La reelección de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE se antoja como un viaje en el tiempo. Pablo Iglesias y él saben que para asaltar el cielo de La Moncloa tienen que ir juntos. Y ambos están obsesionados por echar a Rajoy, su auténtica bicha negra, su verdugo.
Y este es el punto de encuentro para recuperar el idilio en una segunda oportunidad. Pero algo ha cambiado respecto al pasado. Pablo Iglesias sigue impaciente por asaltar el cielo ya, “antes de Navidad”, según dijo. Pedro Sánchez parece no tener tanta prisa, aunque resulta una temeridad predecir algo sobre el político más voluble jamás visto.
Pero el abismo que ahora les separa reside en los necesarios compañeros de viaje para desalojar a Rajoy, pues con los escaños que suman ambos no van a ningún lado. El secretario general del PSOE, en su infinita ingenuidad, pretende contar con el apoyo de Ciudadanos para formar una especie de tripartito. El líder de Podemos, en su infinito ánimo destructivo, prefiere ir de la mano de los golpistas de ERC y los proetarras de Bildu.
Pedro Sánchez, sin embargo, parece haber aprendido que la única línea roja que no puede traspasar, pese a asumir todo el poder en el partido, es la Constitución, la defensa de la soberanía nacional y el rechazo al referéndum unilateral. Por eso, el Congreso de este fin de semana ha aprobado esa teoría tan incomprensible como mema del “Estado federal”, basada en la plurinacionalidad de España. Eso sí, con un sólido argumento para evitar el referéndum: el diálogo. Rajoy debería encargar a Sánchez que intentara dialogar con Puigdemont para que aprendiera lo que vale un peine. El peine del flequillo de Puigdemont. El líder del PSOE cree, como tantos, de que con unas simples charlas amistosas los secesionistas desconvocaban sin más la consulta contentándose con el argumento de la plurinacionalidad.
En esta brecha entre los compañero de viaje del PSOE y Podemos reside el futuro de la Legislatura, la permanencia de Rajoy en La Moncloa. El veto mutuo entre Pablo Iglesias y Albert Rivera resulta insalvable, como se pudo comprobar en el enfrentamiento a cara de perro que protagonizaron en la moción de censura. Y la alianza con los secesionistas, aunque Sánchez estuvo en su día decidido a dar el paso, reabriría en el PSOE la guerra interna, por mucho que se haya arropado con un núcleo duro de fieles.
Lo dejó claro Ábalos, en su excelente discurso en la moción de censura. Se dejó querer por Pablo Iglesias, pero también se mantuvo firme en cuanto a la defensa de la Constitución, de la soberanía nacional y el rechazo al referéndum. O lo que es lo mismo: vetó cualquier alianza de Gobierno con los secesionistas. En el Congreso Federal de este fin de semana, Pedro Sánchez, con cara de que iba en serio, ha gritado a los cuatro vientos que va a luchar “sin descanso para lograr una mayoría parlamentaria alternativa al Gobierno”. Estaba obligado a decirlo para agitar a sus militantes y apaciguar al bocazas de Pablo Iglesias. Pero, en realidad, solo quiere ganar tiempo con la esperanza de recuperar parte del voto perdido a costa de Podemos. El eslogan del Congreso no tiene otra intención: “Somos la izquierda”.
Rajoy, solo de momento, puede respirar. Pero que no se fíe. Pablo Iglesias va a dar la batalla sin tregua para convencer a Pedro Sánchez. Y ya sabemos quién es el macho alfa en esta pareja. A partir de ahora, ambos van a embestir al presidente del Gobierno en el Hemiciclo, donde, ahí sí, obtendrán a menudo esa “mayoría parlamentaria”, pues Ciudadanos les acompañará en muchas de las iniciativas para alejarse del lastre de ser “la muleta” del PP.
Reprobarán al banco azul en pleno, montarán comisiones por doquier y presentarán toda suerte de proposiciones. El acoso será abrumador. Pero ahí Rajoy tiene más conchas que un galápago. Por si acaso, ya tiene todo preparado para disolver las Cortes y anticiparse a cualquier emboscada de la pareja reconciliada. No vaya a ser que, en cualquier momento, el lobo venga de verdad. Que vendrá.