Casi sin ningún esfuerzo, apenas empezada la lectura, nos dejamos llevar por lo que nos propone su artífice; lo complejo vendrá después a lo largo de densas y enrevesadas páginas de monólogos. Sin embargo, ya entrados en su juego, o en su laberinto, aceptamos que todo empieza aquel día del 16 de junio de 1904, más precisamente a las 8 de la mañana, y que así la historia, con sus dieciocho capítulos, concluirá casi veinticuatro horas después, en la madrugada del día siguiente, y nos resultará extraño que le haya llevado más de siete años a James Joyce la escritura de esas escasas horas de Ulysses, la novela donde narra -con todos sus detalles- la vida de Leopold Bloom, o “Poldy”, el personaje principal, antihéroe infausto, casado con Molly, la otra protagonista. Bloom es un agente de publicidad de unos 40 años de edad y origen judío.
Pero regresemos a la remota mañana de junio, a la Dublín de los recuerdos del autor. Al parecer, esa fue también la fecha precisa en que nuestro James Joyce decidió en la vida real cortejar a Nora Barnacle, la mujer con la que luego se casaría hacia finales de ese mismo año de 1904. Al avanzar en la lectura nos enteramos que poco después el agresivo y bullicioso estudiante de medicina Buck Mulligan, llama a Stephen Dedalus, el joven escritor, cuya primera aparición tuvo lugar en la anterior obra de Joyce A portrait of the artist as a young man (Retrato del artista adolescente), que luego repite en Ulysses. El hecho, de manera menos amable que poética, sucede en la planta superior de la torre de Martello, desde la cual se puede ver la bahía de Dublín. Stephen no responde a las provocadoras bromas de Mulligan ya que está pensando, con cierto desdén, en Haines, un presuntuoso inglés antisemita de Oxford, a quien Buck Mulligan ha invitado a esa reunión. La molestia de Stephen hacia Haines tiene su origen en los gemidos que este ha emitido durante la noche debido a una pesadilla, los cuales lo han perturbado hasta la irritación.
Luego Mulligan y Dedalus miran deslumbrados el mar desde la torre y Stephen, en esa ensoñación, se acuerda de su adorada madre, de cuya muerte siempre se lamentará. La negativa de Stephen a rezar por ella en su lecho de agonía, sigue siendo un tema que provoca discusión entre los dos. Stephen revela que una vez oyó a Buck Mulligan refiriéndose a su madre en los términos de “brutalmente muerta”. Al enfrentarse a esa enojosa acusación, Buck intenta defenderse pero se rinde rápidamente. Se afeita, prepara el desayuno y comen en silencio. Posteriormente Buck se va cantando para sí mismo, sin saber que esa misma canción se la había cantado Stephen a su madre cuando agonizaba. Más tarde, Haines y Stephen bajan a la playa donde Buck nada despreocupadamente con unos compañeros. En este punto nos enteramos que Buck tiene un amigo, que además tiene una novia (todavía sin nombre, que resulta ser la encantadora y elocuente Molly Bloom). Casi enseguida, Stephen declara su intención de marcharse y Buck le pide la llave de la torre y dinero prestado. Ante esta incomodidad, Stephen declara su irreversible intención de regresar esa noche a la torre, acusando al confuso Buck de usurpador.
A primera vista, la célebre novela puede parecernos caótica y desestructurada, o una suma de simplezas de entrecasas; sobre todo porque Joyce anticipó que con el objetivo de alcanzar la “inmortalidad” había introducido enigmas y rompecabezas en el texto, que iban a mantener ocupados a los críticos durante siglos discutiendo sobre los aparentemente vulgares asunto. Y vaya si lo logró. La polémica aún se sigue prolongando a través de ciertas claves y del simbolismo épico, basado en La Odisea de Homero y en su atmósfera naturalista; acaso un fiel reflejo de la ciudad de Dublín.
Otro de los rasgos desconcertantes del libro está en que Joyce utiliza un estilo diferente para cada capítulo. El más usado es el del monólogo interior, que consiste en expresar los pensamientos del personaje sin una secuencia lógica, como ocurre en la vida real. La culminación de esta técnica narrativa se da en el epílogo de la novela; es ese ya demasiado famoso soliloquio de Molly Bloom, en el que el relato, sin signos de puntuación, emula el fluir, libre y desinhibido, del pensamiento de cada personaje; es decir, del íntimo pensamiento, que bien puede ser el de cualquiera de nosotros.
