Opinión

Soledad del anarquista

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 05 de junio de 2017

Es la hora del crepúsculo. Paseo con un amigo por el Jardín de los frailes y, de repente, me pregunta:

-¿Será verdad que “siempre es otoño al declinar de la tarde”?

-Claro que lo es. Eladio Cabañero fue preciso, exacto, es decir, poético. Su verso tiene vocación de espejar la realidad: “Siempre es otoño al declinar la tarde”.

Mi amigo ha pronunciado lentamente ese verso. No sé si trataba de interrumpir o desviar nuestra discusión sobre la declaración, a mediados del curso 2017, del Año Azorín. Los políticos han declarado en junio de 2017, como lo oyen, el año de Azorín. Aguantan un poco más la decisión y lo hacen en diciembre. No creo que a Azorín le hubiera importado demasiado, pues que para él “todo era relativo”, o sea, más vale tarde que nunca. Pero yo disiento del maestro: esa tardanza es una falta de educación, o peor, de respeto del gobierno de Rajoy hacia Azorín. Refleja la cortedad de toda una “clase política” para hacerse cargo de su mayor invento. Consiguió algo casi milagroso, un cursi diría: Azorín representó una revolución copernicana en las letras castellanas. La tendencia exagerada, embravecida y barroca de nuestra literatura fue remansada. La propensión de nuestra literatura a la mazorral retórica fue serenada. El abuso de la paradoja y el afán por metaforizar toda la existencia fueron canalizados por el placer literario de lo sencillo.

Es un logro demasiado elevado, un mérito de gigante, para ser comprendido por los enanos políticos que pueblan el Congreso de los Diputados. Quizá, por eso, no sabría precisar si este reconocimiento tardío de Azorín contiene la audacia del estúpido o la malicia del que pisotea la lengua y la literatura. Algo habrá de esas dos perversidades en esa declaración conjunta de los políticos españoles del “Año 2017 como el año Azorín”. El inventor de la escritura en el castellano de nuestra época no merecía este trato. Este medio homenaje a Azorín ni siquiera es crepuscular. No podría jamás asociarlo al grandioso verso de Eladio Cabañero: “Siempre es otoño al declinar la tarde.”

Merecía un trato más amable y discreto, se mire por donde se mire, quien limpió de hojarasca y miasmas el español moderno. Nadie puede escribir con decoro sin haber leído y releído en los libros de Azorín. Nos ha enseñado a escribir. Por eso, precisamente, ningún escritor importante de ayer y de hoy dirá: “leo a Azorín”. Falso. Nadie que escriba en lengua española podrá dejar de referirse a Azorín en términos parecidos a los que él utilizó para hablar de Montaigne: “Yo no leo a Azorín (Montaigne); lo releo por tercera, por cuarta, por quinta, por sexta vez. Pocos escritores (filósofos) hay que puedan soportar esta prueba”. Azorín es el gran maestro en este arte de combinar sujeto, verbo y predicado. Periodistas, poetas, novelistas, ensayistas, historiadores, filósofos y, en fin, quienes se atrevan a emborronar una página en blanco difícilmente podrían prescindir de la relectura de Azorín sin arriesgar su vida intelectual. Su obra es, perdón por la metáfora, una herramienta necesaria para aprender a escribir.

Nadie como él, en el siglo veinte, ha corrido la mano sobre el papel en blanco con tanta elegancia y brillantez. Releo sus páginas sobre La silla y me avergüenzo de mi escritura. Si el “estilo” es algo más que el escorzo de la literatura, de la vida del literato, creo que después de la escritura de Azorín todo es decadencia en la lengua española. Después de Azorín, es inevitable asociar toda la literatura española al ocaso del día. Después de Azorín, sí, digo con el poeta de Tomelloso: “Siempre es otoño al declinar de la tarde”. Todos lo imitan y, a veces, lo superan. Es un maestro de maestros. Cualquiera de sus páginas es, como don Quijote para la novela de todos los tiempos, unidad de medida de la gran literatura, o sea, de la irracionalidad de la vida pasada por el arte de la escritura. Benditos los imitadores de Azorín. El día que estos desaparezcan la literatura habrá muerto un poco más… Sólo quedarán “escritorzuelos” que describen escenas de las películas de Holywood… Pues ahí tienen, amigos, como el gobierno de Rajoy, acompañado por todo el Parlamento, le paga a Azorín su contribución para mantener la continuidad de la cultura de España. Los políticos ni siquiera tienen coraje para dedicarle un año al escritor que más ha contribuido a limpiar el lenguaje español de sus putrefactos resabios. Al revolucionario del estilo, en realidad, a quien nos ha ensañado a escribir, se dice pronto, con sencillez y belleza, se le paga con medio año de mala retórica y faramalla política.

No es esto, sin embargo, lo peor, sino que toda la prensa española y todo el establecimiento educativo y cultural español ha tragado con este “medio” homenaje. Nadie ha levantado la voz. Nadie ha dicho ni pío. Nadie dirá nada. ¡Dónde están los grititos de protesta de nuestros aguerridos intelectuales! En ese silencio cómplice con el poder está contenido nuestra falta de tymos, de coraje civil, imprescindible para crear una literatura a la altura de la generación de Azorín. No hay, en efecto, inteligencia ni, por supuesto, cojones para decirle al poderoso y a todos sus medios de comunicación, a esos que reparten premios melifluos para columnistas castrados: ¡Dejad, por favor, tranquilo al maestro Azorín! A pesar de todo, siempre le queda a uno la judía esperanza de que salga un periodista que recuerde al maestro como lo que era: un grandioso escritor que hizo de la crónica parlamentaria un género literario propio y personal. Inimitable. Quizá aparezca un periodista, alguien que durante un tiempo no le han dejado escribir, defendiendo que vocación literaria y profesión periodística coinciden en Azorín. Espero que ese alguien, en efecto, demuestre su independencia periodística con una columna que resalte lo obvio: Azorín fue un también un maestro de maestros del periodismo en lengua española.

Mientras tanto, reconozcámonos en el verso de Eladio Cabañero: “Siempre es otoño al declinar de la tarde”.