SAN FRANCISCO, California.- Si bien es cierto que todo debate sobre los medios debe darse en el marco teórico de la libertad de prensa, también es verdad que toda discusión sobre la crítica en espacios periodísticos tiene que atender al trasfondo mercantil: periódicos y televisoras son empresas, necesitan de utilidades y luchas de ellas cotizan en la bolsa de valores y con ello subordinan sus contenidos a las tasas de ganancias para los accionistas.
El The New York Times, por ejemplo, cotiza en la bolsa de valores de Wall Street y por tanto es imposible que funcione como un medio de difusión y de denuncia. El The Washington Post es mucho más modesto, no cotiza en bolsa pero acaba de ser comprado por el dueño del gigante empresarial Amazon, Jeff Bezos. En este sentido, los dos grandes medios estadunidenses forman parte del lobby político del poder estadunidense. Y el consorcio Univisión que se ha convertido en la bandera contra la política migratoria restrictiva de Trump mostró a su dueño como el principal financiador de la campaña de la candidata demócrata Hillary Clinton.
El punto central de la confrontación de Trump contra los grandes medios de comunicación --MSM, main streaming media o los más importantes medios-- radica en la disputa por el modelo político de gobierno. Ante la derrota de Hillary y la desarticulación del grupo liberal del Partido Demócrata por el avance del conservadurismo tradicionalista y puritano de Trump (y no todo el Partido Republicano), la prensa liberal ha quedado al frente de la oposición política estadunidense. De modo muy rápido, la prensa analítica, objetiva, equilibrada ha tenido que asumir el espacio político abandonado por los Demócratas liberales. De ahí que la clave para entender la confrontación de Trump con los medios radica en la lucha política de posiciones ideológicas; es decir, la prensa norteamericana ha disminuido su papel de vigilante de los abusos de poder para pasar a prensa de opinión ideológica a favor del liberalismo.
Puede decirse que casi siempre la prensa se ha movido en este espacio pantanoso. Sin embargo, en el pasado la prensa se concretaba a denunciar con equilibrio los abusos de poder. El The Washington Post en el caso Watergate --y no toda la prensa, porque durante más de un año fue la batalla de un medio contra la Casa Blanca-- se dedicó a investigar los abusos de Nixon como parte del ejercicio de la libertad; es decir, no fue una prensa militante.
En el caso Watergate fue hasta mítica la definición de algunas de las reglas del periodismo de investigación sin acreditar nombre de fuentes. Bob Woodward y Carl Bernstein narran en su libro Todos los hombres del presidente que el director del Post les exigía la confirmación de datos por dos fuentes independientes de información. En el caso actual de la CNN contra Trump, la cadena soslayó esa regla y por eso cayó en la trampa de difundir versiones falsas del caso ruso en las elecciones presidenciales pasadas.
El problema con la prensa ideológica y militante es que tiene la obligación de refrendar sus enfoques en el tratamiento de la información. Y los grandes medios han terminado con el equilibrio ideológico de sus comentaristas porque los conservadores --aliados o no a Trump-- han ido perdiendo espacios. En materia informativa, los medios enfatizan las críticas a Trump y carecen del equilibrio en fuentes diversas que le dio realce al periodismo estadunidense en los tiempos de las grandes batallas por la libertad de prensa: la guerra de Vietnam, las protestas raciales, los Papeles del Pentágono y las reformas liberales.
Los grandes medios estadunidenses tienen dos características: constituyen empresas que se mueven en el sistema capitalista competitivo y dependiente de la tasa de utilidad empresa y como tal forman parte del establishment del sistema político estadunidense. Un solo ejemplo: en 1962 el The New York Times tuvo la primicia, por su corresponsal Tad Szulc, de que Washington y la CIA preparaban la invasión a Cuba con contrarrevolucionarios por Bahía de Cochinos, pero una llamada del presidente Kennedy al dueño del diario logró que la nota no se publicara. La razón; la prensa tenía que apoyar, como parte activa, la estrategia de seguridad nacional del imperio.
Por ello es que también debe analizarse la confrontación de Trump con la prensa desde la confrontación conservadores-liberales. El problema no radica en que la prensa también maneje ideas y posiciones ideológicas, sino que haya contaminado su espacio informativo con enfoques parciales liberales. Ante el desmoronamiento del frente liberal, la prensa estadunidense ha pasado de lobby a ariete. Y como Trump carece de medios aliados, entonces su estrategia ha sido la de ataques violentos contra comentaristas y medios. En los hechos, la prensa liberal se ha convertido en un partido de oposición.
El debate sobre la prensa debe abrirse hacia temas delicados: ¿puede la prensa en sus espacios de información cotidiana --no la editorial-- militar en una ideología en función de la peligrosidad del adversario, aunque al grado de tergiversar conclusiones con la exclusión de adversarios ideológicos? Las notas informativas sobre temas coyunturales o de definición de gobierno carecen de equilibrio y sólo enfatizan lo negativo de Trump.
El papel militante de la prensa en el escenario ideológico ha sido producto aquí en los EE.UU. del desmoronamiento de la alianza liberal: partidos, políticos, intelectuales, grupos activistas, aliados. Ante Trump parece que sólo ha quedado la prensa, pero se trata de una prensa sistémica, parte del establishment capitalista y sin duda engrane de la política de seguridad nacional del imperio, paradójicamente una seguridad nacional y un imperio fundado en las doctrinas conservadoras de dominación nacional e internacional.
Y ahí es donde estallan los conflictos de la libertad de prensa.