Opinión

El catalanismo de Pierre Vilar

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 04 de julio de 2017

En la historiografía marxista de la nación ocupa un lugar descollante Pierre Vilar, la lectura de cuyos escritos debió proponérmela don José Antonio Maravall o quizás Jordi Solé Tura, que me ayudaron en mis esbozos iniciales de tesis sobre el primer nacionalismo vasco. La afirmación básica es la del surgimiento de la conciencia nacional en la formación social correspondiente en una determinada coyuntura, cuando se asume la peculiaridad propia en contraste con el Estado frente al que se hace la reclamación, según los intereses propios de la clase hegemónica.

Entonces: hechos diferenciales, coyuntura histórica, reclamación política. Jordi Solé lo expuso claramente: las estructuras económicas, la adscripción a unos valores histórico-culturales, la existencia de una lengua, la especificidad de un territorio, etc., son los elementos diferenciales fundamentales. “Pero estos factores se desarrollan más o menos, se consolidan o desfiguran, según los avatares de la lucha política, es decir, de la lucha en y por el Estado”. Efectivamente el análisis de Vilar observa la existencia de unos hechos diferenciales (geografía, etnia, lengua, derecho, psicología), forjados históricamente, configurados y auto comprendidos en la coyuntura de la industrialización y utilizados como núcleo de una cultura por un determinado sector socio-económico, con conciencia de su jerarquía en la totalidad social.

Es curioso ver cómo ha afectado el tiempo a la construcción de esta matriz de la idea marxista de nación. En el caso de Cataluña el décalage con España en el que tanto insistió Pierre Vilar ha desaparecido. Me refiero al esquema dual que contrastaba la periferia activa y desarrollada comercial e industrialmente catalana frente a una España interior agraria, perezosa y atrasada, como estructuras históricas con posiciones antagónicas. “El desarrollo del capitalismo en España es desigual, decía Vilar. Ha establecido en España entre el conjunto del país y sus regiones industrializadas, una especie de relación de país atrasado y país económicamente avanzado, de colonia a metrópoli”. Naturalmente este contraste tuvo lugar históricamente, aunque se trataba de una contraposición no tan lineal y clara, pues no se podían escamotear las responsabilidades de la España dinámica en el mantenimiento de la España atrasada, como mercado cautivo y mano de obra barata de la misma, drenando además sus oportunidades de capitalización.

La otra idea superada de la visión marxista de la nación tiene que ver con la capacidad que se atribuye a la clase dirigente o hegemónica de movilizar los hechos diferenciales, como elementos superestructurales que después de todo son, de acuerdo con sus intereses privativos. Hay un paso importante a dar desde una geografía y una estructura económica diferentes a la formulación de pretensiones políticas nacionalistas. Cuando, diríamos, la clase hegemónica cae en la cuenta de su posición defectuosa en el contexto nacional amplio en que está inserta, entonces, en una determinada coyuntura histórica, reclama para la totalidad social que dirige, el derecho a su autonomía, de acuerdo con su peculiaridad geográfico cultural. La clase demandante es la burguesía catalana. “La precariedad del mercado español, las reticencias y oposiciones de los grupos de intereses en la política española, frustraron el deseo de la burguesía catalana de configurar la nación española a su imagen; y lanzaron al doctrinario, al político y al industrial catalán hacia el sueño o proyecto de una nación catalana con su propio Estado”.

El caso es que somos reacios a admitir la determinación social de la ideología, cuyos desarrollos mentales se producen con autonomía, o en cualquier caso no dependientes hasta el punto que podían creer Vilar o Solé, que admitían su apropiación por una clase concreta. Ello sin negar la importancia del momento, en cuanto situación determinada o coyuntura histórica y social del pensamiento. Desde este punto de vista la clase social es un vector a considerar como definidor, junto a otros factores, de la circunstancia en la que se formula la reflexión. Es cierto que en la instrumentalidad social de las ideologías han incurrido algunos historiadores, así, entre nosotros en concreto, se han realizado algunos esfuerzos por diferenciar a los euskalerríacos de los sabinianos, en cuanto primeras familias del nacionalismo vasco, ligando el foralismo más templado de los euskalerríacos a la pequeña burguesía, mientras que el independentismo más duro correspondería a los intereses gruesos de la burguesía vasca.

Quién nos iba a decir, en nuestro tiempo de juventud, que lo que quedaría de la obra monumental de Vilar, especialmente de su Introducción que yo asimilé, (me refiero a la que precede a su monumental La Catalogne dans L´Espagne moderne) serían precisamente sus apuntes sobre los hechos diferenciales, que sobrepasan coyunturas y manipulaciones, y perduran como testimonio inmarcesible y general de la catalanidad esencial. “Como negar que existe una tierra catalana de perfume muy original, un temperamento humano muy reconocible, una resistente comunidad lingüística, una larga historia que, del misterio glorioso de la Barcelona medieval, al misterio doloroso del asedio de 1714, alimenta una imaginería simplificada-como todas las imaginarías nacionales-pero recubre una evidente realidad del grupo”.

Las demandas de reconocimiento político, repitámoslo, no se hacen en el vacío. Se hacen invocando una realidad de diferenciación y arrastran a la totalidad, o a la mayoría del grupo social. Dice Pierre Vilar: "Si el catalanismo ha podido parecernos en efecto ligado, a veces a las aspiraciones de estrechos ambientes dirigentes, y otras veces como un lugar de reencuentro de oposiciones, conjugadas, pero de naturaleza distinta, sigue siendo verdad que un número bastante grande de espíritus han sido vivamente tocados por él, para que la masa de la población, dividiéndose sobre otros asuntos, no encuentre mejor manera de destrozarse que acusarse de traición nacional”.