Pero pueden fallar y entonces, ¿cómo gestionamos esa frustración por el suspenso?
La profesora de la UOC y doctora en Psicología Clínica, Amàlia Gordóvil, recuerda que, en primer lugar, “no debemos tener miedo (ni padres ni alumnos) al hecho de frustrarnos”. Explica que “se trata de un sentimiento desagradable y que provoca malestar, pero resulta también uno de los más poderosos instrumentos de aprendizaje”.
Añade que la vida resulta frustrante en muchas ocasiones y debemos entrenarnos para ello durante la infancia y la adolescencia: “A partir de aquí, debemos de seguir diferentes pautas: primero entender la situación de forma realista sin hacer generalizaciones del tipo ‘suspender un examen no significa que soy un fracasado’, después valorar qué nos ha llevado a suspender (por ejemplo no haber estudiado lo suficiente, no habernos planificado bien, el miedo o la ansiedad). La valoración que hagamos es fundamental para poder modificar las variables necesarias para que la situación no se repita”.
En esta línea, muchos estudiantes durante la preparación de los exámenes ha experimentado una sensación de miedo/pánico/terror a la prueba y, llegados algunos casos, la absoluta paralización e imposibilidad de seguir con dicha preparación.
¿Qué pasa, por qué sucede? La doctora en Psicologia Clínica en el centre GRAT señala que “este tipo de sintomatología viene dada por un gran miedo al fracaso (el estudiante siente que se juega su futuro en estas pruebas y teme no poder estar a la altura) y por un alto grado de exigencia consigo mismo”.
Apunta Amàlia Gordóvil que “cuando estas dos variables se juntan el estudiante teme no poder cumplir con unas altas expectativas que deposita en él mismo y puede aparecer un miedo paralizante o lo que conocemos como sintomatología de ansiedad”.
Resulta sorprendente que sean alumnos excelentes y con muy buenas notas quienes presenten esta sintomatología pero, como hemos visto, “el alto grado de exigencia con uno mismo es una variable poderosa en este aspecto”, destaca la experta.
“Habitualmente, la persona tiene una serie de pensamientos anticipatorios negativos, como ‘no lo conseguiré’, ‘no puedo’, ‘no estaré a la altura y no entraré en la universidad que quiero’, ‘voy a decepcionar a todo el mundo’. Los pensamientos están ligados a las emociones que sentimos (en este caso el miedo) que condicionarán la conducta que llevemos a cabo, aquí probablemente conductas paralizantes”, insiste Gordóvil.
Y ante todo esto, ¿qué podemos hacer? La estrategia consiste en modificar los pensamientos para que emoción y conducta se ven también modificadas: “No se trata de atraer pensamientos ideales o súper positivos, sino pensamientos más funcionales que nos ayuden en ese momento”.