Opinión

Uzbekistán y la prevención del terrorismo

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 09 de julio de 2017

La liberación de Mosul, que el gobierno iraquí acaba de anunciar, y las recientes operaciones antiterroristas en Europa, que han terminado con 96 detenidos entre 2016 y 2017 en España según el Ministerio del Interior, han puesto de actualidad de nuevo la efectividad y los resultados de los programas de desradicalización de terroristas y prevención del terrorismo y el extremismo religioso. A caballo entre la reinserción de delincuentes y el aprovechamiento de la información de que disponen los condenados, los proyectos para desactivar a los islamistas radicales se han aplicado en Arabia Saudí, Yemen, Singapur, Indonesia e Irak entre otros países.

El contenido de estos programas difiere de un país a otro, pero, generalmente, combinan los aspectos puramente penitenciarios -buena conducta, colaboración con las autoridades, abandono de las actividades de captación de la organización terrorista- con los sociales y familiares -aprendizaje de un oficio, ayudas para vivienda y vehículo, asistencia a la familia, cuidados médicos- y con los religiosos. A menudo, estudiosos de la ley islámica y el Corán explican a los terroristas lo errado de sus interpretaciones radicales y las manipulaciones a que han sido sometidos por la organización terrorista.

El problema se presenta cuando el terrorista abandona, al menos parcialmente, el programa y regresa a su medio social de origen. A veces, no lo hace él, pero sí su familia. El barrio, la ciudad, la provincia terminan teniendo una influencia que expone al terrorista, de nuevo, al riesgo de radicalización y, en ocasiones, incluso revierte el proceso y lo anula. Así, simplificar la desradicalización de terroristas considerando que se limita a facilitarles “un trabajo, una casa y un coche” es un error que termina conduciendo al fracaso de los programas. El factor comunitario resulta crucial. No solo se trata de que el terrorista se reinserte, sino también de evitar que él recaiga o que otros se radicalicen.

Quizás el caso más interesante sea el de Uzbekistán, que parte de la colaboración entre el Estado -incluido su sistema penitenciario y las fuerzas de seguridad- y la comunidad tradicional local llamada “mahallá”. En realidad, esta organización comunitaria existe también en Kirguistán y Tayikistán, pero en Uzbekistán ha alcanzado su mayor nivel de efectividad en la prevención del extremismo religioso y la reinserción de terroristas. Su fundamento son los vínculos familiares y la vida de un islam moderado enraizado en las tradiciones sufíes y la escuela islámica hanafí, que se alejan del radicalismo wahabí y del islam revolucionario iraní.

Las mahallás vertebran buena parte del territorio nacional de Uzbekistán y gozan de poderes de autogobierno propias del poder local aunando, al mismo tiempo, la vida religiosa con la social y la política. Sus cargos son elegidos mediante elecciones y actúan como cuerpos intermedios entre los ciudadanos y las instituciones del Estado.

De esta forma, cuando el terrorista sale de prisión, se inserta en una comunidad que no solo está alejada del radicalismo, sino que dispone de los mecanismos sociales, económicos y políticos para evitar que el islam radical arraigue y se extienda. La colaboración con las fuerzas y cuerpos de seguridad facilitan la prevención gracias a la inteligencia humana que suministran los propios miembros de la comunidad, que pueden detectar fácilmente cuándo se está difundiendo propaganda radical o si existe un riesgo de recaída de un terrorista reinsertado.

Sin embargo, la mahallá no es solo una comunidad, sino también una forma de vida que integra al individuo en la comunidad como si uno y otra fuesen inseparables. Más que una organización política, se trata de una filosofía y una forma de vida. Del mismo modo que ejerce un control difuso pero efectivo sobre los intentos de radicalización, sirve como contrapeso a los intentos de aislar u hostigar al terrorista reinsertado. La propia integración en la comunidad sirve, así, como garantía de que ha abandonado el radicalismo después de cumplir, en su caso, la condena que se le ha impuesto.

Así, el programa uzbeko de prevención del extremismo y desradicalización de terroristas parte de la propia estructura de la sociedad tradicional y la aprovecha para propiciar la reinserción y mantener un control difuso que sirve como sistema de alerta temprana ante el extremismo. El profesor Parviz Morewedge ha señalado las características singulares de la mahallá y su origen premoderno. En ella, el individuo queda integrado en la comunidad a través de cuerpos intermedios -la familia inmediata, la familia extendida, el clan, la tribu…- que, a su vez, están vinculados estrechamente a un determinado lugar -una montaña, un río…- y a una memoria que se remonta siglos atrás. Esto dota al sujeto de una identidad que neutraliza la que el extremismo pretende brindarle.

El caso uzbeko es interesante, pues, porque incide no solo en la ayuda social, sino en el plano identitario, de forma que sustituye el discurso violento por la integración en una comunidad religiosa moderada y firme.