Opinión

La Italia que nos hace falta

Miércoles 02 de julio de 2008
Italia vive una crisis en todos los órdenes y se presenta como una anomalía dentro de la Unión Europea. La crisis abarca todos los campos: desde el punto de vista económico, el país vive un preocupante declive con las empresas estatales, como Alitalia, al borde de la quiebra y a un paso de la privatización; su Producto Interior Bruto per cápita ha pasado del 105 por ciento de 2005 al 101 por ciento del pasado año, perdiendo posiciones en el ranking europeo. Políticamente, en los últimos años, se asiste a un creciente alejamiento entre la sociedad civil y el gobierno: los ciudadanos, hartos de una casta política “inmóvil”, muestran su desafección y una preocupante sensación gatopardiana del que “todo cambie para que todo siga igual”. Al mismo tiempo, la inestabilidad política se refleja en la formación de gobiernos vulnerables y fragmentados, mientras el país advierte la necesidad de ser gobernado por un ejecutivo sólido y eficaz. En tema judicial, las polémicas del presidente del Gobierno sobre la imparcialidad de la acción judiciaria resultan lamentables. Considerando la gran tradición jurídica del país, los ataques a la magistratura o las estrategias para “sortear” los juicios resultan pasmosos. El enfrentamiento con la UE en tema de migración, como la polémica de fichar a los gitanos y tomar las huellas dactilares a sus niños, resulta tan obsceno como improductivo y estéril. Finalmente, la oleada de detritus y basura en ciudades, tan emblemáticas para la cultura europea como Nápoles, parece algo inaceptable en cualquier sociedad civil, especialmente si se pertenece al exclusivo “club del G8”.

La crisis nacional está repercutiendo en una decreciente y menguante influencia internacional que nos afecta a todos los europeos. Al dinamismo de su sociedad, no le corresponde una clase política activa. La Unión Europea no puede permitirse este vacío: la actuación de los gobiernos que se han sucedido en los últimos años parece irresponsable, como si no tuviera en cuenta su importancia y potencial. Italia no puede representar un “enclave”: una realidad ingobernable, incapaz de solucionar la degradante emergencia basura que tanto está dañando a la imagen de una de las cunas de la cultura mundial. El peso político y económico del país obliga a la clase dirigente a una actuación diferente; dentro de la Unión Europa, su aportación podría resultar beneficiosa en todos los campos y sobre todo podría equilibrar la política exterior común, asumiendo una posición de relevancia, mediterránea y pro-atlántica.

Ha llegado el momento de dar una prueba de madurez. El gobierno debe asumir sus responsabilidades e introducir las reformas institucionales necesarias para “levantar” el país. Necesita un programa económico dinámico, que garantice nuevas liberalizaciones e incremente la competitividad de las empresas; finalmente una reforma política que favorezca la gobernabilidad y una acción eficaz por parte de la administración. Hay que reconstruir el estado italiano sobre cimientos de una administración eficiente e independiente. Mimbres no faltan: el capital humano es excelente y, la capacitación técnica y cultural, de primer nivel. El problema de limpieza e higiene de las ciudades debe ser solucionado de forma inmediata: está en juego la imagen del país entero. Urge un gobierno responsable que devuelva a Italia al lugar que le compete dentro de la Unión Europea y en el mundo. El momento de un cambio serio, responsable y enérgico ha llegado. Los ciudadanos italianos no se merecen este espectáculo. Nosotros tampoco. Porque italianos somos un poco todos los europeos: desde Garcilaso a Cervantes y Velázquez, la idea y cultura europeas, la Unión misma de nuestros días, no es concebible sin Italia. Una Italia que se respete a sí misma, con la presencia que le corresponde y paso firme.

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