Lo primero que hay que hacer es felicitar al PSOE por la pulcritud del proceso de elección del “nuevo” Secretario General. Ha sido un proceso interno vibrante, limpio y democrático. Una versión justo anterior a las primarias, pues éstas requieren que se consulte a una parte mucho más importante de la ciudadanía y no sólo a los poco más de ciento treinta mil militantes del PSOE que votaron el domingo. Por poner un par de ejemplos, en EEUU votaron casi 60 millones de personas y en Francia casi cinco millones.
Pedro Sánchez ganó contra todo: En primer lugar contra el aparato, es decir, el PSOE de hoy. Pero también tenía enfrente a la casi totalidad del PSOE histórico, pues prácticamente nadie de la vieja guardia, “felipista” o “zapaterista”, lo apoyó. También había una tranquila y extraña unanimidad en su contra entre los medios de comunicación.
Sánchez se enfrenta ahora al formidable reto de recuperar un PSOE que ha perdido la mitad de su electorado y representación. De más de once millones de votos ha pasado a cinco. Los partidos socialistas del resto de Europa viven una crisis similar o han desaparecido, como en el caso de Italia, Grecia y probablemente Francia tras el puntillazo que le acaba de propinar el ex primer ministro Manuel Valls.
Ante este reto cabían varias opciones: ensayar una tercera vía tipo Blair, que colocaría al PSOE a la derecha del… ¡Partido Popular!, volver a lo de siempre (al PSOE del Felipe de fino traje y corbata de seda) o intentar irse -tampoco hay que exagerar- algo más a la izquierda emulando a aquel Felipe cubierto de pana, con el puño en alto y, cómo no, entonando la Internacional. Vamos, el de finales de los años setenta.
Le debo a Jaime de Berenguer, brillante concejal de UPYD en el ayuntamiento de Madrid durante el anterior mandato, un tweet que, en mi opinión, “clava” la cuestión sobre la que escribo. “No se engañen. Quien de verdad pierde con la victoria de Pedro Sánchez es Podemos y sobre todo Pablo Iglesias. Al tiempo.”
En mi opinión, la única posibilidad de recuperación que tiene el PSOE es escorarse a la izquierda y luchar por el espacio político de Podemos para luego recentrarse, como hizo el Felipe del congreso de mayo de 1979, que dimitió para abandonar el marxismo y convertirse, tres años después, en presidente del gobierno. El mismo tiempo que queda para que se agote esta legislatura.
Entiendo que Pedro Sánchez tiene sus contradicciones biográficas. No venía precisamente del ala más izquierdista del socialismo. Tampoco parece ser un “hacha” en la gestión interna del partido. Pero hay que reconocerle audacia y ser alguien que, por fin, tiene una estrategia contra el verdadero problema de España (lo de los nacionalistas catalanes no dejan de ser fuegos artificiales, aunque los referendums los carga el diablo) o sea, Podemos y su ruinoso proyecto político. No hay nada más que comprobar cómo están “deshilachando” el sistema y nuestra forma de pensar en todos los campos. Como dice Berenguer, “al tiempo…” Y espero que no acabemos todos, desde el PSOE hasta la extrema derecha, convertidos a una plataforma anti-Podemos para parar a estos lunáticos cabreados que de tontos no tienen nada de ahí lo sobrerrepresentación de la que gozan y abusan.
Los que ya somos talluditos nos acordaremos de la irrupción de Landelino Lavilla como cabeza de cartel de la UCD en las elecciones de 1982. Aquello fue tremendo; un personaje comedido, elegante e incluso grave se convirtió de pronto en una contradicción andante. Un torbellino de alaridos y desesperación. La UCD perdió el 80% de sus votos y pronto desaparecería. Espero, por el bien de España, que Berenguer tenga razón y que (al tiempo…) el PSOE de Pedro Sánchez no pierda su espacio y sobre todo su posición hegemónica en la izquierda española. Ojalá el Pedro Sánchez de la corbata de seda, tras mudar temporalmente a la pana, sea capaz de aportar al PSOE el sentido común y las políticas socialdemócratas que, junto con algunas liberales -desdichadamente las menos- han hecho tanto por nuestro país.