Opinión

Verano: festín de lecturas

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 01 de julio de 2017

Ahora que tan de moda están los concursos y certámenes en torno a las maestrías y aprendizajes en el arte culinario, con demostración de los más famosos productos de degustación por el paladar del gran público, no andaría muy descaminado que, al menos en etapas prevacacionales –estío, Navidades y Semana Santa-, algunos de los críticos literarios de testada reputación y autoridad confeccionaran pequeñas listas de las lecturas más recomendables, muy en especial, para los niños y jóvenes. Sería, probablemente, un éxito comercial y, desde luego, un encomiable servicio a la sociedad española, siempre tan indigente en materia educativa y, aún más, cultural.

El verano, claro, constituye la temporada reina del placer de la lectura. Ha varias décadas atrás, cuando la cultura viajera no se había entronizado con fuerza avasalladora en nuestro país, un número considerable de gentes se entregaba a verdaderos festines de lectura. En tal costumbre radicó buena parte del alto nivel formativo de que gozaron las elites españolas que protagonizaron el tránsito del franquismo a la democracia, imposible de todo punto sin esta premisa esencial, cuya trascendencia, a la mirada de los historiadores, solo hace acrecentarse con el paso de los días. Librerías y bibliotecas –estas últimas, escasas, pero muy bien regidas y orientadas en general- ponían a disposición de los adolescentes el mejor catálogo de Humanidades y Ciencias que cabía imaginar en la época; y muchos anaqueles se vaciaban para entregar títulos y colecciones a una mocedad que en todos los rincones de la varia España satisfacía su curiosidad, ensanchaba su espíritu y abría de par en par las puertas de la ilusión por un mundo mejor y más justo. Imposible, por supuesto, imaginar con certeza de cálculo las vocaciones e ideales troquelados al calor de la reflexión de lo leído por tantos chicos y chicas en su tiempo de vacaciones, en especial, el, orteguianamente, “vago estío”, por ellos cambiado en un periodo de intensa formación y temprana madurez. En la no muy nutrida literatura memoriográfica hispana existen huellas y testimonios abundantes de estas lecturas estivales en la vocación de escritores, pero también profesores, economistas, hombres y mujeres de mando y poder que forjaron algunas de las piezas más relevantes de su personalidad en las horas fruitivas e inolvidables de los veranos en permanente compañía de libros siempre enriquecedores.

Si las generaciones juveniles de 2017 hincan la esteva en tan fecundo terreno hasta es posible que el aborrascado –y acaso dramático- otoño del mismo año no entrañe una cita con la frustración y la desgracia, sino con la esperanza y una recobrada ilusión en el destino de una nación cimera en el libro de la historia de los humanos.