SAN FRANCISCO, CA.- La decisión del presidente republicano Donald Trump sobre Cuba no debiera extrañar a los políticos demócratas. Porque el presidente Obama decidió reanudar las relaciones de Washington con La Habana en función de una estrategia geopolítica del imperialismo y Trump no hace sin replantear sus objetivos dentro de la misma estrategia. Como ha ocurrido desde finales de los cincuenta, Cuba es una pieza del poder internacional.
El problema de Cuba le estalló al presidente republicano Dwight Eisenhower en el periodo 1953-1961: el estallamiento de la revolución castrista del asalto al cuartel Moncada, el exilio de los rebeldes y su regreso a Cuba en 1956, la lucha hasta la victoria en enero de 1959 y la declaración de sistema marxista-leninista en 1961 después del intento de invasión por contrarrevolucionarios por Playa Girón.
A Kennedy y a Johnson les tocó lidiar con Fidel Castro en el poder, pero sin un enfoque diplomático sino con Cuba como una pieza de la guerra fría Washington-Moscú. En octubre den 1962 la Casa Blanca tuvo evidencias de que Cuba estaba instalando misiles militares soviéticos y el mundo entró en una zona de tensión de guerra nuclear. Jruschov pactó con Kennedy el desmantelamiento de los misiles, a cambio de la promesa estadunidense de no invadir Cuba, a pesar de la furia de Fidel Castro que quería apretar el botón de la guerra.
La Casa Blanca decretó la expulsión de Cuba de la OEA --sólo México se negó a hacerlo-- y aplicó un embargo comercial contra la isla. Castro aprovechó el acoso estadunidense para construir un modelo de resistencia antiimperialista que le funcionó para mantener el liderazgo pero condenó a los cubanos a vivir, desde entonces, en el aislamiento económico, social y de desarrollo. Los rublos soviéticos fueron malgastados por Castro, se destinaron a asuntos militares y el socialismo cubano fue el más estalinista fuera de la URSS, similar al de Corea del Norte. Cuba se cerró al exterior y el país vive todos los días, desde entonces a ahora, una vida como si fuera 1961.
En términos económicos el bloqueo ha hundido a Cuba en el subdesarrollo y en lo político ha fortalecido a los Castro por el tema de la resistencia antiimperialista. Los hermanos Castro lograron su liderazgo por encarar al imperio, pero sin ofrecer un desarrollo social a los cubanos. Pero en términos de mercado, Cuba es poco para lo que necesitan los EE.UU.: algo de negocios, poco de importaciones y el recordatorio del sistema comunista a 90 millas de Florida.
En este contexto, el conflicto Washington-La Habana era más bien de viejos recordatorios; después de la crisis de los misiles de 1962, Cuba dejó de preocupar a los EE.UU. en términos ideológicos porque la experiencia de la guerrilla cubana fue irrepetible en América Latina, a pesar del entrenamiento de guerrilleros en Cuba y la tesis guevarista de uno, dos, tres, muchos Vietnam en América. Los socialismos de corto plazo fueron producto de golpes de Estado, no de guerrillas, y su duración fue corta. Sólo Nicaragua y El Salvador se acercaron al modelo castrista, pero sin resultados: los sandinistas derivaron en un neosomocismo corrupto y El Salvador regresó a la vida institucional.
En diciembre de 2014 Obama restableció relaciones diplomáticas con La Habana y nada exigió de agenda política. Dos años y medio después, Trump redefinió la política estadunidense con Cuba a partir de nuevas exigencias en temas de democracia, derechos humanos y elecciones que sin ninguna duda el gobierno de Raúl Castro no va a conceder. Por tanto, las relaciones regresaron a la fase de estancamiento, aunque con relaciones diplomáticas formales.
La decisión de Trump obedeció al cumplimiento de compromisos de campaña con la comunidad cubana que vive en Miami, Florida, donde Trump acumuló votos para derrotar a Hillary Clinton. Pero también formó parte de la agenda conservadora que no cede ningún espacio a los liberales demócratas. En materia de juego geopolítico, Washington ganó nada con el acercamiento a Cuba, sobre todo después de la visita de Obama y la legitimación de Raúl Castro. Y si bien ningún país tiene el derecho de exigir condiciones de política interna a otro, de todos modos hay que entender los marcos referenciales de la geopolítica del poder: Cuba es una espina clavada en la frontera caribeña de los EE.UU., ya sin potencialidad revolucionaria.
A pesar de representar poco espacio geopolítico, Cuba podría seguir siendo un espacio para Corea del Norte, China, Irán y hasta los juegos de dobleces de la Rusia de Putin. Los sectores conservadores del establishment republicano nunca han querido quitar el dedo de Cuba y más cuando el lobby cubano es fuerte en el Congreso y en Washington. En este sentido, el efecto puede ser negativo: Raúl Castro aprovechará el paso agresivo de Trump para reconcentrar su fuerza nacionalista, aunque la apuesta puede ser muy alta porque en estos pocos meses de apertura comercial y financiera los cubanos probaron los beneficios del paraíso del dólar. En este sentido, el cierre estadunidense para Cuba podría desestabilizar socialmente a Cuba.
Raúl Castro carece del carisma de su hermano Fidel, Fidel ya está muerto y su figura no sobrevive el desánimo cubano y el factor estadunidense no parece ser el mejor camino de Raúl para fortalecer su legitimidad autoritaria. De ahí la expectativa del sector radical de la geopolítica conservadora de Washington por ayudar a Trump acelerando las contradicciones en Cuba, aunque en verdad que Washington carece de una agenda de transición para la isla. Pero al estilo atrabancado de Trump poco parece importarle que Cuba pudiera entrar en una fase desestabilizadora interna provocada por alzamientos sociales de ciudadanos hartos de la dictadura de los Castro.
El caso es que Cuba entró en zona de tensión, pero a nadie parece preocuparle en el mundo.
@carlosramirezh