Casi no hay azar en este libro minuciosamente pensado y estructurado con intencionales trampas jugadas al desprevenido lector. Cada episodio de Ulysses tiene un título, una técnica de escritura y extrañas correspondencias entre sus personajes y los de la Odisea, además de múltiples referencias simbólicas y alegóricas. Básicamente focalizada en Bloom y en su travesía contemporánea, en la que se embarca a través de Dublín en el curso de ese solo día y también en los varios tipos de personas que va encontrando todo el tiempo. Al igual que el héroe griego de la Odisea, Leopold Bloom no aparece en el principio de la obra; curiosamente su entrada se produce recién en el capítulo 4, con que se inicia la segunda parte de la novela, luego del prolongado protagonismo del joven Stephen Dedalus en los tres primeros.
El episodio final, que también exhibe la técnica del monólogo interior, consiste todo en un complejo soliloquio a cargo de la torturada Molly Bloom, la infiel mujer de “Poldy”. Ocho larguísimas oraciones compuestas de seguido (sin signos de puntuación), en el que se revelan sus meditaciones. Todo sucede mientras reposa en la cama al lado de su marido. Allí, Molly descubre que Leopold, por las entrecortadas palabras que dice, le ha sido también infiel. Pasa a considerar entonces, haciendo una comparación, las diferencias entre Boylan, su amante y “Poldy”, su marido; todo esto analizado en términos de virilidad y masculinidad. Siente, sin embargo, que ella y Leopold tienen suerte después de todo, a pesar de las normales dificultades matrimoniales por las que atraviesan. Molly recuerda también a sus muchos admiradores, los anteriores y los actuales. Reflexiona luego sobre lo estético que son los pechos femeninos comparados con los genitales masculinos. Recuerda el tiempo en que su marido le sugirió posar desnuda por dinero. Sus pensamientos retornan a Boylan, cuando el silbido de un tren se oye desde el exterior y Molly cambia de pensamientos y pasa a evocar su infancia en Gibraltar; esa época poco feliz y demasiado tortuosa debido a su aburrimiento y soledad. Ella había recurrido entonces a escribirse cartas a sí misma. Cuenta que su hija le envió una simple postal esa mañana, mientras que su marido recibió una carta entera. Imagina recibir una nueva carta amorosa de Boylan y piensa en la primera carta amorosa que recibió del teniente Mulvey, con quien besó bajo el puente en Gibraltar confusa de dudas. Más tarde perdió el contacto con él y se pregunta lo que habrá sido de ese caballero y lo que hubiera sucedido si ella no se casaba con Leopold. Siente así que le empieza su periodo menstrual, lo que confirma que su cita secreta con Boylan, con el que ha tenido sexo no le provocó un embarazo como temía. Los distintos acontecimientos del día pasado con Boylan cruzan por su cabeza y en cierto modo la atormentan. Piensa en las veces que ella y Leopold han tenido que mudarse de casa. Su mente entonces vuela hacia Stephen Dedalus, al que ella conoció de niña. Conjetura que Stephen, en realidad, no es nada engreído y más probablemente es un ingenuo. Fantasea con tener encuentros sexuales con él. Piensa luego en los extraños hábitos sexuales de su marido y acaba especulando con que el mundo funcionaría mucho mejor si se organizase en sociedades matriarcales. Su pensamiento se dirige otra vez a Stephen, y tras recordar la muerte de la madre de éste, evoca la de su propio hijo, Rudy. Casi enseguida cae en la depresión y desecha esa línea de pensamientos brutales. Decide luego despertar a Leopold por la mañana y revelarle los detalles de su enojoso asunto con Boylan para hacerle comprender su culpabilidad en ello. Termina por recoger unas flores para entretener a Stephen, y delirando sobre flores, Molly recuerda el día en que ella y Leopold estuvieron en Howth, y aparece la propuesta de matrimonio de él, y su aceptación: “Sí, dije, sí que quiero ser tu esposa”, y con esa frase concluye la aparentemente enmarañada novela que sucede en menos de veinticuatro horas de la vida de esos oscuros y martirizados personajes.
