Opinión

Viejas deudas

Alejandro Muñoz-Alonso | Martes 01 de julio de 2008
Con la indispensable ayuda de un voto procedente del entorno etarra, Ibarreche ha sacado adelante en el Parlamento regional vasco la norma -ilegítima e ilegal por los cuatro costados- que le permitirá convocar el próximo 25 de octubre el referéndum (que él llama “consulta”) que, en sus planes, es el primer paso de su “hoja de ruta” hacia la independencia. El Gobierno recoge el guante, al tiempo que quedan en clamorosa evidencia sus íntimas contradicciones: el voto proetarra no habría existido si, como debió hacer, el PCTV hubiera sido ilegalizado y, por lo tanto, no hubiera tenido asiento en aquel Parlamento. En segundo lugar, el obcecado lehendakari ha tenido la astucia de conformar las dos preguntas que quiere plantear al electorado vasco con la “buenista” literatura política que Zapatero utilizó durante su fracasado proceso de paz y sus negociaciones con ETA. No se puede uno sino felicitarse de que el Gobierno haya abandonado (¿sólo por el momento?) aquella malhadada y suicida aventura, pero que el descerebrado dirigente vasco utilice para su propio provecho los argumentos con que el Gobierno trató de engatusar a los españoles durante tantos meses está lleno de obvias lecciones políticas. Los errores políticos se pagan antes o después y no se puede frivolizar con los propios fundamentos del sistema político como imprudentemente hizo Zapatero durante algo más de la mitad de su primer mandato. Ahora le toca pagar aquellas hipotecas y, sin duda, tendrá la ayuda de la oposición para salir airoso de esta desagradable prueba. Pero, ciertamente, nos habríamos ahorrado no pocos disgustos si se hubiera obrado con algo más de honradez y juego limpio.

La iniciativa de Ibarrecehe está fracasada de antemano, aunque ahora ignoremos cómo van a transcurrir los acontecimientos. Parece poco probable que lleguen a abrirse colegios electorales para esta falseada “consulta” y que se instalen en ellos urnas de votación. Pero si tal cosa ocurriera se pude adelantar que una enorme mayoría de vascos ignorarán la ilegal convocatoria. En su locura independentista el lehendakari ha perdido contacto con la realidad y parece que le falta olfato (¿lo ha tenido alguna vez?) para darse cuenta de que las cosas están cambiando y no precisamente a favor de las tesis más radicales del PNV. Después de tres décadas de controlar a la sociedad vasca con sus tupidas redes clientelares y siempre bajo la amenaza permanente de ETA que, de otro modo, ha buscado y busca los mismos objetivos, empiezan a percibirse los síntomas del cansancio y de la necesidad de cambio. Inevitablemente se abren camino las ansias de libertad y el deseo de zafarse del miedo que ha atenazado a tantas generaciones de vascos. Y eso es incompatible con las tesis del nacionalismo excluyente y con cualquier connivencia con los profesionales del terror. Sólo la derrota incondicional de ETA y la liberación de la estrecha visión del mundo del nacionalismo puede devolver a los vascos la libertad perdida.

Lo que queda por hacer en la sociedad vasca no se va completar en unos pocos años porque el daño hecho es enorme y tiene cura difícil. Lo de menos, quizás, es dejar a un lado todas esas patrañas de soberanismo y del ámbito vasco de decisión que carecen de cualquier justificación histórica o constitucional. Lo más grave son las “malformaciones” que se han causado en las mentes de los niños y jóvenes vascos por medio de un sistema educativo basado en la mentira y la manipulación histórica. Y lo peor de todo es ese odio a España y a lo español en general que es la clave de bóveda del nacionalismo. Si no odian a España todo si discurso se disuelve como un azucarillo. Ahí tenemos como último y ridículo ejemplo, al tal señor Urkullu, apostando por todos los adversarios del equipo nacional de España en la Copa de Europa. Hace falta ser idiota. No hay sociedad más miserable que la que usa a los niños al servicio de su política, convirtiéndolos en muñecos de trapo para mejor manipularlos. Lo hicieron los nazis y los soviéticos. En la España a caballo de los siglos XX y XXI lo hacen los nacionalistas. Pero, como a los modelos en que se inspiran, la Historia ya los ha sentenciado.

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