Bajo el sol dominante del verano español la supervivencia pasa por la inmovilidad y el silencio. Sin embargo, miradas furiosas y voces destempladas, los españoles hablan con el aliento en llamas. Es difícil mantenerse en silencio e inmóvil cuando te lamen lenguas de fuego, cuando el calor hierve la sangre y escapan llamaradas de la boca. Sólo los más fuertes saben esperar a que amaine la reseca insolación que padecemos.
Una moción de censura ha entretenido la vida política de la semana y habrá distraído a algunos de la luz incandescente del mediodía. En el interior del parlamento la mirada encendida de los poderosos de Pablo Iglesias no pudo, sin embargo, conmover la calma chicha del gobierno. La importancia del asunto la encarecen tertulianos y charlistas, porque les permite colmar horas de oscuro parlamento. Pocos negarán la conveniencia en abstracto de sacar al partido popular de las instituciones, como repitió hasta el hastío Irene Montero. Pero ha quedado definido el porcentaje de los que admiten la conveniencia de que las nuevas fuerzas de la izquierda ocupen esas mismas instituciones. Y ese porcentaje no es suficiente para liberar el aparato político del lastre popular, acaso porque la mayoría piensa que un peso muerto, un lastre o una carga es preferible a una carga explosiva. Se dirá que es alarmismo, pero los apoyos que ha obtenido el partido de Pablo Iglesias (ERC, Bildu, CC.) son apoyos para construir, sin duda, pero una construcción política de nueva planta. Toda construcción supone destrucción, sin embargo los derrotados en la moción de censura prometen una construcción tan magnífica y radical, que la destrucción proporcional esconde una amenaza de aniquilación. Si estos poderosos abrazaran una idea de España, el electorado reconocería un límite a su potencia destructiva. Como no lo hacen, espantan.
Y, sin embargo, la destrucción y reconstrucción necesarias debieran superar infinitamente la que pide el programa político del partido de Pablo Iglesias o de cualquier otro partido. Su revolución tiene poco aliento ante la revolución necesaria, porque la revolución de los poderosos de Iglesias es una revolución meramente política. Bajo este sol inmisericorde, que anuncia un nuevo verano de temperaturas extremas e incendios arrasadores, resulta casi profético hablar de destrucciones necesarias. Se entonará nuevamente el planto por la naturaleza herida, la luctuosa elegía por el medio ecológico amenazado por un cambio climático – el clima siempre fue símbolo de mudanza – que se juzga efecto de la acción humana. Datos, cifras y estudios apoyan la tesis del efecto humano sobre el clima, pero otros datos, cifras y estudios avalan la tesis contraria. La razón en el debate está al servicio de fines político-económicos que violan y burlan la verdad. Pero no parece discutible, ante los registros, la realidad de dicho cambio al margen de su causa. Y esa crisis ecológica es una dimensión de esa destrucción necesaria, hondamente acompasada a la destrucción de la tradicional realidad humana. Destrucción del mundo y destrucción del hombre son condición de la reconstrucción de un mundo humano habitable. No debiéramos esperar de las fuerzas políticas la capacidad de reconstrucción de ese mundo humano habitable, dado que han sido precisamente las fuerzas político-económicas las que desencadenaron la destrucción del hombre y de su mundo.
Bajo este sol ardiente la vida humana se encuentra en estado de descomposición terminal, como indica entre tantos otros el pútrido fenómeno de abandono de ancianos en los hospitales a la llegada de las vacaciones. Se los deja inermes y desolados en el hospital, que acaba acogiéndolos por razones que se dicen humanitarias. La antropología encuentra en la veneración a los antepasados el elemento primario de la religiosidad, parece natural que el desprecio de los ancianos – rostro visible de la comunidad de los antepasados – se extienda en nuestra sociedad en crisis de fe. Pero este desafecto hacia los mayores, se proyecta como indiferencia hacia los menores y los venideros. Poco nos importa preservar las condiciones ecológicas de la vida del hombre cuando hemos perdido de vista el sentido mismo de esa vida humana. Hace tiempo que sabemos de la duración finita de la tierra y de su sistema astronómico. Será finalmente la nada. Admitido este horizonte, la nada es hoy y su signo más visible son esos viejos trémulos, abandonados en los hospitales, para que su gente pueda gozar de las vacaciones que todo buen ciudadano moderno merece.
En este punto, sólo una revolución capaz de alcanzar el corazón de los hombres permitiría salvar las condiciones ecológicas que hacen posible su vida. La cuestión ecológica es una cuestión humana. Los revolucionarios y los inertes políticos del hemiciclo son comparsas intrascendentes en el movimiento hacia el abismo para cuya expresión haría falta la lengua ardiente de un profeta. El signo más visible de este paradójico ocaso es este sol que podemos llamar, sin metáfora, un sol de justicia.