Opinión

Aquel mes de julio de 1997

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 02 de julio de 2017

Sucedió hace 20 años. ETA había secuestrado al funcionario de instituciones penitenciarias José Antonio Ortega Lara el 17 de enero de 1996 y, en aquel verano de 1997, ya iba para un año y medio de encierro en un zulo cuyas condiciones -como después se descubriría- no podíamos ni imaginar. Era ya el secuestro más largo de la historia de ETA.

Entonces saltó la noticia el primer día de julio. La Guardia Civil había encontrado el agujero donde los terroristas tenían secuestrado al funcionario. Lo habían liberado. Vimos las imágenes de aquel hombre que había pasado un calvario inimaginable. Ortega Lara estaba libre. Sus secuestradores estaban detenidos. Recuerdo la alegría que recorrió España entera.

A los pocos días, el 10 de julio de aquel año, ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco y lanzó un ultimátum al Gobierno. Si no acercaban los presos a las cárceles del País Vasco, matarían al joven concejal. También recuerdo esas jornadas: la concentración permanente en la Puerta del Sol, las velas, las noches despiertos esperando, las oraciones elevadas desde todas las parroquias de España. El día 12 lo encontraron con dos disparos en la cabeza. Falleció al día siguiente.

Un clamor de rabia e indignación recorrió España. El llamado Espíritu de Ermua lo impregnaba todo. Era como si este asesinato hubiese decidido a tantos que vacilaban y callaban en el País Vasco. Era como si las palabras de Gregorio Ordóñez, a quien ETA había matado en enero del 95, hubiesen cobrado nueva vida: ¡basta ya! Aquella indignación por el crimen llevaba en sí el grito de tantos años de un silencio que, por fin, se rompía.

En toda su historia, ETA ha matado, herido, secuestrado y extorsionado. La suya es una memoria de crímenes e infamias, de ataúdes blancos y de coches bomba. No hay ni una sola víctima de estos asesinos que mereciese lo que le hicieron. Deberíamos recordar esto más a menudo: ETA jamás tuvo razón. No la tuvo antes de la democracia ni la tuvo después. No hay nada de heroico ni de loable en su trayectoria criminal.

Hoy, en España, se está intentando blanquear el pasado de los terroristas. Cuando salen de las prisiones después de haber cumplido condenas muy inferiores a las que sus crímenes merecen, los reciben con aplausos y abrazos. Les hacen homenajes en los pueblos. Conceden entrevistas en televisión. Escriben libros. Gozan, incluso, del prestigio que algunos les reconocen. Intentan lavarse la sangre de las manos en el olvido y el paso del tiempo.

Hace 20 años la Guardia Civil puso fin al suplicio de un hombre inocente a manos de un grupo de desalmados. A los pocos días, ETA asesinó a otro hombre inocente. Los acontecimientos de aquel mes de julio deberían enseñarse en los colegios. La Fundación Víctimas del Terrorismo en colaboración con la Benemérita diseñó una exposición que mostraba el horror de aquel zulo en que los terroristas encerraron a Ortega Lara. Deberían visitarla todos los colegios de España.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. La sociedad española fue abandonando la claridad moral de que no había nada que pactar ni negociar con estos criminales a la confusión de que había que entenderse con “hombres de paz”. La negociación con ETA que comenzó en el año 2005 cubrió a nuestra democracia de oprobio y vergüenza. Recuerdo las palabras de Pilar Ruiz Albisu, la madre de Joseba Pagazaurtundua, asesinado por ETA en 2003, en la carta que dirigió en 2005 a Patxi lópez, líder de los socialistas vascos: “cerrarás más veces los ojos y dirás y harás muchas más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son. A tus pasos los llamarán valientes. ¡Qué solos se han quedado nuestros muertos!, Patxi. ¡Qué solos estamos los que no hemos cerrado los ojos!”.

Así seguimos: llamando a las cosas por los nombres que no son. Así nos va también. La confusión moral en la que vive hoy España -donde los terroristas salen de prisión entre aplausos mientras sus víctimas sufren en silencio- esta confusión, digo, nos está desangrando lentamente. La falsa tesis del “conflicto vasco”, ya saben, dos bandos enfrentados y todas las mentiras que la acompañan, goza de popularidad mientras simpatizantes de ETA declaman desde las tribunas. La celebración del “fin de la violencia” encubre el triunfo de una ideología perversa, ese nacionalismo que inspiró a los asesinos y que goza de excelente salud y que han abrazado algunos de los partidos que concurren a las elecciones. El odio a España se sigue enseñando en las comunidades cuyos sistemas educativos controlan los nacionalistas. Algunos como la Asociación Dignidad y Justicia y la Fundación Gregorio Ordoñez siguen recordando las fechas de los crímenes que tantos han terminado olvidando.

Veinte años después de aquel mes de julio de 1997, seguimos teniendo el deber de recordar y enseñar la historia tal como fue y no tal como algunos pretenden ahora contarla. Gravita sobre nosotros la responsabilidad de transmitir a los más jóvenes lo que realmente ocurrió y no lo que algunos pretenden ahora que crean. No hubo “hombres de paz” ni hubo “conflicto” alguno. Hubo una banda de asesinos que trató de imponer un proyecto político nacionalista a base de asesinatos, bombas, secuestros y extorsiones. Hoy algunos de sus amigos y simpatizantes se sientan en las instituciones y siguen predicando el odio a España. He aquí la profunda tristeza y la inmensa confusión de nuestro tiempo.