Hardt y Negri escribieron un libro que dieron por título “Imperio”. De esto hace ya muchos años. Yo lo leí con voluntad de poder y con una especie de erotismo político. George Bush, padre, habló de aquello que sonaba no se sabe si como una virtud o como una amenaza sobre “un nuevo orden mundial”. Ahora yo me pregunto: ¿quién dirige ese orden, esa armonía, esa esencia en donde las civilizaciones parece que caminaran hacia un totalitarismo definido como globalización política y económica?
No es nada original que yo diga aquí y ahora que el mundo, esto que llamamos mundo, está dominado por una élite que es la que controla el biopoder del que hablaba Foucault y por tanto el poder de los Estados y los políticos, siendo éstos espantapájaros en donde se acerca el cuervo para morderle el hígado, como a Prometeo. Desde inicios del siglo XX -quizá antes, quizá no, mucho antes- las grandes estructuras del poder minimizadas por las grandes fortunas del mundo son las que, como en la novela de Orwell, nos vigilan a todos. Todo nació con la instauración de poderosas empresas provenientes del capitalismo en conexión con la Gran Banca. La Banca, mediante ese círculo vicioso que es la velocidad con que corre el dinero después de haber sido manipulado y robado a los que solicitaban, por ejemplo, un préstamo bancario o a los que permitían que su dinero fuese ordenado y custodiado por el elitismo de los banqueros, empezó a confabular con los todopoderosos gerifaltes de las finanzas y del mundo de la economía capitalista. De ahí surge un proselitismo que, a través del mercado y del conocimiento constante del capital, empezó a reunirse en emplazamientos ocultos a la opinión pública, incluso a los medios de comunicación, los cuales, en su mayoría, controla también esta élite de la que hablo. Esas reuniones secretas segregaban sobre lo que debería hacerse con este planeta para que sus propios intereses políticos, económicos, sociales, culturales y mundializadores crearan un Sistema que jamás pudiera ser destruido. La destrucción del imperio, por tanto, es imposible.
Estoy hablando de las grandes familias que provienen de las suculentas ganancias producidas por la industrialización y por la poshistoria de la globalización, las cuales en sus reuniones clandestinas son las que deciden cómo se debe manipular la economía, cómo se puede crear instituciones que marquen la vigilancia absoluta de todo lo que ocurre en la complejidad del planeta. Estas instituciones son -por poner sólo unos ejemplos- la creación de la Reserva Federal norteamericana, el FMI, el Banco Mundial, el BCE, la OMC, la OMS, la ONU, la OTAN, el G8 y tantas otras instituciones que están controladas y deshuesadas por esta élite de familias que actúa desde la risa furiosa de su propia ambición. Esta élite es la que pone o quita gobiernos y Estados en connivencia con todos estos espantapájaros que son los políticos y que viven dormidos en todas las cancillerías. Este entendimiento entre la élite financiera y la élite política está dejando el planeta en manos de este nuevo gansterismo que se oculta detrás de las nieblas de sus propias consecuencias.
Las consecuencias de este dominio del mundo por parte de la élite que, de tiempo y tiempo, se reúne en los mejores hoteles de las montañas o parajes apartados de toda visualización son -por poner sólo unos ejemplos- la consolidación de las guerras, el reparto de la riqueza en manos de unos pocos, la muerte producto de enfermedades que la élite -desde su poderoso control de la ciencia y las empresas farmacéuticas- provoca con toda su impiedad y toda su falta de compasión. Las consecuencias de este dominio del mundo por estas familias alimentadas por el egocentrismo y sus acciones psicópatas son -por seguir poniendo sólo algunos ejemplos- la pobreza como expresión del devenir, el calentamiento global de la Tierra, las desigualdades entre Norte y Sur, la creación de un terrorismo que se despierta de su letargo como una forma de lucha ante el monopolio del biopoder, en definitiva, la escritura de la novela del Mal en donde la Tierra está siendo amenazada y por lo tanto destruida por culpa de esta élite o clanes familiares de los que hablo. Estos clanes -que vigilan el petróleo, la energía, las tecnologías, la Banca, el macroempresariado, el movimiento de cada uno de nosotros, el capital en definitiva- sólo serán vencidos desde el progresismo de una Humanidad interconectada y que, como Ghandi o Martin Luther King -actualmente Jules Assange-, desde la no violencia, se niegue a obedecer a este lenguaje criminal y sanguinario que actúa desde lo más alto de las estructuras políticas y económicas de esta nueva pirámide de Keobs en que sigue ascendiendo desde su punta hacia un Cosmos que nos devuelve -como un acto de guerra encubierta- nuestro perpetuo dolor, nuestra identidad humana -manipulada y ojeada desde lo alto de la pirámide-, o nuestra propia muerte que aparece instante tras instante, de gota en gota, de verso en verso, y así hasta que todos los ciudadanos del mundo conduzcamos a las prisiones del Universo a toda esta élite gansteril que hoy por hoy sigue dominando el mundo.
La Humanidad debe despertar. Salgamos a la calle y denunciemos a estos profetas del biopoder que algún día acabarán siendo pasto de la comida de los perros vagabundos. Por lo tanto yo pido interconexión y vitalismo planetario. Éstos son los nuevos mensajes. De otro modo, todo continuará igual. La pregunta es: ¿queremos seguir viviendo en un mundo como éste? Hagamos caso a lo que nos dicen las auroras boreales.