Opinión

Bufones y payasos

TIRO CON ARCO

Dani Villagrasa Beltrán | Domingo 09 de julio de 2017
Estaba pipeando el perfil de Twitter de Julio Tovar y he visto que compartía una columna de Juan Benet del 2 de junio de 1979. Escribe Benet: “Si permiten que viva el recién nacido, entonces que lluevan las dimisiones, que el país vaya a la huelga, que se produzca el colapso; y yo seré el primero en exhortar al pueblo a echarse a la calle para acabar con el monstruo”. ¿Contra quién carga así, con esa inquina, el señor Benet, el escritor-ingeniero, con su altivo bigote faulkneriano y su traje de tweed, casi una caricatura él mismo del intelectual anglófilo, estudiada flema británica, azote del casticismo? Pues la verdad es que no lo sé muy bien, porque se me escapa el contexto. Pero si nos atenemos a la literalidad del texto, está atacando a Naranjito. O a ‘El Naranjito’, como él lo llama. La recién diseñada mascota de la Copa Mundial de Fútbol que se celebraría en el 82 no cayó bien entre los ‘highbrow’ de la época. El País editorializó contra el “mamarracho”. En su opinión, “un horripilante engendro que trata de imitar los nefastos simbolismos antropomórficos del peor Walt Disney”. Para defenestrarlo, citaba a Borges y a la balanza comercial. Me ha recordado a las recientes caricaturas que los jóvenes hacen de Javier Marías. El escritor ya está jugando ese personaje de cascarrabias refinado que, a mí me parece, le salía mejor a Thomas Bernhard. Pero al fin y al cabo es lo mismo. Estos señores tan serios aprovechan su torre de marfil, también, para entretener.

Los clown o payasos y los bufones son figuras antitéticas. Los primeros se esfuerzan por ser normales y ajustarse a la costumbre pero, en cuanto entran en acción, ¡zas!, todo se tuerce. Pese a su voluntad de que las cosas vayan bien, de que nada pase, al final su intento de normalidad, sea tímido o decidido, terminal fatal. El bufón se sabe fuera de la sociedad y no tiene ningún interés en volver a ella. Por su mismo aspecto, resulta ridículo de salida. Es por eso que puede permitirse la lucidez. Resulta tan inofensivo que puede lanzar diatribas, insultos e improperios contra todos, incluidos los más poderosos. Igual que el objetivo del clown es fracasar, el del bufón es acertar, decir la verdad que los demás callan.

La prensa a veces se levanta más clown y otras más bufonesca. Hace todos los personajes que tiene a mano con tal de ganarse el cada vez más disputado interés. El espectáculo debe continuar. A veces se olvida que siempre ha sido así, algo casi circense, deudor de las muy nobles artes escénicas. Mis pensamientos van para el acróbata Pedro Aunión, que murió haciendo su trabajo en el Mad Cool Festival.