Sociedad

Crónica religiosa. Navarro Valls: un maestro en el cielo

CRÓNICA RELIGIOSA

Rafael Ortega | Domingo 09 de julio de 2017
Fue torero en su juventud y ejerció como médico y periodista. Por Rafael Ortega

Como ya he comentado en otros medios pocos lo sabían: Joaquín Navarro Valls fue torero en su juventud cartagenera. Su afición a la lidia le valió muchos años después para saber templar y torear con destreza a esa tribu tan difícil de los medios de comunicación, sobre todo a los llamados “vaticanistas”, entre los cuales me encuentro. Joaquín, mi amigo y compañero, ha muerto en Roma, su querida ciudad. Navarro Valls se ha ido sin que saliera de su boca ni uno solo de los miles de secretos que guardaba en su corazón. Viajamos juntos en los primeros viajes de San Juan Pablo II por el mundo y siempre nos fijamos todos en su ponderación, que servía de guía para nuestras crónicas radiofónicas.

Joaquín era médico y periodista. La medicina la ejerció como Psiquiatra y el periodismo desde 1977 a 1984 fue corresponsal en el extranjero del diario ABC para Italia y el Mediterráneo Oriental. Fue miembro del Consejo Directivo y luego Presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera en Italia en 1983 y 1984.

Recuerdo ese año, 1984, porque estando yo en Madrid, ya como directivo de Racional de España, le llamé para una conferencia y obtuve un “ya veremos si puedo” como respuesta. Me extrañó mucho conociendo la personalidad abierta de Joaquín, pero lo entendía al día siguiente cunado al día siguiente saltó la noticia que nos contaba que el Papa le había nombrado director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Más tarde, fue elegido también Portavoz de la Santa Sede. Navarro Valls se convirtió desde entonces en el hombre de confianza del Pontífice, al que acompaño durante toda su vida, incluso en su lecho de muerte.

Recuerdo los ojos llorosos de Joaquín el día antes del fallecimiento de San Juan Pablo II y el abrazo que me dio al día siguiente, cuando los periodistas pudimos pasar a las estancias vaticanas y velar durante unos minutos el cuerpo de Papa.

Su gran capacidad y su saber estar le granjearon numerosas amistades y alguna enemistad en la curia, ya que algunos miembros de la misma le llamaban “el portero del Papa”. Es más, varias alarmas saltaron cuando a la muerte de San Juan Pablo II se filtró la noticia de que Joaquín Navarro Valls habría sido nombrado “cardenal in pectore” por el Pontífice y que eso se sabría cuando se abriera el testamento del Papa. Esto no ocurrió y nunca se sabrá si en la voluntad del Papa hubo esa intención.

Ahora todos recordamos a este “torero del Papa”, que supo por ejemplo ejecutar una faena de dos orejas y rabo en La Habana, durante la preparación del primer viaje de un Pontífice a la isla caribeña. Navarro Valls llevaba el encargo de que Fidel Castro tuviera un gesto importante y tras cinco horas de intensa negociación consiguió que el primer mandatario cubano restaurase la Fiesta del día de Navidad. Casi nada, en aquellos momentos.

Después de la muerte del Papa Santo, siguió trabajando durante 15 meses con Benedicto XVII, hasta que dejó su puesto el 11 de julio de 2006, cuando Benedicto XVI nombró al jesuita Federico Lombardi, para ocupar su vacante. Descasa en paz, querido amigo y compañero.