Secuestrada, vomitada, ascética y suturada por un mínimo de la nobleza parlamentaria, se me ocurre ahora la cita de Goethe: “Es el canto que canta la garganta. El premio más cabal para el que canta”. Aquí no ha habido canto, ni siquiera un aria de Pavarotti, sólo el ritual, el hermes de cualquier leyenda, la herejía editada desde su más próxima idolatría hacia una sociedad, la española, que, siendo minoría, publica en un libro incunable del siglo XV su mayoría aficionada a la toma de la calle, de las ágoras, de las churrerías o de la Puerta de Sol. Pablo Iglesias se inventó una moción de censura contra el Caballero de la Triste Figura, sin conocer que hoy Cervantes ya es un español inmerso en la sacralidad. El lenguaje de San Jerónimo pertenece a esa bestia humana que representan los leones de la puerta del Congreso en su animalidad de inmanencia, de estricto pensar, de una fenomenología del espíritu por decirlo con Hegel.
Fracasada la moción por una mera cuestión de la estadística, de la aritmética, de la física cuántica, pero no por culpa de esa teoría ideológica y devastadora que se sienta hoy en los escaños, creo que es necesaria una segunda reprobación al Gobierno constitucional y refrendado en las urnas presidido por este campesino de la democracia que es Mariano Rajoy Brey.
Para ello es urgente -todo en política es urgencia- la recreación de un nuevo Frente Popular -que busquen a Manuel Azaña- en donde las fuerzas de las izquierdas impidan este Golpe de Estado lícito y plebiscitario dado por el militarismo ideológico del Partido Popular. Está en manos de Pedro Sánchez, nuestro Amadís de Gaula vestido por Pierre Cardin -una vez ocurrido el Congreso del soe-, el que debe practicar este deporte tan jovial y universal que consiste en una reforma parlamentaria basada en la estridencia del grito. Esta reforma debe conducirnos a la nación española hacia el misticismo de los nuevos valores, de la nueva cultura política, de la original visión entendida como la interpretación de cualquiera de los cuadros de Goya en su expresión de la oscuridad y la monstruosidad de un neoconservadurismo que, como una peste negra, ha hecho enfermar a toda una patria -la patria que pide la inmortalidad o la eterna juventud de Fausto-, la cual en estos momentos sólo asiste a las predicciones del mito, de la superstición, de un cristianismo neoliberal cuyas muertes ya fueron apuntadas por Friedrich Nietzsche en su texto básico para principiantes titulado “Más allá del Bien y del Mal”.
El Mal del Partido Popular se esfuerza en su carpintería incívica y antiética desde el mismo momento en que la Ley no es capaz -el ministro Catalá es el héroe de la manipulación de la justicia- de acabar con esta leprosería del Nuevo Testamento que exhibe la pecaminosidad de Adán, quien, visto desde Kierkegaard, sólo nos envía hacia la angustia o, por decirlo sartrianamente, hacia la náusea. Esta náusea es lo que produce esta nueva etología filosófica que es ya la corrupción. Únicamente por sólo esta fisión nuclear inmersa en lo político que es la corrupción ya se debería censurar a todo un Estado.
Por lo tanto, como digo, está en manos de Pedro Sánchez que en breve asistamos de nuevo -aunque esta vez haciendo de la feria parlamentaria un efectivo combate entre las trincheras y el gas de la Grande Guerre- a una nueva moción de censura en donde esta vez sí el culto al falo -el PP es el falo que nos enseña siempre Rafael Hernando cada vez que sube a la tribuna- se convierta en el culto a esta femeneidad mortal y rosa que ya es España entera.
El Partido Popular ya sólo es una sexualidad de musculatura ereccional: la erección vocinglera de un Rajoy que hace de la oratoria un vulgarismo y una atrofia del pensamiento, lo cual arriba por consecuencia a la demolición de todo gusto orgiástico. Las izquierdas deben, como digo, femeneizar esta nueva jovialidad que viene desde la modernidad de una cultura del sexo que en verdad nos devuelva la identidad de toda la humanidad española y, por lo consiguiente, el embrión de un original patriotismo que se cite en los nuevos libros de la poshistoria.