Dieciséis años de NBA vividos in situ, compitiendo en las canchas de la mejor liga de baloncesto del mundo, parecen suficientes para emitir un juicio de valor. Pau Gasol, que debutó con Memphis el uno de noviembre de 2001, calificó el juego de los Golden State Warriors actuales como "el nivel más alto que he visto en NBA". Esa apreciación, realizada a lo largo de estos playoffs, está separada de la efectuada por LeBron James -tras caer en el tercer partido de la final- por un puñado de semanas. "No hemos perdido porque el equipo jugase mal, todo lo contrario: elevamos nuestro nivel de juego, anotamos puntos y defendimos, pero el poder ofensivo de los Warriors fue demoledor. Nunca había visto a un equipo con tanto poder ofensivo", manifestó King James tras sumar 39 puntos, 11 rebotes y nueve asistencias en la derrota sufrida en el duelo trascendental de la pugna por el anillo de 2017. En esa batalla, los Warriors vencieron por 113-118, neutralizando al jefe de la manada de Cleveland, a un Irving efervescente -38 puntos y una amalgama de canastas deliciosas y desesperantes para el defensor- y negando su inercia precedente de zozobra en los terceros partidos de las Finales como visitantes.
El caso es que los de la bahía de San Francisco suprimieron la mística que acompañaba a la primera final que congregaba a los mismos equipos por tercer curso consecutivo (hito histórico y único en las rivalidades de este deporte) para reafirmarse como uno de los mejores bloques que jamás jugaron a este juego. En el duelo del pasado miércoles, el más igualado de la serie, se confirmó lo que se había anunciado desde que Kevin Durant firmara por Golden State en el mercado estival de 2016. "Cuando concluimos las finales de la Conferencia Este ya adelanté que enfrentarnos a los Warriors era una auténtica pesadilla y ha quedado confirmado ante el poder ofensivo que poseen, como no había visto antes y me he enfrentado a muy buenos equipos", manifestó un LeBron que lució los mejores números en post-temporada de su vida y no fue suficiente. El segundo máximo anotador -32.3 puntos, 8 rebotes, casi 7 asistencias por partido y un 40% desde el triple en playoffs-, que ha promediado un triple doble en cada episodio de la cita por la gloria, ha sido abrasado por el ritmo en ambos lados de la cancha de los de Oakland (52-82 en puntos a la contra). Se jugó siempre en el compás de los triunfadores (más de 103 posesiones por cada 48 minutos, muy por encima de la media de los Cavs -96,2 posesiones-).
El tapón que le asestó Andre Iguodala en el último minuto del enfrentamiento de la madrugada del miércoles, cuando luchaba contra su cansancio (Lue le ha estrujado, con más de 40 minutos largos por encuentro) y para no ceder un 3-0 casi definitivo, resultó sintomático. Esa fue la cima y fotografía del esfuerzo que los campeones de la NBA 2016-17 han ejecutado para ajustar y desesperar al icono de Ohio. James, fuera de eje por el arranque de las finales (plagado de severas derrotas, inapelables e irrebatibles, por 91-113 y 113-132), evidenció su incomodidad negándose a comparecer ante los medios en el podio habilitado por la organización. No estaba para focos y pompa. Su lenguaje corporal recordaba al gigante colapsado ante la exhibición de los Spurs de 2014. Aunque se estaba saliendo, no encontraba compañía, su vestuario se desplomaba en los primeros y terceros cuartos (35 y 33 puntos cedieron en el envite inaugural y 40 y 35 puntos sufrieron en el segundo asalto) y las pérdidas les estaban acribillando el factor psicológico. El uno de junio, la relación de imprecisiones desnudó un terrible 20-4 desfavorable para los de Cleveland. Y la lógica provocó que, en coherencia, arrollaran los Warriors. El problema se materializaría en las siguientes empresas: el 3 de junio, la relación de pérdidas se volteó (9-20 a su favor) pero cayeron con estrépito. Igual que el 8 de junio, cuando volverían a cuidar mejor de la pelota (12-18) e hincaron la rodilla de nuevo. Simplemente no fueron capaces de controlar todos los focos ofensivos y el tempo de juego oponente. Y James no pudo evitar un 0-8 en tiros en los últimos tres minutos del trascendental tercer duelo (por el 11-0 de parcial liderado por Durant).
