El sábado pasado, al final del telediario de la primera cadena, me recogí sobre mí mismo, mientras miraba las imágenes que salían en la pantalla. Miraba las imágenes de un pueblo unido por un héroe: un jugador del Sevilla alzaba al cielo un patinete, las cuadrillas de las Ventas guardaban un respetuoso silencio al comenzar el espectáculo, los jugadores de todos los deportes hacían lo mismo, y miles de vecinos de los pueblos de España, empezando por el suyo, lloraban al héroe español, Ignacio Echeverría. Miraba todas esas imágenes, que iban acompañadas por una sentida canción del excepcional Amancio Prada, y la vista se me nubló. También yo lloré. El asesinato de un hombre no tiene jamás justificación. No hay razón o filosofía que explique el asesinato. Solo cabe repetir los versos que Joaquín Sabina, en Úbeda, le dedicó a nuestro héroe: “Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres.”
La muerte, el terrible sufrimiento ante la muerte, por salvar la vida de otro ser humano nos abre un camino a la esperanza. ¿Esperanza? Sí, Recordé al instante el “modelo” de esa conducta heroica, la “norma suprema” de ese comportamiento, y de repente reconocí el valor y la grandeza de la religión en la que fui educado. Y aquí no valen las imposturas acerca de nuestras creencias o carencia de ellas, aquí no vale perorar sobre porqué yo creo o porqué yo no creo, aquí no cuela ya la perversidad intelectual de que todas las religiones son iguales y cosas de semejante jaez y barbarie… Ante la muerte de un hombre hecho de la argamasa de Ignacio Echeverría, ya no se puede escurrir el bulto. Su muerte nos obliga a todos a ser fieles con nuestra identidad personal, o sea, a tomarnos en serio, que no otra cosa es lo sagrado y lo religioso, la vida. ¿Qué habríamos hecho cada uno de nosotros ante una situación como la que se encontró Ignacio Echeverría? Y, sobre todo, ¿quién será capaz de imitarlo?, ¿quién sería capaz de arriesgar su vida, es decir, de ensayar o darle sentido a su existencia por salvar la vida de un semejante?
Nadie en España, en el mundo, puede dejar de reconocer la hazaña de este español. Todo ser humano le debe respeto a Ignacio Echeverría por su coraje y arrojo. Nadie puede faltar a la cita mundana o ultramundana con este hombre. Toda persona tiene el deber de pararse a valorar su gesto para ser más persona. A nadie le está permitido escurrir el bulto para no enfrentarse con su conciencia, con lo más sagrado de la realidad, en fin, con la vida ante el acontecimiento final de la muerte de Ignacio Echeverría. La acción y muerte de un solo hombre nos pone ante una alternativa ineludible: esperanza o barbarie. Sí, el asesinato de un hombre por salvar la vida de sus congéneres nos abre, a pesar de todo, un camino a la esperanza. La vida y la muerte de un hombre espejean la sutileza y generosidad de toda una civilización: la judeocristiana. Ojalá pudiéramos hablar así de otras religiones.
Las imágenes de dolor, que hemos visto estos días en televisión, por la muerte de un hombre iban unidas a las de la esperanza. El título del libro del filósofo Carlos Díaz recogen con exactitud lo que millones de españoles han sentido: El sufrimiento y la esperanza se besan. Tiendo a pensar que esa verdad, cuyo origen unamuniano es conciliable con la libertad orteguiana, que no es sino la esperanza rescatada de la fatalidad, aún tiene vigencia. No todo está perdido. Aquí hay partido, después de ver las reacciones ante el crimen de Ignacio Echeverría, me atrevo a decir que la historia de España no acaba. Quizá tenga algún futuro. Aquí todavía tiene algo que decir la tradición hebrea y cristiana. Nada son el “es” y lo “sido” ante el “será”. Lo decisivo está por venir. La esperanza, hoy como ayer, es la única solución a la desorientación y la desesperación.