Pero al sentir la lenta brisa abierta por mi capa, los ojos
del maestro, tan sensibles a dejes de cintura y brazos,
creían mirar la derramada semilla de sus muertos.
Robert Ryan, 1987
Saber de qué patria es un torero yanqui es tan difícil como decir de qué color es un toro negro. John Fulton comentaba que él no tenía country, porque ni le comprendían en el suyo ni le aceptaban en los otros. Y Robert Ryan se preguntaba qué podía esperar su maestro, “Pepe Ortiz”, de un muchacho que le tendía la mano en inglés.
Hoy ambos figuran en el Cossío y comparten cincuentenario. Pues Ryan tomó la alternativa en Tijuana un 11 de junio de 1967, y Fulton confirmó la suya en Las Ventas el 12 de octubre de ese mismo año.
El siglo XX fue pródigo en toreros estadounidenses. Al cronista Lyn Sherwood le salieron más de sesenta. Una nómina granada en vidas de leyenda y jugoso anecdotario, cuya mayor excentricidad fue atreverse a lidiar el miura de la discriminación: escogieron para su cuerpo la lucha de una raza que no era la suya. Aprovechemos esta efeméride para acercarnos a ellos, al menos desde los nueve que tomaron la alternativa.
El primero fue el hijo de un Ranger de Texas llamado Harper B. Lee. Lidió en Méjico en tiempos de Porfirio Díaz. “Opper-Li” gustaba al respetable, ponía sus propias banderillas y hasta saltaba a la garrocha. El célebre matador Rodolfo Gaona dijo que fue un torero brillante y muy valiente. Aguantó ser desheredado por su padre, pero no el ultimátum de su novia.
Le siguió Sidney Franklin, judío neoyorquino, hijo de inmigrantes rusos, y torero de una odisea hormonada por él mismo en su autobiografía Bullfighter from Brooklyn; como aventurero y narrador era todo un figura. Fue el primer estadounidense que lidió en España, tanto en la Maestranza como en Las Ventas. Y si queremos creerle, en Barcelona se negó a debutar porque los empresarios catalanes le pagaban poco.
Igual de imprevisible es el caso de John Fulton, de Filadelfia. De sangre italiana y húngara, se aficionó con el barbero de su barrio, exiliado español, y viendo a Tyrone Power en Sangre y arena. Fue el torero yanqui de más largo aliento y compartió carteles de relumbrón. También se desempeñó como escritor y artista taurino; su libro Bullfighting es un clásico en lengua inglesa. La cornada más dolorosa de su carrera la sufrió en las carnes de su discípulo japonés, “El Niño del Sol Naciente”. Fulton falleció en Sevilla en 1998. Sus cenizas fueron esparcidas en el albero de la Maestranza.
Tampoco un chaval de Inglewood, con “gafas de armadura” y de nombre Robert Ryan, parecía llamado a las lides de Cúchares. Pero se perfiló como el mejor matador de sangre useña desde su primera verónica. El Cossío nos dice que fue un torero de arte y sentimiento, estimado por la crítica y respetado por sus compañeros. Cortada la coleta, se hizo torero que pinta y escribe con la misma destreza que le amerita el Cossío. Ligó con jondura un poema autobiográfico premiado con el Díaz-Cañabate (Vestigios de sangre), y la canónica tauromaquia El toreo de capa. Vive en Madrid, seguramente ceñido a Las Ventas.
Competente con el capote fue también “Diego” O’Bolger, de nombre James. Un modelo de ropa nacido en Buffalo, pero criado en Arizona, que cambió la pasarela por el paseíllo. Cuentan que se preparaba haciéndose autohipnosis; debió funcionarle en Plaza Méjico: debutó cortando una oreja. Contemporáneo suyo fue el virginiano de Charleston Richard Corey, que lidió hispanizando su nombre con un arrojo que le dio fama de tremendista: “Nunca he visto a nadie esforzándose tanto para suicidarse”, dijo John Fulton viéndole torear en Sevilla.
