En la actualidad, lucha en Madrid con tesón y ha logrado que lleve el nombre de su padre el teatro Fígaro.

Adolfo Marsillach fue el teatro. Hizo y lo quiso. Un triunfador nato, de inteligencia poco común. Su escuela actoral dejó innumerables alumnos, hoy indiscutibles figuras de la escena. A su paso por el INAEM, se enteró de lo duro del oficio. Luchó por apaciguar a los músicos e intentó sacar una ley de teatro. Imposible poner de acuerdo a la profesión y a los sindicatos. Un buen día se cansó de no poder hacer nada y salió con vida, eso sí, a estrenar una función con la gran Julia Gutiérrez Cava. Dejando la política, para los políticos que para eso cobran.
Fundó un café-intelectual o así, llamado Oliver, en la calle Almirante con el periodista Jorge Fiestas. Libros decorando las paredes, guiones en las mesas y un piano en el sótano. Allí íbamos al acabar las funciones. El ambiente era cien por cien teatral y recogía a la farándula a la salida del Gijón. Íbamos todos, menos Marsillach. Jamás coincidí con él.

Era un seductor nato. A las mujeres se las llevaba de calle. Sin ser galán, nadie tuvo tanto éxito con las féminas.

Un día conoció, para su suerte, a su última esposa Mercedes Lezcano. Una buenísima joven actriz, que le acompañó hasta el final de sus días.

El teatro español, jamás olvidará a una figura como la de Adolfo Marsillach. Yo tuve suerte de ser su amigo.

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