La mayor amplitud de la rotación, la circulación venenosa y distinguida de balón, y la intensidad empleada para vengarse de la afrenta sufrida en 2016 convirtieron el cacareado duelo entre los dos mejores equipos del baloncesto actual en un monólogo y homenaje de los Warriors. Trece rebotes recolectó Stephen Curry en el tercer partido de las Finales. Once más que el especialista y factor en la pasada temporada Tristan Thompson (que capturó 18 menos que el base en el global de los tres primeros partidos). Steve Kerr, que regateó a aquellos que relativizaban el mérito legendario de su proyecto por considerar que el nivel actual es inferior a las eras de Jordan, de Bird o de Russell declarando que "cualquier equipo de los 50 machacaría a estos Warriors", borró de la ecuación al ala pívot para derrocar al bloque rival completo. Desarmó, con el talentoso Durant como hombre más alto de su quinteto durante largos tramos y en versión defensiva comprometida e industrial, a una franquicia que llegaba a la lucha por el título con un 11-1 en playoffs. Lo cierto es que los secundarios no acompañaron a un Big Three en el que Love e Irving no resultaron consistentes en la excelencia. Cuando uno restallaba, el otro se apagaba. Y viceversa. LeBron fue el único eslabón firme, pero J.R. Smith, Korver, Shumpert, Jefferson y Deron Williams no ejercieron el rol asignado con continuidad y el colectivo se hundió. Los porcentajes del conjunto líder de anotación de la post-temporada (119,4 puntos anotados de promedio, por los 118,3 puntos de media de los campeones) no aguantaron el desafío ni la exigencia de atacar y defender a los mejores.
Y es que lo que no se destaca tanto de la dinastía que ha revolucionado los cimientos del baloncesto estadounidense, extremando hasta el integrismo el small ball y repensando la concepción que se tenía del triple (que pasó de complemento picante a elemento nuclear), es su defensa. Klay Thompson, que sólo despertó en labores anotadoras en el tercer partido, fotografió la efectividad del cierre de los ganadores. Su defensa sobre un Irving cada vez menos abordable y la capacidad para llegar fresco y resolver en el otro aro pintó la representación de la diferencia entre ambos contendientes. Thompson, Curry, Green, Iguodala, Livingston, McCaw (rookie que participó durante toda la temporada y mantuvo su cuota en la recta final previa al anillo, recalcando lo excelente de la gestión de la rotación efectuada por Kerr) y, sobre todo, Kevin Durant, tejieron una red de ayudas y cambios automáticos que cerraron la circulación perimetral de los Cavs, reduciendo sus ideas a acciones particulares de LeBron o Irving. Los tiros abiertos se esfumaron de la dinámica de los perdedores al tiempo que las canastas sencillas se multiplicaban en la ofensiva californiana, actuando como punzada a la flotación mental del colectivo que defendía el entorchado.
"Fue toda una liberación. Toda mi vida he entrenado este tipo de tiro a canasta y lo único que quería ver era el final de la red para asegurar que el balón había entrado". Así relató Durantula sus sensaciones sobre el triple en transición y en la cara del 23 rival que sentenció el tercer partido y las Finales. "Los Cavaliers respondieron siempre a nuestras canastas y sólo en la recta final hicimos la diferencia con la defensa y el triple de Durant", sintetizó un Draymond Green limitado a la distribución y la intimidación (es favorito al galardón de Mejor Defensor del Año) y que a punto estuvo de repetir la metedura de pata del pasado año con respecto a las personales en el primer duelo del Quicken Loans Arena. Sobre el ex jugador de Oklahoma City giraron los pronósticos muy favorables a los Warriors y en torno a su entrega y actitud en el repliegue y a su puntería y frialdad en la resolución de los combates terminó desarrollándose el combate. El que fuera MVP de 2014 no volvía a este escalón elitista desde aquella derrota al lado de Westbrook en 2012 y eso es mucho tiempo. Esta vez dio un paso definitivo al frente en los playoffs y aceleró en las Finales. Su actuación, rebosante de ansia ganadora, se recordará como emblemática de este desenlace. Llevó el desafío colectivo a lo personal y se reivindicó como una estrella suma de la Liga. Su tarjeta ante los Cavs resplandeció en el prólogo y nudo de la trama: firmó 38 puntos, 9 rebotes y 8 asistencias en su estreno; 33 puntos, 13 rechaces, 6 pases de canasta, 3 robos y 5 tapones en el segundo partido; y 31 puntos, 9 rebotes y 4 asistencias en el tercero (con 14 puntos en el último cuarto). "Valoro mucho cómo Kevin ha reconfigurado su juego, cómo ha sacrificado algunos tiros o el volumen de tiempo que tiene la bola en las manos", confesó James al serle preguntadas las similitudes entre el traspaso de Durant y su movimiento hacia Miami Heat.
