Los Lunes de El Imparcial

Elizabeth Jane Howard: Los años ligeros. Crónicas de los Cazalet

NOVELA

Domingo 04 de junio de 2017

Traducción de Celia Montolío. Siruela. Madrid. 2017. 431 páginas. 24, 95 €. Libro electrónico: 11,99 €.

Por Daniel González Irala



Casada con Kingsley Amis, cuyo hijo Martin la llegó a comparar con Iris Murdoch (como es sabido, novelista irlandesa de renombre), la autora de estas crónicas noveladas de entreguerras fue actriz y modelo antes de demostrar sus elegantes dotes para un tipo de relato que, sin olvidar la era victoriana inglesa, trata de modernizarla o dejarla atrás. El resultado es un detallado fresco cuyo campo semántico es la rutina, desde el punto de vista de una familia muy rica que lo hizo posible generación tras generación gracias al negocio de la madera.

Se trata de una historia que tiene en el árbol genealógico su razón de ser y en que se tratan de explicar las tragedias de la Gran Guerra en dos de los cuatro hijos, los cuales acusaron graves pérdidas, así como el comunicado desde la radio y dado el antisemitismo que la misma familia practica, de Hitler, para anunciar la Segunda. Vemos como en esta etapa de transición la mayor parte de los personajes están más preocupados por saber utilizar su vestimenta, cocinar a diario, cazar e incluso averiguar qué interruptor enciende qué luz en la nueva mansión recién adquirida en el condado de Sussex, lejos de su Home Place londinense, que de marcarse una estrategia ante el que consideran tonto futuro dictador.

Esto no resulta insustancial porque la autora narra desde la minucia, sí, pero también desde la distancia con los hechos, lo que le hace adoptar un tono de fina ironía que bebe de una tradición rica como pueda ser la que cultivó Stella Gibbons anteriormente. Si bien a una de las madres le extraña que a sus hijos les hagan representar tragedias de Shakespeare en el colegio, también es verdad que las nietas que ya andan por la adolescencia empiezan a conocer a Jane Austen en profundidad (Persuasión, Sentido y sensibilidad) llegando más pronto que tarde a lecturas como las de T.S. Eliot, de las que aborrecen. Como la misma madre hace con un librito cogido en la biblioteca, el archiconocido de Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó, que en vez de ocasionarles paralelismos bélicos entre Estados Unidos y Gran Bretaña, es juzgado con cierta frivolidad al considerar sólo a su protagonista femenina como una pazguata.

Si las mujeres de esta familia son retratadas desde esta comicidad, suponen sin embargo la sal de la vida ante tipejos como Edward, el antigalán por excelencia, que se ve a escondidas con Diana, mientras Villy, su legítima esposa, sufre de unos vahídos melancólicos iniciales ante los que se sobrepone independientemente de los cuernos o Rupert, casado en segundas nupcias con Zöe, cuya historia sentimental es más intensa que con la madre de sus hijos, a la que apenas conocemos. Eso y los conflictos entre primos, más preocupados de pelearse entre ellos o de encontrar una forma más productiva de divertirse, conforman este retablo de ajustadas y flemáticas intenciones. Y es que en ese “Nada más” final no sólo se explica la acción última por parte de la señorita Milliment, sino que se cumple un ciclo.

Por otro lado, se dice que la novela como proyecto conjunto, es decir, sus cinco tomos, muestran gran semejanza o influencia con Una danza para la música del tiempo de Anthony Powell, proyecto proustiano por excelencia de las letras inglesas del XX, que consta de doce novelas, en España publicadas en cuatro tomos en los que se separa la acción en torno a las cuatro estaciones del año, publicados por Anagrama.