Opinión

Cambalache

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 08 de junio de 2017

A Enrique Santos Discépolo le bastó su breve medio siglo de vida para describirnos, en el ritmo callejero del tango, el pastiche de arrabal en que se ha convertido la vida ultramoderna. Aquel despliegue de maldad insolente que fuera el siglo XX, se prolongó en la noche oscura de un siglo XXI en que no es que sean pardos todos los gatos, sino que ni son gatos, ni tienen color.

Todo presente histórico ha conocido la impugnación del orden vigente en nombre de un orden que se pretendía diverso y, humildemente, mejor. Hoy se impugna el orden como tal, al margen de su contenido, en nombre del perfecto cambalache. Nunca como hoy se hizo la defensa del lodo en que vivimos todos manoseados. Yo reclamo para el tango de Discépolo la categoría de himno de nuestro tiempo.

A menudo el traidor aparece derecho, el generoso estafador. Se eleva al modisto a la categoría de artista de nuestro tiempo y se le atribuye el soberbio título de creador. Al mismo tiempo se denigra al maestro de la tauromaquia, calificado de asesino, y se niega todo valor a su viejo arte, que hoy se juzga tortura. Hasta aquí únicamente diversas estimativas.

Pero el cambalache ha ido más allá. Hoy todo es igual, nunca como hoy nada es mejor. En efecto, hace tiempo que aprendimos que un par de botas equivalen a la obra de Shakespeare. Entre nosotros es familia todo grupo de convivencia, al margen del género, pero también del número. Para vencer nuestra estrechez se iluminan semáforos con imágenes de pares homogéneos, añadiendo al esquemático monigote rasgos de género. Abrazadas parejas indicarán nuestro derecho a cruzar la calzada en el muy reducido código binario del rojo y el verde, que también debería abrirse a la diversidad multicolor, como el dos debe descartarse en nombre de la gran pluralidad. En mitad del cambalache a muchos escandaliza la abundancia de las otrora llamadas grandes obras que representan escenas de rapto y violación. Se cuida la sutilísima sensibilidad de los estudiantes que exigen que el maquillaje recubra las heridas de Cristo, para evitar que se produzcan esos desmayos que causa una lectura descarnada de Ovidio o de Apuleyo. Pero al mismo tiempo los medios de comunicación difunden los sones del reguetón y ofrecen cotidianamente polémicas de callejón en que artistas de lo suyo exhiben actitudes de proxeneta. En nuestro cambalache diario puede pedirse la eliminación de los filósofos blancos y heteropatriarcales que constituyeron el canon de Occidente para disponer en su lugar el pensamiento, cuando no coloreado al menos turbio, de una legión plástica de pensadores del extrarradio. En el pedestre terreno cotidiano se desea corregir el vergonzoso gesto del hombre que se sienta sin educación en lugares públicos y cuya prepotencia machista queda manifiesta en un gesto de masculinidad imperativa. Pero en el cambalache se estima liberadora la protesta de jóvenes con vulva que orinan de pie en la vía pública. Se defiende el aborto libre y gratuito y a la vez se llora a lágrima viva por la víctima de la caza o del cambio climático. Se lucha contra el individualismo pero al grito ultraliberal de “¡yo soy yo y hago con mi cuerpo lo que me da la gana!”. Un autor de referencia del cambalache contrasexual exige penar toda relación sexual no mediada por el contrato y el propietario de una discoteca reclama camareras de ostensiva belleza y actitud amable, sin novios celosos, apelando a sus ideas feministas. Y es que el feminismo busca liberar de su estigma tradicional al ennoblecido oficio de la prostitución. Ni siquiera podría argumentarse en contra, cuando el principio de no contradicción y la lógica binaria se juzgan reducidas a un caso entre una pluralidad de sistemas lógicos consistentes, fundados en axiomas distintos. El cambalache es la era de la postverdad en que la exigencia masiva se erige en ultima ratio. Vivimos en el tiempo del capricho elevado a categoría de la vida social y triste norma de un pensamiento frágil. Ese subjetivismo caprichoso es apropiado al orden del mercado saturado de adminículos de menesteroso, de consumibles que crean la necesidad a la que responden. En la noche en que todos los gatos son pardos repugna cualquier orden y se impugnan jerarquías y escalafones: en la empresa se extiende una gestión horizontal, en las aulas se derrumbó hace tiempo el régimen de la autoridad, se olvidaron las formas de la cortesía y el tuteo – siguiendo el modelo inglés – es la única fórmula de tratamiento conocida.

Pero en las condiciones del cambalache a la paz del lodo le sigue la violencia de todos contra todos. En la sociedad que ha confundido igualdad y equivalencia el único criterio es el puño de hierro, la mano firme, el golpe seco. A cada avance de la noche oscura del cambalache le ha de seguir un incremento de la violencia sin principio ni horizonte. El macho es hoy el señor y la fuerza es su única palabra.