Opinión

Por junio, las estafas

TRIBUNA

Luis Asua Brunt | Sábado 01 de julio de 2017

El Banco Popular, el Madoff catalán o las estafas online, las vicisitudes de cada cual que se aceleran cuando asoman el verano y las juntas generales de accionistas. Éstas, de repente, nos aclaran verdades que sólo barruntábamos a medias.

La crisis ha mejorado algo nuestras prácticas mercantiles, pero los auditores siguen sin “mojarse”, aunque al menos insinúan prácticas abusivas. ¿Para cuándo una ley de auditoría que garantice la independencia, obligue a investigar lo heterodoxo y exija la doble auditoria que ha evitado escándalos en Francia, donde es práctica obligada?

Aún estamos muy lejos de las necesarias advertencias hacia los depredadores -en el más estricto sentido de la palabra- pues hay algo de animal en el estafador. Estos, los estafadores, no pueden resistirse y se dejan llevar por lo peor de la naturaleza humana. La obsesión es febril y atormentada.

La estafa requiere una dosis de confianza de la víctima. Nada anormal. Cuando revisamos las que padecemos nos tiramos de los pelos por nuestra dejadez. Pero hay que lamerse las heridas, asumir el error, pasar página y seguir viviendo confiados, pues no en vano salimos de la cueva hace muchos años. La desconfianza genera una pésima calidad de vida y por ello cruzarnos con un estafador suele ser considerado cuestión de mala suerte -pues ni en esto hay reglas fijas- aunque nos creamos completamente estúpidos durante un buen rato. Y son los jueces quienes deberían velar por nuestra seguridad jurídica. No abunda la estafa donde funcionan bien los jueces. En esto sí deberíamos ansiar un modo de vida escandinavo o japonés. La candidez, la buena fe y la confianza son valores ciudadanos supremos, piedra angular de una sociedad moderna y creativa.

El estafador, bien sea el que opera con una estructura piramidal o el que engaña al personal de las empresas llevándoselo seguido y crudo, casi siempre acompañado del financiero y el abogado o la financiera y la abogada, que ya hasta las féminas roban. Pues bien, estos mangan y hacen mucho daño porque arruinan muchas oportunidades, rompen la confianza del mercado y juegan con un sistema legal, lento pero seguro, que pone a prueba la perseverancia del estafado.

Recuerdo un libro de timos. Todos requerían de la confianza del timado. También recuerdo que el timo provocaba más daño que ganancia. Típico de los animales depredadores que como el lobo -y no parece que sea una leyenda- mata mucho más de lo es capaz de comer.

“Lo seguí padeciendo hasta cuando mal duermo” me dijo una clienta hace muchos años cuando ejercía como abogado. “Lo seguí padeciendo…” y no la entendía. Era una mujer gorda, machorra y bajita, de mirada falsa y papos maledicientes. Era, además, muy tosca y tenía “prontos” -no cabía término medio- furiosos o lisonjeros, más falsa que Judas, de muy pocos amigos y algunos esbirros que cuando cayó la dejaron completamente sola. Se pasaba la tarde en mi despacho dando charla a todo aquel que apareciera. Me enterneció. Me lo seguía preguntando, me refiero a su cantinela, hasta que un día lo entendí. La estafa pende como un límite incierto, como una mala lotería que a cualquiera le puede tocar. La buena fe, la confianza, la paz de espíritu de un lado; la inquietud, la desconfianza, la ineptitud y la mala vida -la estafa en suma- del otro.

Estos serían los dos límites o los dos polos, positivo y negativo. Aunque el estafador en su enajenación, tal y como lo describió Cercas, tiene los polos invertidos, pero no goza de la paz de espíritu. Y así entendí lo que decía mi pobre clienta, ya inútil para el buen obrar. Como animalito depredador lo seguía padeciendo, era consciente pero no lo podía evitar. Pobre, me miraba agotada como quien ha desperdiciado su vida. Pero como los lobos o los tigres viejos, hasta que un rifle acaba con ellos -en nuestro caso un buen juzgado que les dé el escarmiento definitivo y redentor- aún pueden matar mucho más de lo que comerían… pobres quienes se crucen en su camino.

Interesa entender que la tentación de estafar puede sobrevenir ocasionalmente, pero generalmente es patológico y acaba mal.

Porque, y ahora recojo entera la cita del gran Escohotado "El estafador y el moroso, a despecho de algún éxito transitorio, no tienen en la esfera de los negocios otro futuro probable que el de arruinarse".