Años después, los estudiosos Stuart Gilbert y Herbert Gorman escribieron un tratado tras la publicación de Ulysses para defender a Joyce de las acusaciones de obscenidad a las que era sometido y explicar la estructura interna de la obra en relación a la odisea homérica. El resultado fue una suerte de guía para leer la novela. Según Borges, “Joyce escribió menos para la literatura que para la historia de la literatura”. Entre risueño y sarcástico comentaba: “Si Gilbert y Gorman debieron escribir un tratado para orientar la lectura de ese galimatías, no sé, sospecho que algo le falta al libro”. Acaso menos sutil que contundente en su crítica, Virginia Wolf afirmó que “Ulysses es el más glorioso fracaso de James Joyce.”
Agreguemos que Stuart Gilbert fue uno de los primeros apasionados estudiosos de Joyce. Leyó Ulysses mientras estaba en Birmania, y la novela le causó una fuerte impresión. Su esposa contó luego cómo llegó a conocer en persona a Joyce. Sucedió una tarde que paseaban por el Barrio Latino de París y visitaron juntos la afamada librería Shakespeare and company, donde aparecían en un escaparate algunas páginas mecanografiadas de la traducción francesa del Ulysses, realizada por Auguste Morel y Valery Larbaud. Gilbert leyó de manera minuciosa el texto y señaló que había varios errores graves en esa versión. Se presentó ante Sylvia Beach, la dueña de la librería, quien quedó impresionada por sus conocimientos de la obra y por las críticas a la traducción. Beach anotó su nombre y número de teléfono, y le dijo que se pondría en contacto con Joyce y que seguramente el escritor se comunicaría con él. Empezó así una amistad de muchos años entre Joyce y Gilbert, que publicaría poco después James Joyce's “Ulysses”: A Study, en 1930 y, años después, en 1957, una colección de cartas del irlandés.
Pero, el hecho más asombroso referido a James Joyce y su obra es el protagonizado por el argentino José Salas Subirat (1890-1975), su primer traductor al español. En 1947 la editorial argentina Santiago Rueda había convocado a un concurso para publicar una traducción del Ulysses, y Salas Subirat se presentó con una versión completa, que había traducido por placer.
La vida de José Salas Subirat sigue siendo, sin embargo, uno de los grandes misterios de la Argentina, y, por qué no, del habla hispana. Para desconcierto de todos, el hombre que realizó esa proeza descomunal no era ningún erudito, sino un hijo de inmigrantes que terminó la escuela primaria a los 23 años, se ganó la vida como agente de seguros y, con un dominio limitado del inglés, logró lo que no habían conseguido los mejores intelectuales de la época. Salas Subirat realizó una tarea ante la cual Borges mismo había retrocedido en 1946 cuando se le formuló el pedido, ya que traducir al español las 267 mil palabras contenidas en esos dieciocho capítulos y con más de mil páginas de la emblemática novela del siglo XX, era una ardua tarea, casi imposible.
El impacto de esa traducción fue extraordinario en todo el mundo, aunque no faltaron quienes pusieron reparos; fundamentalmente por lo que algunos consideraban que se trataba de una versión excesivamente ajustada al castellano que se utiliza en la Argentina. En todo caso, la versión de Salas Subirat fue un logro pionero y una aportación extraordinaria, leída y admirada por generaciones de lectores.
Más de tres décadas después, en 1976, la editorial Lumen de Barcelona dio a conocer la versión del poeta sevillano José María Valverde y el asombro de esta segunda traducción castellana fue comparable al de José Salas Subirat.
Por mi parte y por concretas razones de espacio, cierro aquí este texto. En páginas posteriores me ocuparé de José Salas Subirat y de su asombrosa proeza, digna de ser comparada con la de Enrique Martorelli Francia, el no menos admirable traductor de la Divina Comedia. Anticipo también que mi amiga, la poeta Silvina Ocampo, los conoció a ambos y que guardaba un recuerdo entrañable de esos personajes.