A David Renk, “El Texano”, lo introdujo su padre Fred, que había sido novillero. David pasó parte de su infancia entre cirujanos y escayolas, a causa de sus pies. Pero deseaba torear y su padre quería que lo hiciese. Llegó a ser el primer y único estadounidense en confirmar alternativa en Plaza Méjico. Ejemplo de superación para muchos discapacitados, estableció para estos una beca universitaria y una corrida anual de beneficencia. También de casa taurina era Dennis Borba, algo normal entre la comunidad portuguesa del norte de California, donde hoy cría ganado bravo y promueve la corrida incruenta, única posible en USA. Seguro que todavía memora la tarde de su alternativa y sueña con la de su confirmación.
Cierra el elenco Tracy Viser, tejano de Houston. Este llegó a los toros a través de la biblioteca de su colegio, donde tenían el citado libro de John Fulton. Viser escribió a Fulton. Este intentó desanimarle. Se conocieron. Debutó en Méjico en 1978 y lidió donde le dejaban, hasta en el presidio de Nuevo Laredo. Luego se alistó en la aerotransportada para olvidarse de los toros, a los que regresó quizá para olvidarse de los paracas. También estudió bellas artes en Florencia y en Oxford. Pero el doctorado lo hizo en una tarde de 1997, en la plaza La Morena de San Joaquín, Venezuela.
Hasta aquí los diestros. Con ellos empieza la historia de los toreros yanquis; pues si estos son los elegidos, muchos más fueron los llamados. Esta tribuna no da para citar a medio centenar de novilleros; entre los que destaca una decena de mujeres. El calendario arrancaría con “La Diosa Rubia” Conchita Cintrón y cerraría con Raquel Martínez, más useñas de lo que sus nombres indican. Entre ellas: Patty McCormick, Harriet Elisabeth Dingeldein (“Bette Ford”), Honey Anne Haskings (“Ana de Los Ángeles”), Carla Dixie Lee, Patricia Hayes o Edith Evans. La reputada taurómaca Muriel Feiner dio buena cuenta de ellas en su almanaque La mujer en el mundo del toro.
Mucho más larga sería la lista de los hombres, que abreviaremos tirando de “El Güero” Walter de la Brosse, Jeff Ramsey, Baron Henry Clemens, David Moss, Bong Way Bill Wong (alias “Billy Wong”, “El Chino”, o “Chiquito de Arizona”), Mike “Miguelito” Stumer… También glosaría la tragedia que atravesó Rocky Moody; o la que se llevó a Cole Porter Tuck, “El Rubio de Boston”; además de la alucinante historia de Robert Clayton Buick, que verdaderamente fue “El Ciclón del Norte”.
Pero no olvidaría la balada triste del maletilla John Munick (“Juan Muniak”), el “mojado” que escogió sobrevivir de ilegal en Méjico para no alejarse de los ruedos. Ni a Richard Evans, un negro de Springfield que lo intentó en los años 50; ¿escribió ese Suit of Gold que adelantó a la prensa? Han escrito tanto, los toreros yanquis… El que más, Barnaby Conrad, prelado de los aficionados prácticos.
Por cierto, que también en 1967 debutó como novillero Henry Higgins. Fue en el coso de Tenerife y apoderado por el productor de los Beatles. Pero aquí no cuenta, porque era un inglés nacido en Colombia. Y de Gibraltar y toreros británicos hablamos otro día. Aunque será delicado empacarlos, ya que la saga empieza en Irlanda. Los toreros, al final, son de la piel del toro. Esa es su patria más segura. Y su lengua materna torear en silencio, compenetrados con el silencio del toro. Lo dice el maestro Ryan. El arte de torear es un silencio con gesto.
Imágenes:
1.- Matatoros medieval, recreado por Robert Ryan a partir de la imagen de un cantoral del Monasterio de Guadalupe (Tomado del Cossío, Tomo IV, El toreo, Espasa 2007, p. 13).
2.- Cubierta de Yanquees in the Afternoon. An Illustrated History of American Bullfighters, de Lyn Sherwood (McFarland & Company, Jefferson 2002).
3.- Pase de pecho de Robert Ryan (tomado de Yankees in the…, p 81.).
4.- Jim “Diego O’Bolger” perfilándose para estoquear (Yankees…, p. 90).