Opinión

Otro final de los tiempos

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 01 de junio de 2017

Dejándome llevar sin resistencia por la subjetividad diré que percibo en el mundo – tal como lo ofrecen las pantallas – una atmósfera saturada, apenas respirable. La alarmante tensión entre China y los EE.UU, la discordia que separa a este mismo país de la Unión Europea. Esta semana la canciller alemana señaló que no podemos confiar más en los aliados anglosajones. El Brexit ha establecido la distancia insalvable que media entre su Commonwealth y la Nueva Europa.

Añádase la poderosa presencia rusa que, parapetada tras sus fronteras, no permite más el acoso occidental y le hace frente. Y súmense los abundantes conflictos, acotados pero con inervación mundial: Venezuela, Corea del Norte y, sobre todo, Siria en su frontera con una Turquía cuya relación con la Unión Europea será siempre problemática.

En relación a la economía también oiremos sones de colapso o de hundimiento. La gran crisis no ha modificado un ápice la estructura económica del mundo y no sabemos si el crecimiento está amenazado o la amenaza es el propio crecimiento. Los riesgos ecológicos en uno u otro aspecto son evidentes, pero se discute sobre cataclismos cósmicos: ¿el aumento de la temperatura media tiene como causa la actividad industrial humana o resulta de factores ajenos a la acción del hombre? Triste consuelo. Discutimos si en la catástrofe que se anuncia tenemos o no responsabilidad. Yo no me siento parte del género humano al punto de que esa responsabilidad me quite el sueño, de manera que podré sufrir el terrible azote del cambio climático con la conciencia tranquila. Pero no se escatiman esfuerzos para cargarnos con la enorme culpa: no apagamos la luz, no ahorramos agua, no clasificamos los desperdicios, comemos suculentos filetes de vaca... A veces me dejo vencer y tiendo a la expiación que practica el vegano. Por último, es mejor no mirar el paisaje más próximo. En la atribulada España encontramos cada día la amenaza del viejo secesionismo de rostro amable y puño prieto.

Rizando el rizo, podemos pensar que esa imagen apocalíptica es diseño de los escondidos señores del mundo: capitalistas en comité, masones, sabios de Sion... en una deriva hermenéutica de efectos delirantes que, lejos de permitirnos una salida, nos dejará exhaustos y hundidos en la suspicacia universal. Hace tiempo que corremos el riesgo – señalaba G. Chesterton – de “concebir una raza humana de tanta modestia intelectual que no se atreva a creer ni en las tablas de la aritmética. Corremos el riesgo de engendrar filósofos que sospechen si la ley de gravitación no será un ensueño de su fantasía”. Al fin y al cabo, todo el pensamiento moderno ha hecho de la sospecha el método de la inteligencia. Es natural que acabemos enredados en el delirio.

¿Cómo hallar consuelo y encontrar orientación ante ese espejo oscuro que ofrecen las pantallas? Sólo se me ocurre oponer confianza a esa suspicacia. No es fácil en este mundo – donde no puedes ya fiarte de nadie – extender la confianza. Cabe empezar por asumir el riesgo de confiar y esperar – sin ingenuidad – no ser defraudado. Lo seremos mil veces antes de que nuestra confianza sea recompensada con confianza. A esa pequeña fe y humilde esperanza le seguirá entonces una apertura benévola a los demás. Sobre ese firme impasible puede construirse la fortaleza de una comunidad real de personas que – alejadas de las pantallas – ofrezcan el rostro y tiendan la mano.

Se nos acusará de ingenuidad, aparecerá la vanguardia consciente y su poderosa organización, dispuesta a impugnar las condiciones político-económicas del mundo, nos anunciarán otra vez la lucha final. Pero el aparato abstracto y distante no sirve a la confianza, su figura impersonal no tiene rostro, ni tiende la mano o la ofrece sólo a través de las pantallas.

No hay en esta actitud simple ingenuidad. La inocencia que pueda hallarse ha sido conquistada por un lento y paciente esfuerzo del entendimiento y la voluntad. No ignoramos el canto de sirena del nihilismo pero la oponemos una sabiduría, armada de inocencia, de raíces milenarias. En esta guerra contra el mundo que difunden las pantallas, la batalla crucial se juega en el propio pecho “Aquí está la caverna ante la que se agolpan los demonios. Aquí está cada uno, da igual de qué clase y rango, en lucha inmediata y soberana, y con su victoria se cambia el mundo. Si él es aquí más fuerte, entonces retrocederá en sí la Nada. Dejará en la orilla de la playa los tesoros que estaban sumergidos. Ellos compensarán los sacrificios” (E. Jünger) Apaguen las pantallas, salgan a la calle, respiren directamente el aire de la mañana. Nos gritarán, cada vez más tenuemente, que nada cambia. Es posible, pero hombro con hombro y mano a mano, su terrible futuro nos encontrará acorazados.