Opinión

Entre Escila y Caribdis

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 03 de junio de 2017

Escila era un monstruo, que habitaba en el estrecho de Mesina, tenía cabeza y torso de mujer; en su cintura llevaba seis cabezas de perro, cada una dotada con tres hileras de dientes y su tronco era una cola de pez. Este ser fabuloso devoraba con furia a los marineros que osaran navegar en sus aguas territoriales.

Frente a ella, Caribdis, en el mismo estrecho, engullía grandes cantidades de agua, tres veces al día, y otras tantas las regurgitaba, formando torbellinos insalvables para los barcos, que fatalmente, desaparecían en la corriente.

Ni Odiseo logró tener su singladura con éxito, ni siquiera contando con la ayuda divina de Circe. Para salvar su barco de la furia funesta de Caribdis, hubo de sacrificar a seis marineros, entregándolos a la voracidad de los perros de Escila.

Si trasladamos el mito al siglo XXI, nuestra odisea nacional queda entre la Escila de las diecisiete autonomías y dos medias, que devoran sin piedad, y la Caribdis de la “nación de naciones”, que desatará un huracán, en el que Cartagena y Patones querrán ser nación.

Aquel café para todos engendró a Escila, que hoy pretende incluso multiplicar por 17 las embajadas de España en el mundo. La sirena empezó a ulular y cada cabeza de su cintura alardea de hambre canina, con exclusividad sobre el presupuesto, porque todas aspiran a ser País Vasco: hay que incrementar la deuda, ya en el 100% del PIB; aumentar impuestos, cuyo record tiene el Sr. Montoro, que dice ser del PP; disparar la nómina de funcionarios, justificándola en la crecida de las prestaciones. Todo es insuficiente para satisfacer a la jauría.

A mi juicio, de lego en Economía, los misterios del destino por venir, se labran en el presente. La suerte no existe, si no la trabajamos. Cada uno ha de aprender a construir su futuro con sus recursos efectivos, calibrando riesgos y previendo eventualidades, porque cada elección nueva cierra una etapa y abre otra. Y no se puede vivir siempre por encima de las posibilidades reales; o, al menos, no se puede hacer impunemente, o sin dilapidar el crédito y el patrimonio.

Todo hombre es un actor en busca de su público. La codicia del yo busca el aplauso y los reconocimientos ajenos, igual que un misacantano el éxtasis místico. Al respecto, los políticos no son diferentes; más bien, al contrario, tienen un apetito especial de estimación ajena que, pudorosamente, ellos llaman "razones electorales”. Este es el desgalgadero por donde se desvanece todo cuanto engulle cada perro de la Escila. Tanta es la vanidad jactanciosa, o la dependencia menesterosa, qué más da, que cualquier consecución resulta trivial, una menudencia irrelevante, ante el logro portentoso que hay que conquistar después. Así, los políticos encandilan y seducen a su público, mientras tratan de aliviar su propio desfondamiento. La realidad de hoy no es real; hay que huir hacia adelante, a la búsqueda de una realidad óptima, máxima. Y algunos de estos misacantanos no pasan de cantamañanas.

Es preciso un atracón de estoicismo. Poner a dieta a los 17 perros de Escila, porque no esperamos a un Hércules redentor.

En el ámbito local, no podemos seguir manteniendo más de 8.000 ayuntamientos, con toda su parafernalia. Demasiados alcaldes, mucho riesgo de nepotismo, de pequeñas corruptelas de campanario y de compulsión urbanística. Baste como ejemplo, un pequeño municipio de 1.300 habitantes (menos de 900 con derecho a voto), de cuyo nombre no quiero acordarme, que, en pocos años, levantó dos grupos escolares, hizo un polideportivo con piscina, un camping con otra piscina, un cementerio público inmenso que permanece cerrado desde que se construyó, igual que un edificio para mercado; dispone de Casa de la Cultura con biblioteca, que suele dar acogida a un acto, o dos, al año; además, ha rehabilitado dos edificios municipales y levantado de nueva planta un tercero. En este municipio, durante algunos años, la señora alcaldesa disponía de coche oficial con conductor, que era su marido. ¿Cree el lector que es el único?

Las atribuciones de las Diputaciones son perfectamente asumibles por los gobiernos autonómicos, como ocurre, de hecho, en las autonomías de provincia única. De paso, es preciso plantearse la eficiencia de 52 subdelegados del Gobierno, sobre todo, en zonas tan complejas como Teruel, Cuenca, Huesca, Soria, Guadalajara, Jaén, etc. Son sueldos a pagar, sinecuras para ocupar a conmilitones, con toda su pléyade de funcionarios, coches oficiales y escoltas. Y nada por hacer, salvo hablar por teléfono.

Los perros del cupo y el concierto nos hacen desiguales a todos los demás españoles, porque los gastos de la Nación que ellos no afrontan han de ser suplidos por otros. Esta prepotencia tiene un nombre, aunque se escuden tras del eufemismo de ser nacionalidades. El destino de esos privilegios debe ser su supresión, aunque haya que vestirla con la seda de la solidaridad, de la igualdad y de la justicia equitativa.

Las otras fauces caninas deben tener sus limitaciones de presupuesto y las funciones a cubrir deslindadas con el Estado, sin concesiones al déficit, ni al despilfarro, ni a la vanidad de los dirigentes. La austeridad, la eficacia en la gestión y el realismo pragmático son más recomendables que el desbarajuste continuado de ver quién gasta más y que luego nos socorra el Estado,subiendo impuestos a los ricos.

El mismo Estado ha de ser prudente en sus gastos y ejemplar: si hay ministerios vacíos de contenido, porque sus atribuciones fueron transferidas a Bruselas, o a las Autonomías, la estructura del Gobierno ha de ser recompuesta con respeto a la nueva situación. Y, dada la tradicional incompetencia del Estado como gestor, las industrias públicas han de privatizarse, aunque el Estado se reserve la acción de oro en aquellas que sean estratégicas. Por regla general, un particular, ahormado a la rentabilidad, trabaja mejor y con mayor garantía que un funcionario, supeditado al protocolo.

Escila está ahí y Caribdis se viene encima, porque los asuntos públicos se manejan con la misma falta de sentido con que un tornado lleva hojas secas (nación de naciones, sin haber aprendido la lección del café para todos); la falsedad oculta la negligencia (corrupción); el interés partidista o personal se presenta como valor general y aspiración suprema (moción de censura); la ambición y la vanidad arrasan la responsabilidad (segregación catalana). Mientras, la casa común sin barrer: paro, educación lastimosa, investigación hundida y falta de proyecto.