Opinión

Sentimiento nacional

Javier Zamora Bonilla | Martes 01 de julio de 2008
No querría venir a aguar la fiesta de celebración del triunfo de la selección española en la Eurocopa, pues siempre he disfrutado de la alegría ajena de la fiesta popular, pero me parece que conviene también en estos momentos de euforia alguna palabra templada, alejada de la pasión del momento, y dicha viendo con cierta distancia lo que está pasando. Naturalmente qué disfruté del triunfo de España, que ha tenido momentos de muy buen fútbol a lo largo de todo el campeonato, y grité y aplaudí cada uno de los goles. Supongo que del mismo modo que hubiera gritado y aplaudido los goles alemanes si fuera alemán. No sé por qué misteriosas circunstancias uno se siente de donde ha nacido, de su nación, porque la verdad es que puesto a ser racionales uno elegiría como nación propia la nación que más le gustase por su literatura, su pintura, sus monumentos, su historia y, en fin, su paisaje y sus gentes. Puesto a elegir racionalmente, me sentiría griego con Aristóteles, romano con Cicerón, italiano con Dante, francés con Montaigne, inglés con Shakespeare, alemán con Leibniz... Y español con Cervantes, con Velázquez, con Goya, con Unamuno, con el Guadarrama y los picos de Europa, con las calas menorquinas, los acantilados cantábricos y las playas gaditanas... Y con tantas cosas y personas anónimas.

Está bien lo de sentir los éxitos de la propia nación, las buenas cosas que todas las naciones tienen junto a un buen puñado de hechos insoportables y vergüenzas históricas. Me he alegrado tanto del éxito de España como me he avergonzado de la pachanga bullanguera de la celebración. Aunque uno es consciente de que en ordinariez, me temo, los alemanes no nos hubieran ido a la zaga.

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