El actual presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), cardenal Ricardo Blázquez, ha señalado recientemente que la Iglesia no ha reaccionado “debidamente" frente a los abusos sexuales a menores.
Así lo ha manifestado Blázquez durante su intervención en la presentación del libro de Daniel Pittet titulado “Le perdono, padre. Sobrevivir a una infancia rota”, en el que el autor, víctima de un cura pederasta, narra su testimonio.
No es el primer caso que toma la palabra y se hace fuerte en letra impresa. Hechos que se van destapando con el paso del tiempo y que el Papa Francisco viene levantando la alfombra acerca de los aberrantes casos. Basta una palabra suya para expulsar de la fe a ciertos pastores que practican el juego sexual mediante abusos a menores. Basta una carta de denuncia en sus manos para que aquellos que alaban la oración prendan de sus denostados hábitos ministeriales la cruz del perjurio. Basta, como digo, con una licencia de su palabra, para que los practicantes del execrable vicio de lo ruin cuelguen sus sotanas del clavo de la cárcel.
La iglesia lujuriosa pasea sombras oscuras con preocupante frecuencia. No es algo nuevo y por eso este pontífice se esfuerza en azotar con la ley del hombre a quienes se amparan bajo el sacerdocio para enrolarse en turbios asuntos sexuales. Y lo peor de todo es que al amparo de su condición ministerial pudiera haber encubridores, es decir, el misterio de la carne bajo sospecha de un corrupto secreto de confesión, o lo que es igual, la pederastia disfrazada con túnicas.
"Me parece que este libro es un ejercicio de verdad, después de tantas ocultaciones y sufrimientos", ha dicho el cardenal Ricardo Blázquez, al tiempo que ha reconocido que testimonios como el de Pittet "hacen caer el muro de silencio que ahogaba los escándalos y que ahora sirven para proyectar luz sobre una sombra de la Iglesia". Estas últimas palabras son las mismas que ha utilizado el papa Francisco en el prólogo de este relato autobiográfico.
Está visto que en algunas criptas el códice del pecado guarda pasajes que, lejos de la lealtad a la palabra que se promulga en el púlpito de los creyentes, nada tiene que ver con los repugnantes actos como los que se vienen destapando, aunque por desgracia muchos aún silenciados. Razón y ardua tarea tiene el papa Francisco y todos aquellos que obran en ministerio de la doctrina con leal entrega al celibato, pues sanear la iglesia de esta casta del vicio es tanto como expulsar a los mercaderes del templo sagrado. Lo dijo San Pablo: ; pero ojalá que ese Dios permita al pontífice culminar su trabajo antes de ser crucificado, pues los caminos de los poderosos a veces son muy tortuosos e insondables. Incluso para el mismísimo Bergoglio.
Para algunos casos la homilía evangélica guarda para sí la promiscuidad, el vicio y el sacrilegio de quienes confunden profesar su entrega en fe divina con el lus primae noctis, es decir, derecho a la primera noche; derecho de pernada o tal vez, ejercicio abusivo de poder al resguardo de unos votos de castidad. La impunidad en nombre de la iglesia, y en consecuencia aquellos representantes en pecado original por actos de tan maña malevolencia, hace que el peregrino de la fe católica mire de reojo a los representantes portadores de hábitos. No es lo justo, es cierto, pero una iglesia al servicio de la bondad, de la humildad y de la palabra de Cristo nunca debería tener en su majada a tantas ovejas descarriadas, más que nada por aquello de los justos y los pecadores. Razones no le faltan al refranero cuando dice que el hábito no siempre hace al monje. Mala cosa.