Sea como fuere, con Stephen Curry feliz por ser 'segundón' (28,7 puntos, 9,7 rebotes y 9 asistencias) tras acarrear buena parte del peso anotador en la exigente pasada regular season, los Warriors se asomaban a esta final de finales con un histórico 12-0. Jamás ningún equipo ancló su trayectoria en el peldaño previo al paroxismo con ese récord en los playoffs y en el horizonte se vislumbraba un casi utópico 16-0 o, incluso, el adelantamiento al 15-1 registrado por los Lakers de Shaq y Kobe Bryant en 2001. En concreto, parecía una meta irreal al atender a la dimensión del oponente. Y lo sería. Pero se ha confirmado que no se atisba techo a esta obra sembrada de elecciones de draft de rango paradigmático. Steve Kerr declaró a mitad de la pasada temporada que el 72-10 de sus Bulls del 96 aconteció porque en un notable ramillete de partidos Michael Jordan quiso no aflojar y forzó la máquina. Pues bien, el 73-9 del último año que coronó el legado de estos Warriors fue nutrido, de igual manera, por un extraordinario Curry, doble MVP del torneo. Y séptimo pick del draft de 2009. Acompañarían en el camarín al mejor triplista que ha conocido este deporte -según varios parámetros históricos- un número 11 de draft (Klay Thompson, en 2011), una segunda ronda (Draymond Green, en 2012), un silente traspaso (Iguodala llegó en 2013, el verano de Dwight Howard), la interceptación del fichaje de Kerr por los Knicks (en 2014) y la astuta negativa del intercambio de Kevin Love por Klay Thompson.
El equipo más anotador de la liga en su fase más relevante perdería por un promedio de 21 puntos en los dos primeros partidos y su máxima ventaja antes del cuarto partido había sido de 7 puntos. En ese lance, sabiéndose contra las cuerdas, sacaron todo el orgullo y la hiperactividad ausentes para engendrar una explosión anotadora de carácter inabarcable. La madrugada del 10 de junio acunó tres récords de puntuación en la historia de las Finales, todos pertenecientes a los Cavs: la mejor marca registrada al término de un primer cuarto (49 puntos), el mayor registro de puntos cosechados en un primer tiempo (86) y la máxima cantidad de triples anotados (24). Un Irving insondable -40 puntos-, LeBron -31 puntos- y Love -23 tantos- sumaron para un 24 de 45 en triples y un 53% desde ese radio. La apnea defensiva, de concentración y motivación, de los californianos alentó a la urgencia de los de Ohio para elevar la altura histórica de esta serie con su anecdótica aportación en el cuarto duelo. No llegaría, por el contrario, a significar el encendido del espíritu de remontada del último título. Aunque Green rozara la auto-expulsión con una doble técnica fantasma, Tristan Thompson refrescara su magnetismo en el rebote ofensivo y los segundas espadas tuvieran, al fin, su día desde la larga distancia. Y, con eso y con una de las jornadas más desatinadas de Curry en la oficina (2 de 9 en tiros de tres), Durant añadiría su cuarto partido de cuatro con más de 30 puntos (35) y los peores Warriors (113-137) forzarían al Elegido a sudar otros 41 minutos en cancha -para cansarse más y, de paso, superar a Magic como el jugador con más triples dobles en las series finales (9)-.
Tyronn Lue y compañía prometieron más dureza y agresividad cuando la final viajó a Cleveland, pero su conducción de la dinámica hacia la hipérbole física se aplazaría hasta el 3-1. Y ahí se frenaría. El relatado respingo postrero recompuso el punto de partida (en las Finales de 2016) desde el que autografiarían una remontada sin parangón en los anales. La vuelta de tuerca al listón anatómico promocionó un conato de metamorfosis del paisaje. El envite con más anotación conjunta consignada en las décadas de duelos por el anillo en la NBA invitaba, de repente, a Golden State a recobrar los fantasmas y sembraba de la familiar confianza agónica a los Cavaliers, pero los primeros mantendrían la compostura y darían carpetazo a la competencia con el envoltorio más ilustre jamás contado en este deporte. Quince minutos tardaron los de Kerr en sacudirse los nervios. A partir de ese instante, un 24-5 antes del descanso disparó a los de Oakland. La falta de gasolina de los titulares -con dolencias en Kyrie y la pieza del trío protagónico más oscura- y la ausencia de un banquillo útil (30-7 cayeron en ese crucial apartado) negaron a los de Ohio la épica ideada. Las parejas Durant-Curry y James-Irving afrontaron los últimos 10 minutos de la larga temporada empatados a 53 puntos, pero los locales se basaron en la mejor versión de Iguodala y la aportación coral del resto de piezas para neutralizar la exhibición de J.R Smith, el clavo ardiendo inesperado de los Cavs (25 puntos y 7 de 8 en triples) ante la debalce de Love. Los Warriors gestionarían mejor su ventaja y las emociones para desinflar la tenacidad defensiva visitante y el mejor jugador de la Liga sin un anillo, nombrado MVP de las Finales (anotó más de 30 puntos en los cinco partidos), terminó por saborear lo sedoso de alzar el campeonato. El Rey LeBron (41 puntos, 13 rebotes y 8 asistencias) rompió su racha de ocho años seguidos ganando fuera de casa en los partidos trascendentales. Durantula y el Oracle Arena clamaron ante el advenimiento de la segunda dinastía californiana con el postrer 120-129. Dos títulos en tres años, un marciano 16-1 en playoffs y la falta de un púgil notable a la vista lo atestigua.