Los cubanos ya lo veían venir.
Incluso habían colocado en los balcones carteles anunciando la venta de su destartalado piso, después de la pequeña apertura de Obama, pensando en que el régimen abriría la mano aunque mantuviera su comunismo en teoría.
Ahora que empezaban a disfrutar del 25% del alquiler de habitaciones en sus casas, que les había supuesto un gasto en acondicionamiento y reducir su habitáculo y su intimidad, pensaban que aquello no podía durar mucho y tenían la oreja puesta para cuando se diera la noticia de un nuevo bloqueo de Donald Trump hacia la isla.
Pues ya ha ocurrido.
Parece que el nuevo emperador no está dispuesto a consentir al gobierno cubano su falta de respeto hacia los derechos humanos, olvidando que Guantánamo no es modelo precisamente de ellos.
Acabo de pasar todo el mes de enero en Cuba y me la he recorrido de punta a punta, en transporte nacional o en taxi, alojándome en casas particulares, cuyos dueños critican al gobierno pidiéndote que no digas quién te lo contó.
Por todas partes aparecen pancartas en las que, bien se afirma o se confirma, que “Cuba es de los cubanos” y solo de ellos.
Pero ¿de qué cubanos? Porque, según deduzco a través de las noticias que aparecen estos días en la prensa, Donald Trump piensa que la isla solo le pertenece a los cubanos Castro. Y tiene mucha razón, dado que todos los negocios son del Gobierno- o del ejército-, tanto el que está en activo como el de la reserva, que dirige o participa en cuanta industria aparece por el país.
Este bloqueo, al que tanto temen, no impide que Estados Unidos sea el principal proveedor de los alimentos que se consumen en la isla que se ve baldía desde que talaran las grandes plantaciones de caña, convertida en monocultivo, después de la salida de la URSS en el 91. Y, además, cobra en efectivo; nada de trueques.
Cuba no tiene producción agrícola, y mucho menos ganadera para exportar: ni siquiera se encuentra café en muchos bares “porque no hay suministro”. El 85% de los productos que se consumen son de importación -la leche, en polvo, proviene de Nueva Zelanda- que hay que pagar a tocateja con el 75% que el turista deja cada noche. Solo, de vez en cuando, aparecen incipientes plantaciones de frutales y de fríjoles, ya que tanto la caña como el café, el tabaco y el coco son exclusivamente del gobierno y no parece que sus ingenieros agrónomos- allí todo el mundo es ingeniero- se molesten por aumentar la producción.
Cualquier negocio está sometido a drásticos impuestos, por lo que no es rentable ser emprendedor.
Hasta la señora que te ofrece papel en los lavabos de los restaurantes debe pagar una mordida por su pingüe negocio, que no sabemos cuánto tiene de oficial y cuánto de trapicheo.
Ideología al margen, la política paternalista del gobierno, tan empeñado en culturizar al pueblo- cosa loable si, además de enseñar a leer se le prepara para pensar- ha impedido que todo ciudadano, trabajador del estado en principio, aunque fuera con un sueldo miserable, generara el más mínimo espíritu de superación ni de ahorro.
Al cubano le sale casi gratis el agua escasa, pero que él despilfarra alegremente; la electricidad, por lo que ponen el aire acondicionado continuamente aunque haya que echarse una manta en la cama. Y, creo que también la Red local, y los muchachos andan todo el día con el celular en la única plaza de cada ciudad donde hay cobertura.
Parece imposible que aquella revolución que se nos vendió de intelectual haya producido una generación amorfa, ahora cuarentañera, incapaz de arriesgarse en cualquier pequeña empresa; que, además, pasa de política y es incapaz de conocer cómo funciona el país: solo saben quejarse de la cartilla de racionamiento, de los 8$ que cobra un pensionista y los 45$ de un médico.
Por cierto, que el gran negocio del estado cubano es el alquiler de médicos a países afines, dada la categoría de la medicina, de cuya gratuidad y calidad presumen tanto como las de la enseñanza. Por cada médico exportado se cobran 3000$ mensuales, de los que al interesado le dan 800$- una millonada, considerando que en casa cobran de 30 a 45 $- pero que no le entregan hasta que concluye el contrato, ganándose el resto para la causa.
De todas formas, se bloquee o no de nuevo el país, hay mucho viajero del Cono Sur, con los que coincidí por ser allí verano en enero. Pero la infraestructura turística es muy incipiente y se abusa del tópico hasta extremos insospechados. Hay mucho que aprender para ser un país anfitrión.
Ya sabemos que faltan la mayoría de materias primas: incluso hay que hacer cola por las mañanas en almacenes estatales donde proporcionan el cemento y la arena diarios para la construcción; que apenas hay gasolina; que se tiene que labrar casi con arado romano porque los cuatro tractores que quedan están obsoletos.
También sabemos que la deuda cubana es enorme, porque llevan muchos años malviviendo, y puede que el régimen tenga que agachar las orejas para subsistir.
A lo mejor no les viene mal a los cubanos la falta de norteamericanos hasta que mejoren sus comunicaciones interiores; solucionen los problemas de saneamiento y alcantarillado en las ciudades; aumenten la flota de autobuses, recomponiendo los trayectos; y puedan ofrecer al extranjero algo más que música caribeña en cada esquina; busquen ayuda sin prepotencia y sin contratos leoninos, a países que verdaderamente les puedan ayudar; cambien el chip de víctimas, a las que les dan pescado en la comida, y en vez de esperar que les solucionen los problemas desde fuera, comiencen a ser los verdaderos responsables de su país; se lo tomen en serio y hagan suya a Cuba aprendiendo a pescar.