TRIBUNA
Agapito Maestre | Lunes 19 de junio de 2017
Hablo con pocas personas que me hagan pensar. Una de esas excepciones es mi amigo Iñaki Ezquerra. Rara es la vez que pegamos la hebra, casi siempre por teléfono, y no me deja alguna tarea para pensar en mis solitarios paseos. Me pregunta de modo inteligente y yo le respondo generalmente con imprecisión. Creo que esa falta de correspondencia entre sus preguntas y mis respuestas es lo que me hace seguir pensando, después de nuestras largas charlas. Es un acicate para seguir sobreviviendo en un país que desprecia tanto la cultura como la conversación amena. El otro día me llamó desde el Puerto de Santa María para consultarme una cita. No tenía a mano sus libros y no quería que la memoria le jugase una mala pasada. Se trataba de una frase que él atribuía al filósofo danés Sören Kierkegaard, pero no estaba seguro de la autoría. El pensamiento contenido en la cita se refería a las ganas que uno tiene de suicidarse después de haber tenido una reunión entre amigos.
Mi respuesta a su duda fue en esta ocasión inmediata y precisa. Era una de las pocas veces que le respondía sin ambages a mi amigo. No era necesario consultar nada. La expresión pertenecía a Sören Kierkegaard. El filósofo danés fue traducido al español por nuestro Miguel de Unamuno y sigue siendo considerado el gigante más grande del siglo XIX que se enfrentó a la irreligiosidad de Nietzsche y Marx. La renovación de la religiosidad llevada a cabo por la obra de Kierkegaard para el Protestantismo, el Catolicismo e incluso más allá de las religiones fue de tal envergadura que, aún hoy, cualquier otra tendencia “renovadora” del cristianismo palidece ante la obra del danés. Es el auténtico “reformador” del cristianismo contemporáneo. Resulta imposible llegar a nuevas especificaciones de lo cristiano en nuestra época sin pasar por su entera obra literaria. La literatura kierkegaardiana es notable.
Digo literatura, sí, porque Kierkegaard es más que un filósofo, un teólogo, o un autor religioso. Es alguien que va más allá de sintetizar y poner en palabras conflictos, problemas y angustias religiosas personales. Es uno de los grandes de la literatura universal. El danés es, por encima de todo, un gran creador literario. Estamos ante un escritor de raza, como diría un cursi. Kierkegaard, como más tarde Unamuno, hizo de las angustias religiosas ajenas, o quizá propias, el gran motor de su obra literaria. Por eso, precisamente, no dudé en decirle a Iñaki que la frase sobre el suicidio era de Kierkegaard. Este autor convertía todo, por fortuna, en gran literatura, incluido por supuesto el suicidio; mejor escribir una teoría del suicidio, de la posibilidad que tiene el ser humano de acabar con su vida, que suicidarse realmente. Más aún, tiendo a pensar que gracias a que escribió una teoría del suicidio, una filosofía de la angustia del hombre a vivir, murió de muerte natural en la fría y pueblerina Copenhague, después de renunciar a la Iglesia danesa, que no se salvó de sus críticas por representar un cristianismo falseado, y dilapidar prodiga y negligentemente la herencia paterna.
Por cierto, querido Iñaki, ahí está respondida la segunda pregunta que me dejaste en el aire: “¿qué grandes escritores salieron después de la Reforma protestante?” Sería pretencioso reducir la influencia de la gran agitación creadora que trajo consigo la Reforma y, por supuesto, la Contrarreforma del siglo XVI a Kierkegaard, en el siglo XIX, y a Unamuno, en el siglo XX, pero creo que son dos grandes muestras, dos grandes literaturas, surgidas de ese torbellino que fue la “reforma” protestante en el seno del cristianismo. A propósito de cristianos actuales, si sigues leyendo a Kierkegaard, te aconsejo, entre los libros que en España se han publicado sobre este autor, una breve y sustanciosa biografía escrita por el filósofo Carlos Díaz, otro genuino heterodoxo de la España contemporánea, que ha escrito más de doscientos libros tan llenos de “razón cálida”, hebraica, como de pasión ilustrada, pero que los suplementos literarios y esas zarandajas de los medios de comunicación lo ocultan y lo ningunean. Sí, Iñaki, este ensayo sobre Kierkegaard desprende tanta razón cálida, amorosa y comprensiva sobre el danés y sus seguidores como mala-leche ilustrada contra quienes lo ha negado entre los grandes del pensamiento contemporáneo.
Aquí te dejo una nota de Carlos Díaz para que compruebes su pasión por Kierkegaard y Unamuno en contraste con el arañazo que perpetra contra el gran Ortega y Gasset. Es también una muestra de literatura reformista: “La actitud de Unamuno, habitualmente tenida como venal y extraacadémica, contrasta aquí con la venal de Ortega, habitualmente tomada entre la Academia por temperada, así es la vida: ´El romanticismo envenenó el cristianismo de un hombre histrión-de-raíz que había en Copenhague, Kierkegaard` (Ortega, VIII, 299). Y esto lo justifica, como quien carece del rudimento del tercer párpado, del modo siguiente. ´En cuanto a Kierkegaard, ni entonces ni después he podido leerle. Aunque poseo grandes fauces de lector e ingurgito con impavidez las materias menos gratas, soy incapaz de absorber un libro de Kierkegaard. Su estilo me pone enfermo a la quinta página`(Ortega: Prólogo para alumnos, VIII, 46). Como prólogo para alumnos al menos no es de lo mejor que se ha escrito, a no ser que don José hubiera dejado constancia de su afirmación tras haber pretendido absorber esas páginas por el mismo lugar del que alardeaba don Camilo José de Cela, competencia que le habría resultado tan insuperable como decepcionante y entonces comprensible. Desgraciadamente, en esta Edad de la Absorción llamada Edad de la Razón, de semejante modo y manera ha sido ´absorbida` por muchos la Edad Media y otras hermosas Edades que desprecian. Seguiremos procurando, pues, que no nos absorban. Y cierra España.” Por lo demás, como te dije por teléfono, creo que para saber acerca de la calidad de la historia literaria, en España y una parte de Europa, después de la Reforma y la Contrarreforma, no hay mejor fuente que leer y releer el libro de nuestro Marcelino Menéndez Pelayo: Historia de los heterodoxos españoles, especialmente a partir de su capítulo IX que trata de “El protestantismo en España en el siglo XVI”. Este autor, aunque solo fuera por haber sido el creador del concepto de heterodoxia de nuestro tiempo, ya debería figurar en un lugar preferente de todos los cánones de la historia de la literatura después de la Reforma. Me parece una genialidad que un ortodoxo, alguien que pasa por ser un autor conservador, haya creado el concepto de heterodoxia y aún no se le haya reconocido el invento. Así es España: cruel con sus genios y arrastrada con los poderosos. En fin, Menéndez Pelayo, Unamuno, Ortega y Carlos Díaz son unos cuantos ejemplos de literatura después de la Reforma, la Contrarreforma y las mil “revoluciones” que hemos sufrido desde el siglo XVI hasta hoy.