TRIBUNA
Mariano Torralba | Lunes 10 de julio de 2017
El sueño, duró apenas veinte años, desde que en el verano de 1995 unos fortachones comenzaron a demoler cuanto estorbaba en el viejo y sucio Cine Pleyel para recuperar, modificándolo, el bello recinto vocero de cultura teatral, desde su nacimiento allá por los veinte. Ocho años de obra difícil descubriendo espacios menores, abandonados u ocultos desde la Guerra Civil; realizando excavaciones y saneamiento de la estructura de un edificio amenazado por la desidia. Fruto inmediato de aquellos trabajos fue el descubrimiento de algunas piezas de cierto valor arqueológico, sepultados en el Madrid romano, por el traslado de tierras desde el arenal del Manzanares, quizás en tiempos de Viriato (140 a C), bajo el que fuera, siglos después, Palacio de Oñate.
Nació un teatro y se inauguró en el año 2003. Su entrada, en un cegado pasaje entre Arenal y Mayor, coincide -¡Oh casualidad!- con el bello pórtico del Palacio de Oñate, lugar en el que exhaló su último suspiro el verdadero Don Juan de las Españas: Juan de Tassis, Conde de Villamediana, apuñalado por mandato de un marido-Rey celoso del conquistador.
Frente a este histórico lugar, en las “covachuelas” expuso, al aire libre, sus primeras obras un joven pintor sevillano llamado Bartolomé Esteban Murillo. Desde el portalón del palacio, al que acudía el Rey Pasmado con la Reina, para presenciar las procesiones desde un balcón principal sobre la espléndida portada de Pedro de Ribera que, terminó, gracias a la proverbial desidia municipal, muriendo en la primitiva Casa de Velázquez, de la Ciudad Universitaria que creó Alfonso XIII.
Toda la historia aún vivía en el Teatro del Arenal pero la incompetencia de su último programador, la incomprensión de los herederos de la propiedad del edificio construido en los años veinte y, de nuevo, la estulticia municipal, han propiciado su degeneración hasta convertir un “santuario de cultura” en un vulgar gimnasio. Lo sé porque yo hice el teatro.